Antonella
Cuando desperté, ya Damián se había ido. No llevo ni una hora sin él y ya estoy muriendo de la tristeza. Entro al vestidor para comenzar a vestirme. Me di un super baño y ya mismo iré al ginecólogo. Mi amiga se encargó de pedir la cita por mí. No voy a dejar que ese tonto me embarace, al menos no ahorita. Primero mis estudios y luego eso. Por cierto, pasaré por la farmacia a comprar una pastilla de emergencia.
«Damián, te voy a ahorcar».
Agarro mi bolso, mi teléfono y las llaves de la casa, bajo corriendo las escaleras y salgo. Franco ya me espera en la camioneta como de costumbre.
Después de haber ido al ginecólogo y de haber comprado ya las patillas, le pido a Franco que me lleve al centro comercial para ir viendo lo que comprare para la fiesta de Damián incluyendo su regalo, estoy tan emocionada que ya hasta pretendo adelantar el obsequio. En un mes será su cumpleaños años. Hablé con Daniela, su hermana, para organizarle una fiesta sorpresa. Sé que no le gustan que le festejen su cumpleaños, pero ¡al carajo lo que piense!
Mis amigas y Dani esperan por mí. No tengo ni la más mínima idea de qué le voy a comprar ese hombre. Es tan insípido que todo le da igual. Estoy pensando en un reloj, pero luego recuerdo que tiene muchos y descarto la idea. ¿Zapatos? Le sobran. ¿Corbata? Muy insípido. Además, tiene hasta para regalar. ¿Ropa? La que tiene ya ni entra en el vestidor. ¿Un carro? Puede ser. En dos días, cuando llegue, le diré que me dé su tarjeta para comprarle uno. ¡Ajá! Es mentira, no haré eso. ¿Se imaginan? Qué pésima esposa soy. A ver qué le puedo comprar a mi esposo gruñón… ¿Mi virginidad? Muero de la risa. Ya ni eso puedo porque la tomó antes.
«Ay, Antonella, tienes cada comentario».
Soy pésima con los regalos. Bueno, de igual forma tengo un mes para decidir que comprarle, tampoco es que tengo prisa.
Mi cuñada me hace salir de mis pensamiento cuando empieza reír fuerte. Quién sabe qué chiste dijo Amelia para que riera como loca desquiciada.
—¡Hola, chicas!
Daniela corre a mi encuentro.
—¡Princesa de mi hermano! —Me abraza con fuerza.
—Hasta que al fin llegas. ¿No tuviste otro contratiempo? —inquiere Amelia. Le saco el dedo medio—. Lo siento.
Entramos al centro comercial.
—¿Qué quieres regalarle a Damián, princesa? Aunque insisto que todavía puedes seguir esperando y pensar bien, falta un mes para el cumple. —Mi cuñada juega con mi cabello.
—No lo sé. Él tiene casi todo— digo afligida.
—¿Qué tan difícil puede ser? Vamos, te puedo apostar que le regalas una flor y él encantado la recibe.
Le entorno la mirada a Dalia.
—Eso es totalmente cierto. Soy yo quien le regala una flor y me la estampa en la cara. En cambio, a la princesa le acepta todo.
Reímos de Daniela.
—Es difícil. Temo a comprarle algo que no le guste. Saben cómo es él. —Me detengo en una tienda de ropa.
—Vamos, Nella, sabes muy bien que lo importante es que ese regalo esté lleno de amor.
Suspiro. Quizás Amelia tenga razón.
—Veamos qué hay de bueno. —Sigo caminando.
Daniela me detiene, se planta de frente a mí y sonríe.
—¡Ya sé! Compraremos una lencería muy sexi, de esa que te hace lucir como una perra exótica. Le harás un baile, y si aún no le has dado ese lindo trasero, pues ese es el mejor momento. ¿Qué te parece?
¿Qué me parece? De maravilla. Genial, miren cómo brinco de felicidad.
Miro a mis amigas, que sonríen también y asienten con la cabeza para que acepte.
—¡No! —Paso entre ellas, ignorándolas.
¿Se imaginan esa cosa en mi trasero? No, no se lo imaginen.
—Nella, es buena idea. Eso lo volverá loco.
Continúo mi caminata e ignoro a Dalia.
—Princesa, vamos. ¡Oh, mira!
Todas nos detenemos cuando Dani grita.
Me giro a ver qué sucede.
—Dime si no es hermoso. Te verás ardiente en esa lencería.
No lo voy a negar, es hermoso, pero no. Dani está loca si cree que yo voy a usar eso.
—Olvídalo, no usaré eso. —Intento irme, pero las traidoras de mis amiga me detienen.
—No, amiga, tú te vas a probar eso. —Amelia insiste.
—Tranquila, princesa, tienes una experta en bailes exóticos. Yo te enseñaré cómo lo harás. Compraremos esa lencería, mucho condones y un buen lubricante para que pase suave. —Daniela no tiene filtros.
Muero de la vergüenza.
Esa cosa no pasa con nada. Me rehúso, no voy a hacer eso.
—Ustedes están locas.
Sueltan la carcajada.
Cuatro horas más tarde, ya estoy en casa con el regalo de Damián. Sí, terminaron convenciéndome, pero solo en usar la lencería y en aprender el baile. Ni crean que pondré en peligro mi trasero.
Subo a la habitación y busco la tableta. Marco al número de Damián, que atiende al instante.
—Mi princesa.
¿Está desnudo? Ay, mi Dios, me encanta mirar su cuerpo.
—Hola, mi infierno —saludo.
—¿Cómo te ha ido hoy?
Suspiro y me acuesto en la cama.
—Mal, se siente raro extrñarte. —Juego con mi cabello.
—¿Raro?, guao. Bueno, también te extraño, pero no regresaré mañana. Para el sábado temprano estoy allá.
Le hago un puchero.

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