Damián
Luego de Antonella haberse ido, no me he vuelto a concentrar en mi trabajo debido a que siento mal. Estar peleado con mi mujer no es algo que me haga gracia, mucho menos cuando fui yo quien le hablo de esa manera tan fuerte.
Se que ella quiere hacerme ser un mejor hombre, reconozco que en ocasiones, o mejor dicho, la mayoría de las veces no soy bueno con mi empleados, incluso Trino por lo general suele reprenderme como ella.
Si, quizás deba aprender a valorar a mis empleados, después de todo gracias a ellos y a su gran trabajo es que esta empresa funciona.
Dejo de pensar tanto en esto y me centro en la puerta la cual alguien está tocando.
—Adelante —digo desde mi lugar.
—¿Se puede saber qué le hiciste a Antonella? —Trino toma asiento frente a mí.
—Te lo resumiré. Prácticamente le dije que no se metiera en mis asuntos del trabajo. Ella admiró la maquetación que hizo Fernando, y tú sabes cómo soy yo. Intentó hacerme cambiar de opinión, pero yo solo la traté mal.
Acaricia su mentón. Solo asiente, respira profundo y me mira como si no le extrañara mi actitud.
—Damián, muchas veces te lo he advertido, tienes que ser más flexible con las personas, hermano. A nadie le gustaría que despreciaran su trabajo y más cuando de verdad está bien elaborado.
Golpeo la mesa.
—Lo sé, lo sé, es solo que me salí de control. Sabes que no me gusta que se metan en mis asuntos de la empresa. Mi cielo no me perdonará. —Estoy muy preocupado, de verdad.
—Eres patético. No se está metiendo en tus asuntos, simplemente trata de mejorar tu maldito humor de perro. ¿Está mal que haga eso?
Suspiro resignado.
—Entiendo su punto de vista, pero, como te dije, perdí el control y ahora estoy muy arrepentido. Me pedí en ese momento no decir nada, pero, vamos, no tenía control de mis palabras.
Va al minibar y saca una botella.
—Está destruida. Sus ojitos estaban apagados, hasta hacía pucheros. Parecía una bebé regañada .Eso sí, está muy enojada. Aparte de triste, enojada. Echaba fuego por los ojos
Eso es lo que me preocupa, su enojo. Conozco a mi cielo y de seguro me matará con sus manos cuando llegue a casa.
—¿Qué debo hacer?
Me sirve un trago.
—Pedir clemencia. —Sonrío—. Simplemente habla con ella y hazle saber que estás arrepentido.
—Tienes razón, eso haré. ¿Me acompañas a comprarle flores?
Niega.
—¿Comprar flores? ¿Para qué si eres un descuidado? Cuando se las vayas a entregar, no van servir. ¿Recuerdas aquella vez? ¿Cuántas veces se te cayeron al suelo? No las metiste en agua y, aparte de eso, te sentaste sobre el ramo. Eres muy bestia.
Es cierto, soy malo con las flores.
—¿Qué le compro?
Me observa aburrido.
—Nada. Escucha, amigo, con detalles no solucionas el problema, las cosas se solucionan hablando y reconociendo el error. Si no hablan, no solucionan nada.
Otro que tiene la razón. ¿Yo nunca la tengo?
—Bien, hablaré con mi cielo ahora, pero igual siento que debo comprarle algo.
Se levanta de su lugar.
—Como quieras. Cómprale hasta un jet .De igual manera, no creo que le moleste el regalo, pero habla con ella, hermano, y cambia tu humor de perros, que de verdad es molesto. —Le da un último trago a su vaso para irse, dejándome solo.
Al llegar a casa, el único sonido que hay es en la cocina; una música a todo volumen y el ruido de algo cocinándose. Camino con pasos lentos, preocupado de que ella no me salga con un sartén para partirme la cabeza .Sé que exagero, pero nunca está demás ser precavido. Con cuidado, me asomo y la miro; baila y bate una mezcla. Quizá sea un pastel. También canta fuerte. Luce preciosa e indefensa. No se encuentra sola en la cocina, ha contagiado a todas allí. El personal encargado la ayuda a ella en lo que sea. Me gusta que mi cielo sea una mujer colaboradora. La música que canta es suave y relajante, y la canta un grupo que a ella le encanta.
Torpemente, como siempre, hago ruido y la saco de su mundo. Mi cielo me contempla y continúa batiendo su mezcla. No sé cómo interpretar esa mirada, si molesta, triste, furiosa, dolida…Equis, ella solo me miró sin mostrarme ningún tipo de emoción.
—Cielo —me detengo justo a su lado—, te traje chocolates blancos, tus favoritos.
Los toma. Creí que me los estamparía en la cara, pero no fue así.
—Gracias, aunque no era necesario, aún me queda de los que me trajiste ayer. —Los deja sobre la encimera y sigue con la mezcla.
—¿Qué preparan de comida? Huele delicioso.
Y no miento, ella tiene un don divino en la cocina.
Yo soy patético. Ya lo saben, casi incendio la cocina.
—Haremos pastel de chocolate relleno de una crema hecha de mantequilla, azúcar pulverizada y galletas oreo.

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