Antonella
Es domingo y aún estamos aquí en Nueva York. Damián permanece dormido. Sé que no se despertará aun, así que iré a trotar mientras él descansa un poco más. Cambio mi vestimenta por ropa adecuada, coloco los audífonos en mis oídos y saco efectivo de su cartera para comprar agua.
Estoy dando vuelta en un parque. Cuando ya me siento muy cansada, me detengo, me doblo un poco y toco mi pecho. Mi corazón está acelerado y mi garganta, seca. Observo un restaurante y camino hasta allá para comprarme mi agua, pero me detienen del brazo, haciéndome sobresaltar.
—¡Por dios, Nicolás! —Mi corazón se ha vuelto a acelerar.
—Qué alegría encontrarte aquí, mi hermosa Antonella. —Me contempla con ternura.
—Qué sorpresa —es lo único que digo. No quiero que Damián se aparezca y me encuentre con él aquí.
—¿Estás sola? —No deja de mirarme.
—Vine con Damián, Nico.
Él entristece su mirada.
—Ya. —Se aleja un poco y mira a todos lados—. ¿Lo quieres?
Su pregunta me desconcierta.
—¿Qué? —No sé qué contestarle.
—Que si lo quieres, Antonella. —Me quedo pasmada—. ¿Lo quieres del mismo modo que a mí?
Intento hablar, pero las palabras no me salen. No sé qué es lo que siento por Damián aún y pues a Nico todavía lo amo, o es lo que intento hacerme creer.
—Nico, debo irme.
Me sostiene de la mano.
—Sé que me amas, al igual que yo a ti. Ya déjalo, Antonella, él no te merece.—Comienzo a preocuparme—. Es un infeliz que te obligó a casarte con él. Es despreciable y no tiene sentimientos. Jamás te amará del modo que te amo a ti.
Me molesta un poco el hecho de que hable así de Damián. Sí, es verdad que es un imbécil con todas la letras en mayúscula, pero estoy dispuesta a convertirlo en alguien mejor y callarle la boca a todo aquel que lo trata mal.
—No hables así de él. —Mi tono suena molesto.
—¿Perdón? —Esta vez el desconcertado es él—. ¿Ahora lo defiendes? Antes lo odiabas y me decías que era un desgraciado por lo que te hizo, ¿y ahora yo hablo mal y tú lo defiendes?
—Me voy.
No me lo permite.
—No sin antes aclararme ese cambio tan repentino tuyo.
Me suelto de su agarre.
—¡Ya basta! —le grito—. Es mi vida, Nicolás, y no tengo por qué darte explicaciones del porqué cambié de opinión. Solo te diré que me dejes en paz, por favor. —Mis ojos se cristalizan.
—No, mi amor, no llores. —Se acerca a mí—. Sé que te está obligando, y te juro que voy a liberarte de las garras de ese malnacido.
No sé por qué dice esas cosas.
—Ya, Nico. Él no me está obligando a nada, yo estoy con él porque así lo decidí.
Vuelve a negar.

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