Entrar Via

Clases de amor, para el diablo romance Capítulo 24

Antonella

Salimos de casa casi al mediodía. Ambos vamos en la parte trasera de la camioneta. Damián tiene por costumbre no salir de casa sin el ejército de hombres que cuidan su espalda. Es un hombre precavido, sin ellos no se mueve de un lugar.

No sé a dónde me llevará, le he preguntado miles de veces y miles de veces se ha negado. Sujeta mi delicada mano para dejar un beso en ella. ¿Desde cuándo se ha vuelto tan meloso? Me agrada esa actitud que tiene, mejor dicho, me encanta. Quiero que lo nuestro funcione. Estar con él no se trata de un contrato, esto ya va más allá de eso. Me dio la oportunidad de irme, y no lo hice. No lo hice porque no quise.

Sé que muchas personas piensan que él es malo, pero están muy equivocados, porque este hombre es magnífico, y me lo ha demostrado no solo con palabras, sino con hechos. Voy a mostrarle al mundo entero que no porque una persona sea fría y una cabrona en los negocios la hace mala.

Tiene su bruteza en ciertas cosas, su lado salvaje, ordinario, y, bueno, cosas que ya ustedes saben, pero en su interior tiene a ese hombre bueno que voy a lograr sacar así sea a punta de patadas.

—¿Qué piensas? —Me saca de mis pensamientos.

Le sonrío y poso un beso en sus labios.

—En ti —respondo, encogiéndome de hombros.

—¿Y qué piensas de mí?

Subo a sus piernas para sentarme mejor.

—En que eres un buen hombre —rodeo su cuello con mis brazos—, y que has mejorado.

Me observa muy serio.

—Todo sea para hacerte feliz, mi cielo.

Sonrío con algo de pena.

—Me gustas, Damián, y mucho. Creí que eso jamás llegaría a pasar.

Mete detrás de mí oreja un mechón de mi cabello.

—Vamos, Antonella, siempre te he gustado —dice con tono burlón.

—¿Quién te hace pensar eso? —Me cruzo de brazos.

Él rodea mi cintura, protegiéndome de que pueda golpearme en caso de un frenazo indebido.

—Solo mírame, soy irresistible.

Abro la boca. Pero qué creído.

—Tienes un ego gigante, amigo. —Palmeo su hombro.

Es cierto, está demasiado bueno y provoca comérselo, pero de verdad él no me gustaba para nada, no era mi tipo. Era, porque ahora debo decir que me fascina demasiado. Supongo que su forma de ser terminó haciéndome caer en sus encantos.

—Y lo que tengo abajo también es gigante.

Me sobresalto cuando siento aquella cosa tomar volumen.

—¡Damián! —Lo golpeo—. ¿No puede estar dormido por unas horas? Hay presentes en el auto—digo bajito, y él suelta la carcajada.

—Ellos nunca escuchan, princesa. —Besa mi cuello—. Hasta puedo hacerte mía aquí y ellos ni cuenta se darán. —Cubro mi rostro—. Es mentira. —Ríe.

—Señor, ya estamos llegando —avisa Franco.

—Bien, es hora de divertirnos.

El auto se estaciona y ambos bajamos. Nos encontramos en un muelle. Al parecer, iremos de paseo al mar, lo cual me agrada mucho. Ambos caminamos tomados de la mano. Las personas nos observan por la cantidad de hombres que nos escoltan. Cualquiera de ellos creerá que se trata del presidente.

—Bien, debo vendar esos hermosos ojos. —Frunzo mi entrecejo no muy convencida, pero a lo último acepto—. Es una sorpresa que te voy a dar.

—No me vas a lanzar al mar, ¿verdad?

Ríe fuerte y me da un beso en la mejilla.

—Jamás haría algo así.

Caminamos un poco más y luego nos detenemos. Mis manos sudan por la sorpresa que Damián me tendrá. No me importa si es fea o bonita, lo que me importa es la intención con la que la hace.

Se coloca detrás de mí, me abraza y susurra en mi oído:

—Desde que empezaste a causar atracción en mí, supe que serías para mí. Sé que fui un maldito imbécil que hizo las cosas mal al principio, pero ¿sabes qué? No me arrepiento para nada porque de lo contrario no estaríamos aquí. Voy a hacer lo que sea necesario para verte sonreír siempre y para que tu corazón simplemente me pertenezca a mí. No sé cuáles sean mis sentimiento ahorita, Antonella —trago grueso—, pero de algo sí estoy seguro, y es que eres la mujer que necesito en mi vida. —Mi corazón está que se sale de su sitio. Maldición, necesito que se quede quieto—. Sé que no soy el tipo de hombre que buscas. Aun así, por ti estoy dispuesto a cambiar mi vida. Sé que mis intentos por poner en práctica tus ridículas clases de amor han sido una catástrofe mundial, pero estoy muy seguro de que aprenderé lo necesario por ti. —De acuerdo, lo acepto, estoy llorando. Sus palabras me han tocado el corazón. «Infeliz, llamó ridículas mis clases»—. Bien, cielo mío, este es tu gran regalo. —Quita la venda de mis ojos y…

¡Oh, por Dios! No puedo contener mis lágrimas. Esto es… No sé cómo describirlo. Es un hermoso yate gigante con… ¡Moriré! La emoción me mata. Tiene escrito mi nombre en grande.

Doy brincos de emoción. Me giro, lo abrazo muy fuerte y me apodero de sus labios. Damián me corresponde y me agarra de la cintura para pegarme más a él.

¿Será que nunca controlará a su cosa?

—Me encanta, me encanta. Es hermoso, Damián, gracias. No puedo con tanta emoción. —Vuelvo a besarlo—. Gracias, gracias y mil veces gracias. Es… maravilloso. Me ha encantado, de verdad. —Me alza un poco para comenzar a besarme—. Ha sido el mejor regalo de mi vida, pero quiero que debajo de mi nombre diga “Tú eres mi infierno y yo tu cielo”.

Sonríe amplio.

—Claro que sí, lo que tú pidas. Mañana mismo lo mandaré a poner.

—Bien, ahora voy a subir.

Me giro para entrar, pero él no me lo permite.

—Espera, ellos deben asegurarse de que todo esté en orden allí dentro. Sabes que soy muy meticuloso.

Miro cómo sus hombres entran al yate. Se aseguran de que no haya nada raro. Nos toma como media hora de espera. Cuando por fin terminan de revisar, Damián sujeta mi mano y me ayuda a subir. Contemplo todo el yate. En definitiva, es precioso e inmenso. Su color es blanco y tiene una pequeña piscina en la punta. En la parte de atrás hay mesas y sofás no muy extravagante en color crema. Es de dos plantas.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Clases de amor, para el diablo