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Clases de amor, para el diablo romance Capítulo 40

Damián

¿Puede haber alguien más sorprendido que yo esta noche? Muero por saber que otra sorpresa me tiene preparada mi esposa, incluso el resto de los invitados están como yo, ansiosos. ¿Que si ha sido mi mejor cumpleaños? Honestamente, sí, y eso que apenas está comenzando. Si así empezó, no me quiero imaginar cómo terminará.

El grupo de personas se ubica a mi lado y comienza a palmear mi espalda y a decirme que soy un afortunado por tener como esposa a semejante mujer. Mi ego sube a un nivel muy alto, y es porque tienen razón. No me equivoque al decir que ella cambiaria mi vida.

Mi cielo le entrega el micrófono a mi hermana una vez que termina de dedicarme esa hermosa canción. Antonella junta sus manos y me observa con timidez, esperando mi reacción. Lo siento, a veces suelo ser muy lento para expresar mis emociones. En realidad, nunca las expreso, únicamente lo hago con ella, y ya saben me tomo mi tiempo. Tengo que darme a desear. “Buf”, es mentira .Con ella jamás me haría desear, todo lo contrario, esa jodida mujer sí lo hace, y como le da la gana.

Mi hermana carraspea, Trino me da de nuevo un codazo, mi madre me mira con cara de “Si lo arruinas, te mato” y mi cielo desea que la tierra se la trague. ¿Será que nadie me dará mi momento para ubicar las palabras correctas? No, no lo harán.

Camino en dirección a donde se encuentra mi mujer y mi hermana, le arrebato el micrófono a Daniela y me ubico en medio de las dos, que están más tiesas que un iceberg.

No puedo creer que ella piensen que yo lo arruinare.

—Saben que no soy hombre de festejar mi cumpleaños y que odio este tipo de sorpresas —Antonella baja la mirada, y todos se enfocan en ella—, pero debo decir que este día, esta noche, mi hermosa mujer, mi grandiosa esposa y mi perfecto e iluminado cielo —la señalo—, me ha dejado sin palabras y con la boca en el suelo. —Levanta su vista y me sonríe—. La sorpresa, los invitados y la canción han sido para mí un gesto de tu parte muy encantador. Nunca dejas de sorprenderme, cielo. —Me giro y quedo de frente a ella—. Debo agradecerte por esto y… ¡Ay, carajo!¡Estoy jodidamente emocionado y al mismo tiempo nervioso! —Todos comienzan a reírse. Ya me conocen, no soy fácil de sorprender—. Eres mi precioso universo. —Le lanzo el micrófono a mi hermana y sujeto la pequeña y fina cintura de mi cielo para pegarla a mi amplio cuerpo y así devorarme sus suaves y dulces labios. Es la primera vez que las personas ven cómo beso a mi mujer de esta manera. Ante todos demuestro que ella es mi todo. Donde me falte, me muero.

—Creí que no te gustaría —dice luego de separarse de mí.

—Lamento ser tan imbécil y siempre hacerte esperar por mi reacción —dejo un beso casto en sus labios—, pero me encanta verte sufrir.

Golpea mi pecho.

—Infierno infeliz, ahora no habrá más sorpresa.

¡¿Cómo?! Oh, no, con eso no se juega.

—Cielito, no seas mala. —Me pongo chiquitito. Parezco idiota.

—Solo porque es tu cumpleaños te lo paso —me señala y entrecierra sus ojitos—, solo por eso. —Fija su mirada en todos—. ¡Bien, que comience la fiesta!

Esta no es una fiesta de esas que suelen ser aburridas. Recuerden que mi esposa aún es muy joven y que para ella una fiesta es una de esas que la casa tiembla por el sonido de la música, mucho alcohol y serpentinas por todos lados. En definitiva, parece fiesta de joven y no de mi edad, ¿o será que yo estoy acostumbrado a esas fiestas donde la música es bajita, un ritmo lento y aburrido? Sí, creo que eso.

—¿De verdad te ha sorprendido o solo estás aparentando para que mi hermana no te arranque la cabeza? —Alan se coloca a mi lado.

Introduzco mis manos en los bolsillos y lo miro de reojo.

—Quien saldrá con la cabeza arrancada serás tú. —Se coloca la mano en el pecho y abre la boca—. Sé que te acuestas con mi hermana, Alan.

Muerde su labio cuando la ve pasar enfrente de nosotros.

—¿Cómo no estar con ella cuando posee esa hermosa maleta? Ya sabes, su trasero. —Respiro profundo y me trago mi molestia—.Tienes que escucharla gemir. —Aflojo un poco mi corbata—. Esta noche nos escaparemos y la llevaré a mi casa a gozar, amigo. —Palmea mi hombro. Juro que lo quiero golpear—. Sé que te estás conteniendo, Damián, y lo haces bien, porque si arruinas la fiesta eres hombre muerto —se burla el desgraciado.

Se salva solo por eso.

—Hoy es tu día de suerte, Alan, pero mañana no creo que la tengas.

Agarra dos vasos con whisky y me tiende uno y se queda con el otro.

—¿Me estás amenazando? —Chocamos nuestros vasos, brindado no sé qué cosa—. ¿Qué pensara mi hermana de esto?

Mi princesa sale de la cocina con una bandeja de pequeños aperitivos. Me gusta verla así, alegra, ni siquiera entiendo porque motivo se ocupa de eso cuando tenemos personal en a casa que puede ocuparse de atender a los invitados.

—¿Me estás amenazando? —Le salgo con la misma pregunta

—Al parecer, sí —dice antes de que mi cielo llegue a donde estamos.

—Gracias, mi amor. —Tomo uno de los aperitivos.

—Esto se ve rico, hermanita. —Alan toma de a cuatro.

—¡Espera, espera! —Llega Renzo, que casi devora la bandeja—. Están demasiado buenos —habla con la boca full.

—Los hizo mamá —contesta ella.

—¡Lo sabía! —expresa feliz.

—Yo quiero. También muero de hambre. —Trino le arrebata la bandeja a mi cielo, que queda sorprendida.

—¿Es que no comieron en su casa? —pregunto enfadado—. ¡No me dejaron ni uno, infelices! —Se supone que quien cumple años soy yo, así que yo debería comer más.

—¡¿Por qué comen así?! —nos regaña Antonella—. Qué vergüenza, todos tus socios están viéndote comer desesperado, mejor dicho, a todos ustedes —Se va.

Nos reímos de ella. Si supiera como nos comportamos nosotros cuando estamos juntos.

—¿Aún no conoce esa faceta tuya? —Renzo aún devora sus aperitivos. Tiene ambas manos llenas.

—No, y nadie aquí puede decirle. Saben que Antonella odia que comamos de ese modo tan ordinario.

—Por Dios, tan rico que es comer sin cubiertos. Odio los cubiertos. —Trino sostiene los aperitivos con sus manos.

—Mi mamá la enseñó a ser así, no la culpen. Intentó con nosotros, pero no pudo —asegura Renzo.

Alan asiente mientras pelea con Trino por el último dulce.

—Deja de meter tu mano en mi bandeja o te la corto —amenaza él.

—Eres un tragón. —Me mira a mí—. Mamá es intensa con eso. Odio cuando hace las cenas familiares porque debo contenerme para no blanquear el plato —dice Renzo.

Este pequeño grupo es un asco a la hora de comer. En mi caso, prefiero tomar todo con las manos. Es tan exquisito coger un pedazo de pollo y clavarle los dientes que agarrar un cubierto y empezar a sacarlo por pedacitos. ¡Eso desespera! Aunque en presencia de otros debo mantener la compostura.

—Entonces no comenten nada, o yo diré que ustedes son iguales.

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