Antonella
Después de un caminata por la montaña, hemos llegado a casa muy cansados. Yo estoy casi arrastrándome. Damiana es todo lo contrario. Ella está como si no hubiese caminado, y su hijo igual. ¿Esta familia de que está hecha?
Me tiro en el suelo bocarriba, con los brazos bien extendido. Ya no puedo más, mis piernas duelen demasiado. Me encanta caminar, pero jamás había caminado tanto.
—¿Estás bien? —Damián se agacha y me sonríe.
¡¿Cómo puede agacharse?!
—Estoy muerta —contesto.
Se burla.
—Vamos, levántate, cielo. Te subiré hasta la habitación. —Me pongo de pie con rapidez—. Habilidosa, todo fue actuado para que yo te cargara.
Me encojo de hombros, permitiendo que me cargue.
—Solo actué para que me subieras a la habitación.
Se detiene.
—¡Interesada mujer! Ya lo sabía.
Le doy un beso antes de que me baje.
—¿Contento?
Asiente.
—Un poco.
Estoy guindada de su cuello y con mi cabeza apoyada en su pecho.
«Una foto así, por favor».
—Luces tan tierna de esa forma —susurra.
—Soy una mujer tierna. —Mis ojos comienzan a cerrarse.
—Tienes que bañarte, cielo, así que no te duermas.
Me despego de su pecho y lo fulmino con la mirada.
—¿Estás diciendo que huelo mal?
Abre la puerta de nuestra habitación, entra aún conmigo encima y luego la cierra con el pie.
—Para nada, cielo, pero si te bañas te relajaras más y podrás descansar tranquila.
Juego con su largo cabello.
—¿Nos bañamos juntos?
No se mueve de su lugar.
—Si eso deseas, con gusto lo cumpliré.
Camina hasta el baño y me baja con cuidado. Abro el grifo de la tina para que comience a llenarse mientras él se desviste y yo echo un poco de jabón líquido para que quede espumoso. Damián ya está sin ropa y eso me hace sonrojar como de costumbre. Él se queda esperando a que yo reacciones y termine de desvestirme.
Debo confesar que mi esposo es un hombre muy atractivo, sus físico es tallado por los mismo dioses, y su grandote cuerpo es una obra maestra.
Damián entra primero a la tina. Cuando está acomodado, lo hago yo. Me encuentro entre sus piernas, de espaldas a él. Sus manos rodean mi cuerpo y las mía juegan con el agua. Cierro mis ojos, reposo mi cabeza en su pecho y suspiro fuerte. Siento mi cuerpo relajarse. Me gusta estar así con mi infierno. Este instante es único y especial entre nosotros.
Ya es lunes otra vez. Damián me ha dejado aquí en la universidad. Como de costumbre, siento todas las miradas posarse en mí, pero soy una jodida infeliz que los ignora. Mis amigas se encuentran sentadas en una banca. Amelia está metida en el celular, sonriente, y Dalia, por otro lado, realiza una tarea de cálculo.
Antes de llegar a ellas, me detengo por la presencia de Nico. Está parado justo de frente a mí. Ya todo esto para mí es incómodo. No sé cómo pedirle que me deje en paz y que no me busque. Me duele tener que alejarlo de mi vida, pero ya no siento lo mismo por él y tiene que entenderlo.
—Preciosa —me saluda con un beso en la mejilla.
Quería quitarme, pero tampoco puedo ser muy grosera.
—Hola, Nico. —Aún sonrío.
—Me enteré de que… tu esposo logró librarse de la cárcel.
Respiro profundo, conteniendo las ganas de golpearlo.
Pero qué agresiva me he vuelto últimamente.
—Sí, y no sabes cuánto me alegra que haya sucedido asi. Es una buena persona.
Ríe fuerte, con sarcasmo, lo que llama la atención de todos.
—Antonella, me molió a golpes. Mírame, aún tengo marcas.
Desvío mi mirada.
—Y lo entiendo, pero deberías tener los pantalones y admitir que tú lo provocaste.
Mete sus manos en los bolsillos de su pantalón.
¿Por qué no me deja tranquila?
—Solo quiero recuperarte. Nella, te amo, y sé que tú también me amas a mí. No me detendré hasta quitar del medio a Damián. Él es malo y despiadado. No se merece una excelente mujer como tú.
Mis amigas me miran preocupadas.
Les hago seña de que tengan calma. Esta vez me controlaré.
—Tengo cosas que hacer, te veo luego.
Me sostiene del brazo y me susurra en el oído: —Vamos a mi casa. Déjame hacerte mía, Antonella.
Pero ¿qué carajos le pasa a Nicolas? Desde hace cuánto que perdió la cabeza.
—¿Qué estás diciendo? Te has vuelto loco. No voy a estar contigo, ya déjame. —Me libero de su agarre.
—¿Por qué? Nella, te…
Camino deprisa, dejándolo con la palabra en la boca. No voy a soportar tantas idioteces por parte de él, y si continúa con su acoso, liberaré a mi diablo.
—¿Otras vez fastidiándote? —Inquiere Amelia. Yo asiento con pereza.
—Pobre Nico. Nella, entiéndelo, está muy enamorado de ti, y para él no es fácil. Siempre lo ha estado.
Entiendo el punto el Dalia. Suspiro y me siento en medio de las dos.
—Lo sé, pero yo no siento lo mismo. Lo de nosotros fue un amor pasajero y ya.
De verdad me duele verlo en esa situación. Deseo tanto que me olvide. Debe ser horrible amar y no ser correspondido.
—Ay, amiga. Pero bueno, cuéntame, ¿ya tienes decido qué harás para la fiesta de Damián? —Amelia me cambia el tema y mi sonrisa aparece.

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