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Clases de amor, para el diablo romance Capítulo 21

Damián

Salgo de la empresa y les hago señas a Marcos y a Julián de que nos vamos. Ellos llaman a Xandro, Luis y Cesar, indicándoles que es hora de movernos. La seguridad para mí es importante cuando ya en cinco oportunidades he sufrido atentados de secuestro.

—Llévame a la dirección que te pedí esta mañana que investigaras.

Marcos asiente y salimos rumbo a la casa de Nicolás.

Cuando llegamos, me anuncio en el portón. Aquel se abre y nos deja entrar en la amplia mansión de sus padres. Una vez que se estacionan, bajo del auto y miro en la puerta al idiota aquel con esa sonrisa de burla que pronto borraré.

—Voy a acabar con tu vida—susurro.

—¡¿Qué haces aquí?!

Muy valiente el hombrecito para gritarme. No sabe lo que ha hecho.

Le doy un puño en su rostro, y él cae al suelo. Me agacho y lo sujeto de la camisa para alzarlo un poco y vuelvo a golpear su rostro una y otra vez, hasta que Xandro y los demás intervienen, incluyendo los que cuidan de la mansión.

—¡No te quiero cerca de mi mujer!

Aún tiene el descaro de seguir burlándose de mí.

—Si crees que por venir aquí, a mi casa, a golpearme dejara a Antonella en paz, te equivocas. Ella es mía, y siempre ha sido mía. Su corazón me corresponde, Damián. —Vuelve a reír.

—¡Cállate! —Intento zafarme del agarre de mis guardaespaldas—.Te voy a dar la peor lección de tu vida.—Quiero golpearlo.

—Señor, debe calmarse. Recuerde que esto es propiedad privada y que puede traerle problemas. Vámonos, ya será en otra oportunidad —me dicen con discreción.

—No te le acerques más, Nicolás, porque no me hago responsable de mis actos —amenazo.

—¿Es una amenaza, Lancaster? —se burla.

—Tómalo como mejor te guste.

Limpia su sangre.

—Entonces es una amenaza.

Sus escoltan tampoco lo dejan acercarse a mí.

—Espero no tener que repetirlo. —Me doy la vuelta para irme, hasta que hace un comentario que me detiene.

—¿Sabes algo? —Me giro—. Venir aquí a golpearme en mi propiedad no es bien visto por la ley —«Hijo de p…»—. ¿Qué dirá Antonella al saber que viniste aquí a golpear al hombre que ella en realidad ama?

Creo que mis golpes le gustaron.

En un descuido me libero y lo golpeo con mucha fuerza, sin importarme luego las consecuencias. Voy a darle una razón para que me denuncie. Siento cómo mis manos duelen, pero si voy a ir preso al menos será por dejarlo muerto.

—Sigue golpeándome —me pide entre balbuceos, y obedezco.

Estoy cegado por la ira y los celos.

Todos mis hombres me detienen y él continúa riéndose de mí.

¡Maldito, se está saliendo con la suya!

—¡Suéltenme! —les grito a mis escoltas.

—Señor, cálmese. Tenemos que irnos, porque llamaron a la policía.

Entro en razón y me controlo.

Él aún sigue tendido en el suelo, riendo.

Mis hombres me llevan obligado hasta la camioneta.

Cuando subimos, todos aceleran para irnos de aquí.

Qué imbécil soy. Eso era lo que él quería, tentarme, irritarme y hacerme salir de mis casillas para comerte alguna locura, y lo logró. Ahora todos me caerán encima, incluyéndola a ella.

Agarro mi celular y llamo a mi abogado con rapidez, ya que sé muy bien lo que hará.

—Amigo mío, ¿a qué debo tu honor? —me contesta Fernando.

—Necesito que te encargues de unos asuntos muy legales, Fer. Hoy golpeé a un infeliz y tiene intenciones de demandarme.

Suspira.

—Qué raro en ti. ¿Cuándo vas a aprender a controlarte? —me reprende.

—En algún momento de mi vida lo haré. Por ahora solo ocúpate de lo que te estoy pidiendo. Sé muy bien que él no descansará hasta hacerme quedar mal.

—De acuerdo, estaré pendiente. Cualquier cosa que surja, te llamo.

Cuelgo la llamada y pido que me lleven a mi casa. Necesito verla para estar tranquilo.

Cuando llego, entro directo a la cocina para lavar mis manos ensangrentada .No quiero que me vea así, o de lo contrario se atacará.

Subo las escaleras, y cuando llego a la puerta, lo pienso muchas veces. Si entro, me matará, y si no lo hago, igual. ¡Maldición! Estoy jodido.

Toco la puerta y no escucho ningún ruido dentro. Puede que esté dormida. ¡Oh, joder, ella no ha comido nada en el almuerzo! Me va a matar, estoy seguro de eso. ¡Demonios! Soy un hombre que no le teme a nada, pero a ella… a ella le temo, y demasiado.

Abro la puerta con cuidado y no la noto en la cama. Lo único que siento es un zapato mío impactar en mi cara con fuerza. Ella se me abalanza furiosa. La detengo tirándola al suelo y me monto encima de ella.

—¡Te voy a arrancar la cabeza, Lancaster!¡Suéltame!¡¿Cómo pudiste dejarme aquí encerrada, muriendo de hambre, cabrón?!¡Suéltame!

No puedo evitar reír. Verla en ese estado de enojo luce más hermosa.

—Cálmate, Antonella. Si no lo haces, te volveré a dejar encerrada.

Deja de luchar.

Por un momento creí que me haría caso, pero no, solo agarraba fuerza para golpear mis pelotas. ¡Joder, eso dolió!

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