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Clases de amor, para el diablo romance Capítulo 30

Damián

Al llegar a casa, observo a mis mujeres y a las amigas de Nella reír a carcajadas. Con estas mujeres nadie se aburre. Camino en dirección a ellas y saludo a mi hermosa madre, a mi princesa mayor y luego a mi cielo.

—¿De qué ríen? —Inquiero al sentarme a su lado.

—Cosas de mujeres. Me alegra que estés aquí —contesta mi cielo.

«Si supiera lo estresado que estaba por querer verte.»

—Nosotras ya nos íbamos. —Amelia se pone de pie.

—¿Tan rápido? —Mi princesa le hace cara triste.

—Sí, tenemos que ir a ya sabes qué.

Odio cuando hablan de ese modo.

—Tienes razón. Las veo el lunes, nenas. —Se levanta.

Las tres caminan hasta la salida.

Se despide de ambas para luego regresar con nosotros.

—Cielo, hoy Renzo fue verme —le informo.

Sus ojos detonan preocupación. Mi podre angelito está traumada. Cada vez que él iba no terminaba en nada bueno.

—Hoy harán una cena en casa de tus padres y quieren que vayamos todos —finalizo.

Poco a poco sus ojitos se iluminan.

—¿Alan estará? —inquiere Daniela.

Alan, Alan…Presiento que una cabeza rodará.

—Me supongo. No puede faltar a una cena familiar, o mamá lo matará —le responde Antonella.

Quizá yo mismo lo haga faltar y que su madre lo mate por mí. Me parece buena idea, así deja a mi Dani tranquila.

—¿Qué hora es? —pregunta mi hermana.

—Eso no importa, podemos arreglarnos e ir y ayudar a mi madre.

Está emocionada. Verla así me encanta. Quiere gritar de felicidad.

Solo espero que la cene termine bien.

—Oh, sí, iré a arreglarme. Alan no puede verme toda desarmada.

Antonella ríe.

Mi hermana sube las escaleras corriendo.

—Bien, iré a arreglarme igual. Nos vemos aquí abajo. —Mi madre también se va.

Mi cielo se gira y corre a abrazarme.

—Gracias por aceptar ir.

Acaricio su cabello.

—Creo que es el momento indicado para solucionar nuestras diferencias, cielo.

Levanta su vista.

—Eres grandioso.

Beso sus ricos labios.

—Bien, vayamos a arreglarnos.

Sube las escaleras contenta, mientras que yo la sigo.

Si ella es feliz, yo también lo soy.

Ya todos nos encontramos en casa de los padres de Antonella. Estar aquí me recuerda a aquella vez que la convencí de ser mi esposa. Soy un degenerado, pero no me arrepiento. Con ella he aprendido de todo, y si tengo que olvidarlo para que ella me vuelva a enseñar, lo hago. Antonella está en la cocina junto a su madre y la mía. Las tres preparan la cena. Huele exquisito. Yo me hallo en la sala de estar con su padre, sus hermanos y Trino. El único que falta es el vago de la familia. No sé cómo alguien puede pasar el puto día encerrado pegado a un videojuego. Si fuera mi hijo, lo tendría de esclavo en mi empresa.

Cuando tenga los míos, jamás los dejaré tocar un aparato de esos. Lo único que hace es envenenarles el cerebro a los jóvenes y retrasarlos en la vida. El mío, desde que nazca, lo convertiré en un infeliz como yo en los negocios, porque no creo que mi cielo permita que su hijo sea un bandido como alguna vez lo fui yo.

«Hermosa, ya quiero un pequeño Lancaster en la casa».

—¿Y cómo ha estado mi hija? —me cuestiona Gustavo.

¿Les soy sincero? No me agrada conversar con ninguno de ellos. Creo que hemos tenido tanto problemas últimamente que me siento extraño al tener una charla normal con ellos.

—Muy bien, aunque no le voy a mentir, los extraña a todos, y eso no la deja avanzar. Me van a disculpar, pero creo que ya deberían, o mejor dicho, deberíamos superar todo lo que pasó y comenzar a ser una familia unida. Aquí no importa la felicidad de nosotros, aquí la única felicidad que importa, y que a mí me importa, es la de Antonella.

Su padre baja la mirada. Siento su dolor por mis palabras, pero al carajo ellos, aquí a ninguno le importó el dolor de mi cielo, así que no tiene por qué importarme el de ellos.

—Entiende que para nosotros no fue fácil lo que hi… —Interrumpo al padre de Antonella.

—Lo sé, es algo que ya ella me había recalcado muchas veces, pero ahora pregúntense, o pregúntenle a ella, si se arrepiente de que así haya sucedido. Cada día amanece una hermosa sonrisa en su rostro, y no quiero que jamás se borre, solo quiero que ya llevemos todo por la paz. No les pido que me perdonen, pero al menos hagamos el intento de solucionar todo.

Trino ahoga una sonrisa por mi modo cursi de hablar. Ya ni me reconozco.

—¿Sus estudios? —Gustavo no deja de preguntar sobre ella.

Aunque me relajo un poco.

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