Antonella
Llegamos al restaurante de la universidad para ir a merendar algo. Mi estómago ruge como una león salvaje. Esta mañana no me dio oportunidad de comer en casa. Por culpa de mi marido salí tarde. Damián quiere hacerme suya a cada instante y en cada lugar de la casa. Un día de estos presiento que lo haremos en el jardín.
Anoche mismo solucionamos nuestras diferencias. No podía seguir enojada con él. Sería estúpido de mi parte seguir enfadada por algo que más adelante se puede mejorar. No todo puede ser perfecto entre nosotros. Sé que en su empresa las decisiones las tomas él, y eso no lo puedo cambiar, aunque sí me gustaría que no los tratara tan fuerte y fuese más flexible.
Hoy saldré a comprar lo que me falta para el cumple de Damián. Ya falta poco y necesito todo listo. Tengo muchas sorpresas para él y me estoy preparando para que nada salga mal. Quiero asegurarme de que no habrá ningún imbécil con planes de arruinar la noche. Eso sería mi fin.
—¿Qué más necesitas, nena? —me pregunta Amelia.
—Que llegue el día —respondo muy emocionada.
—Lo que necesitas son más días para practicar. Eres pésima en eso del tubo —objeta.
¿Cómo pueden ser tan crueles?
—¿Tan mala soy?
Dalia entorna la mirada.—No es que seas mala, es solo que eres muy tímida ante nosotras. ¿Así eres con él?
Si supieran cómo soy.
—Las odio. Dejen de ser tan duras conmigo. Ya verán que de aquí a ese día aprenderé.
Se encogen de hombros.
—Vale, está bien. Comamos de prisa para irnos.
Al terminar de comer, nos levantamos y caminamos a la salida de la universidad. Amelia viene jugando con Dalia y yo estoy concentrada en mi celular, escribiéndole a mi infierno, que al parecer vendrá por mí. Le dije que no era necesario, pero el señor no se da por vencido.
—Chicas, creo que no podremos ir, Damián viene por mí.
Ambas entristecen su mirada.
—Dile que no.
Me insiste Amelia.
—Ya le dije, pero insiste en venir. Tendremos que ir mañana o si tengo la tarde libre nos encontramos.
Nos detenemos al ver a la persona que viene en mi dirección. No se si sea mucha coincidencia, lo cierto es que vino en el peor momento.
—Hola. —Tiene ambas manos metidas en su bolsillo.
—Hola, Nico.
Mis amigas nos miran.
—Quisiera hablar contigo un momento. —Niego y paso por su lado—. Antonella, por favor. —Lo ignoro—.Escúchame.
—¡Ya! —Me detengo en seco, al igual que mis amigas y él—. No quiero escuchar tus lamentos. Lo único que quiero es que me dejes en paz y no me busques. Nicolás, cada vez que te me acercas es para crearme problemas .Entiende que no voy a dejar a Damián, así que ya no insistas.
Empuña sus manos y traga grueso. He sido muy dura con él.
—Solo quería decirte que me iba a alejar de ustedes. Aunque me duela dejarte ir, debo admitir que ya tu corazón no me pertenece. Él terminó ganando.
Tomo aire y cierro mis ojos por un instante.
—Nadie ganó nada porque yo no soy un premio, Nico, y gracias por entender que ya entre nosotros no puede suceder nada.
Me tiende su mano, y yo dudo en tender la mía.
—Nella, no te haré nada. Quiero que quedemos como amigos, de verdad, te lo juro.
Mis amigas me observan con cara de “no seas mala, quiere llevar las cosas por la paz, así que tiéndele la mano”.
—Está bien. Espero que cumplas tu palabra. —Tiendo mi mano.
Cuando voy a hacer contacto con la de él, alguien me la sujeta.
—Donde se te ocurra tocar a mi mujer te vuelo la cabeza.
Lo que me preocupaba, que Damián llegará.
—Dami…
—Aléjate de una vez por todas de ella. No te le acerques, no la mires y no le hables. Haz de cuenta que no existe y que nunca existió. —Me deja detrás de él.
No puedo ver el rostro de Nico, pues su gran corpulento cuerpo no me lo permite.
—Tú no puedes pedirme eso, Damián. Yo a Nell…
—No me hagas repetírtelo. Estoy cansado de ti y de su provocaciones. Deja a mi esposa en paz y deja de enviarle obsequios a la casa.
Me meto en medio de los dos preguntando de que obsequio hablas. Hasta donde sé, solo eran flores. Y sucedió una sola vez.
—Nico, será mejor que dejemos el tema hasta aquí y gracias por entender que ya entre nosotros no puede haber nad…
—Nunca hubo nada y tampoco lo habrá, porque ella es mía. Es mi mujer, mi esposa .Está solo conmigo y siempre estará conmigo.
De acuerdo, creo que Damián no dejará hablar aquí a nadie.
—¿Siempre eres así de idiota? —Nicolas no facilita el problema.
¿Los hombres jamás puede dejan de pelear?
—Ya ha sido suficiente. Tú, Nico, de verdad te agradezco que hayas entendido y, tú, señor, te vas conmigo.
Damián gruñe bajo, pero lo ignoro.
—Antonella —volteamos a ver a Nicolás—, hablaremos otro día.
Cubro mi rostro.
Definitivamente, Nicolás a veces se pasa de provocador.
—¿Qué dijiste? —Se regresa a tal punto de quedar frente a Nicolás. Damián lo mira con superioridad al ser más alto y claro que también más fuerte.
—Se lo dije a tu esposa, no a ti.
Luego pregunta por qué lo golpea.
—¿Quieres ver cómo te parto la cara aquí mismo?
Ya todos en la universidad están atentos a nosotros.

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