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Clases de amor, para el diablo romance Capítulo 29

Damián

Ya quiero salir de esta aburrida reunión e ir a mi casa para estar con mi cielo. No tengo ni tres horas fuera y ya estoy desesperado. Vine porque se suponía que era un tema muy importante del cual yo debería estar enterado, pero hasta el momento solo hablan estupideces.

Me pregunto qué estará haciendo mi princesa. De seguro escucha música a todo volumen, y bailando como una demente por toda la casa. O puede que aprovechando mi ausencia se halla ido con sus amigas al cetro comercial a comprar ropa.

Santo dios, Antonella va a terminar dejándome en la ruina si sigue comprando de ese modo ropa.

—Señor Lancaster, ¿qué le ha parecido la reunión?

¿En serio me preguntan eso?

Trino me observa con cara de “no la vayas a cagar”.

—Patética. —Todos se miran. ¿Qué esperaban? ¿Felicitaciones?—. ¿Para eso me hicieron salir de mi casa?

—Señor, la idea era que usted estuviera enterado de los planes que tendremos para el próximo mes.

Asiento.

—Creo que eso yo ya lo tenía claro desde hace días, incluso recuerdo que fui yo quien hizo los planes.

Trino cubre su rostro.

—Damián, ¿podrías por una vez en tu vida ser más flexible?

Ahí viene el sermón.

—Estoy siendo flexible, Trino. —Me cruzo de brazos.

Si estuviera mi cielo aquí, me tendría guindando de una oreja y me pediría que fuera más amable.

—Necesitabas estar aquí para que supieras que se planteó tu idea y que ya se repartió a cada uno sus labores.

—Y me parece bien, pero creo que era algo que me pudieron haber dicho el lunes. —Siento las miradas asesinas de todos, pero me vale mierda—. Está bien, ¿algo más que plantearme?

—Sí. El lunes el dueño de la empresa Corporación Grey quiere una reunión con usted. Al parecer, está interesado en mostrarte un proyecto que quizás te guste financiar y puedas ser socio.

Otro pez que muerde el anzuelo. Todos me quieren como socio de sus empresas y yo encantado acepto. Mientras más poder, más millonario soy.

—¿Ven? Eso sí es un tema interesante. Arnaldo, confirma la reunión y asegúrate de que su proyecto en realidad vaya a ser productivo, si es así lo financiare. —Asiente—. ¿Ahora ya me puedo ir?

—Sí, eso era todo.

«Gracia, Dios».

Me levanto de mi puesto y salgo directo a mi oficina. Cuando entro, para mi sorpresa, observo a Renzo y a Alan.

—¿Ustedes qué hacen aquí? —Tomo mi lugar.

—Necesitamos hablar, Damián —contesta Renzo.

Levanto mi vista por un momento.

—Te escucho.—Señalo las sillas que tengo en frente para que tomen asiento.

—¿Cómo está Antonella?

Continúo en mi portátil.

—¿Por qué no le preguntas tú mismo?

Sé que ha llamado muchas a veces a mi cielo y que ella ignora sus llamadas. Está enojada y no quiere saber nada de ninguno. Son unos idiotas.

—Deberías saber cómo es ella.

Sonrío con malicia.

—Claro que sé cómo es ella. No quiere contestarte porque han sido tan imbéciles y cabrones que mi cielo los quiere fuera de su vida por un tiempo. Está agotada de que siempre le hablen mal de mí. Está aburrida de que siempre la hagan llorar. Renzo, Alan, las personas se cansan, ¿saben? Ya ella ya se cansó de esperar un cambio por parte de ustedes .Nella solo quiere ver a todos unidos, y yo estaba dispuesto a eso solo por verla feliz, pero ustedes dos —los señalo— se rehúsan. Ahora entiendo de dónde esa pequeña malcriada y contestona sacó ese carácter jodido.

Ambos ríen.

—Teníamos que entrenarla.

Río fuerte.

—Los odio por eso. Es mi dolor de muela. Nunca se calla y nunca obedece. El que siempre sale regañado y obedeciendo soy yo.

Las carcajadas resuenan en mi ofician.

—¿Tú? ¿Obedeciendo a una mujer?

Lo sé, es vergonzoso.

—Sí, esa jodida mujer siempre se sale con la suya. —Me levanto para ir por unos vasos y una botella.

—¿La amas?

Me detengo en seco ante su pregunta. ¿La amo? Esa pregunta jamás me la he planteado.

—Damián… —Trino entra, salvándome de esa repuesta—. Vaya, qué alegría verlos aquí sentados como niños buenos.

Todos comenzamos a reír.

—Ya cállate, imbécil —habla Alan al fin—, solo vinimos a charla.

Espero que así sea.

—Pues ya es hora de que dejen su indiferencia a un lado y hagan las paces al menos por Antonella. Ella no se merece tanto odio entre ustedes.

Es verdad lo que dice Trino, mi cielo necesita vernos unidos.

—Por eso estamos aquí. Creo que es hora de dejar a un lado nuestros problemas. Ya todos en casa entendimos que ella te aceptó, y se nota que es feliz contigo. Si ella es feliz, nosotros también. No sé si la amas, Damián, pero sí sé que la quieres y la cuidas muy bien. En algo tenías razón, y es que siempre somos nosotros quienes la hacemos llorar con nuestras malas ideas de ti, pero tienes que entendernos tú. Te aprovechaste de nuestra situación. Eso no podíamos tomarlo a las buenas.

Asiento a la opinión de Renzo, y sirvo un trago de whisky en cada vaso. Creo que necesitamos algo fuerte.

—Lo sé, pero esa condenada jamás me prestó atención y se cansó de patearme el trasero cada que le daba la gana. Por eso usé su situación para presionarla. Era la única forma de que me aceptara.

Ambos hermanos fruncen su ceño.

—¿Por qué ella, Damián? ¿Qué tiene ella?

Señor, dame paciencia para no partirle la cara al infeliz de Alan.

—¿De verdad me haces esa pregunta? —Los observo con sarcasmo—. Ella tiene todo lo que no tiene otra mujer.

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