Damián
Vuelvo a tomar sus labios. Meto mi lengua en su boca, con calma la saboreo y juego con la ella. El ritmo que ambas llevan es de una danza suave. Quiero complacerla en todo lo que pida. Jamás he sido suave a la hora de estar con una mujer, pero por Antonella soy capaz de todo. Por ella aprendo a hacer el amor, aunque para mí sexo y hacer el amor es lo mismo.
Salgo del baño con ella en brazos y aún pegado a sus labios.
Tengo tanto miedo a lastimarla, a ser una bestia de la cual ella luego termine temiendo.
Mi ropa está empapada de agua. La dejo en la cama y así mismo como estoy subo a ella. No quiero desprenderme de su cuerpo. Es tan cálido, suave, delicado, pequeño y frágil que me envicia.
—Damián —se separa un poco de mis labios, pero yo no quiero—, espera.
Me detengo y la observo.
«Nena, no me digas que no, por favor».
—¿Serás delicado?
¡¿Cuántas veces debo decirle que sí?!
Sus nervios harán que mis pelotas entren en un colapso y estallen.
—Sí, no voy a lastimarte.
Ella suelta el aire, y vuelvo a besarla. Con una de mis manos acaricio su muslo y poco a poco subo. Acaricio cada parte hasta llegar a su seno. ¡Maldición! Es tan pequeño. Mis manos están acostumbradas a unas tallas más grandes. Siempre fui exigente con las mujeres, y mírenme ahora, loco por un pequeño cuerpo que de paso tiene hasta control de mi vida. Dejo sus ricos labios y me dispongo a complacer a sus senos, lo cuales me traen loco desde hace años. Paso mi lengua por su pezón, que se encuentra firme. Es suave. No quiero despegarme jamás de aquí. No se comparan con otros. Mejor dicho, mi Antonella no se compara con ninguna mujer. Dejo de lamer ese y voy a mimar al otro, que me espera con ansias. Lo llevo a mi boca; entra por completo. Siento cómo Antonella se mueve y gime encantada. Ella sujeta mi largo cabello y arquea su espalda. Parezco un bebé con hambre.
Dejo sus senos en contra de mi voluntad para ir a complacer otra parte de su encantador cuerpo. Entiendo que admiro demasiado su pequeño cuerpo. El problemas es que no puedo evitarlo. Comienzo a dejar un camino de besos por su abdomen plano; paso mi lengua por su cálida piel. Adoro su color, se le ve hermoso en ella. Me levando y la observo completa desde mi altura. Se ve indefensa, nerviosa y obviamente hermosa. Está desnuda, solo a mi merced y esperando por mí. Agarro su pequeño pie y lo lamo; chupo sus dedos. Hago lo mismo con el otro pie. Subo a punta de besos suaves por toda su pierna. Ella se tensa cuando llego a su intimidad. Miro sus ojos, que me indican que se encuentra avergonzada. Es su primera vez, puedo comprenderla.
—Relájate —le pido con mi voz ronca, y ella asiente con una sonrisa.
Paso mi lengua entre sus pliegues, y debo decir que me siento en la gloria. Quiero devorar su hermosa intimidad, comerlo con ansias, hacerla correrse en mi boca, pero, como bien prometí, seré el hombre más cuidadoso con ella. Mi lengua continúa desplazándose entre sus pliegues y frotando en ocasiones ese delicado clítoris. Saboreo sus fluidos y cierro mis ojos, centrándome en lo maravilloso de su sabor. Cuando los abro, me topo con los de ella cerrados. Muerde su labio inferior, tiene su espalda arqueada y sus manos están sujetas a las sábanas con fuerza. Succiono con sutileza y lamo. Su cuerpo se estremece, su piel se mantiene erizada y sus pezones permanecen firmes como soldados. Me centro en los movimientos de mi lengua y aprecio el cómo ella no para de jadear. Presiono un poco sobre su clítoris y lamo sobre él repetidas veces, hasta que…
—¡Damián! —grita cuando el orgasmo la envuelve.
Paso mi lengua para arrastrar con ella el fluido, me distancio y la observo a los ojos.
—¿Te encuentras bien?
Nella sigue perdida unos segundos hasta que responde.
—Si.
—Perfecto. —Me levanto de la cama y me quito toda mi ropa.
Ella me mira de pies a cabeza, devorando mi cuerpo. Es algo que ella no puede evitar cuando me encuentro en frente sin ropa.
—Deja de mirarme así o no respondo.
—¿Podrías dejar de hablar y venir aquí?
Miren nada más, ansiosa la mujer.
—¿Desesperada? —Subo sobre ella.
—Un poco.
Mentirosa.
—¿Qué pasó con lo de ser calmados?
Se encoge de hombros.
—Comienzo a arrepentirme.
No sabe al diablo que está tentando.
—¿Entonces puedo ser salvaje? —susurro.
—¡No! —Me río—. Ni se ocurra, o te arranco la cabeza. —Sostengo sus manos arriba de su cabeza—. Quiero saber lo que se siente cuando alguien te hace el amor. —Espero no defraudarla—. Quiero que seas cuidadoso y calmado, pero también que tengas ese toque tuyo. Quiero que hagas lo que me dijiste una vez cuando fuiste a mi casa a proponer ese trato. Quiero que me hagas llegar al infierno y que luego me eleves hasta el cielo. —Su voz es un susurro que yo escucho a la perfección.
Se acuerda claramente de mis palabras, y una parte de mí se siente satisfecha y orgullosa.
—Todo lo que desees será cumplido. —No digo más, solo me enfoco en devorar sus labios de un modo salvaje y con ese toque de ternura que a ella tanto le gusta.
Con una de mis piernas abro las suyas. Está tensa y con miedo, aterrada de lo que sucederá.
—Necesito que te sueltes. Abre tus piernas sin miedo.
Asiente, obedeciendo a mi petición.

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