Damián
Llevamos varios minutos rodando. Ella se separa de mí y saca de su bolso una banda, lo que me hace pensar que mis ojos estarán vendados. Frunzo un poco mi ceño al no estar de acuerdo con que yo no vea nada, pero ella me mira con una cara que te dice “si te niegas, te mueres”, y pues yo quiero vivir, así que me dejaré vendar los ojos.
No digo nada, y ella tampoco, solo siento cómo luego de tres minutos más la camioneta se estaciona. Antonella me ayuda a bajar para no caerme y caminamos un poco hasta detenernos.
—Esto va para todos. Si alguien intenta arruinar la noche de mi esposo, quiero que disparen a matar, y si queda vivo, pues arránquenle las entrañas.
Mis huevos suben hasta mi garganta por lo macabra que sonó. ¿Hablará en serio? No comprendo porque está tan al defensiva esta noche.
—Así será, mi señora.
Presiona mi brazo.
—Bien, confío en ustedes, chicos. Ahora nosotros nos vamos y ustedes se quedan a cazar.
Continuamos nuestra caminata. Escucho cómo las puestas se abren y que alguien la recibe, pero no dicen más nada. Seguimos y ahora oigo el sonido de las puertas de un ascensor abrirse. ¿Dónde estamos? Esperamos un poco. Luego escucho el aviso de que ya hemos llegado. Las puertas se abren y salimos. No sé a dónde me lleva, pero me encanta ser guiado por mi cielo.
Una puerta más es abierta y yo entro primero. Ella me guía hasta que me ayuda a sentarme.
—¿Ya puedo ver?
Su respiración choca con la mía. Está cerca de mi rostro.
—Aún no. —Pasa su lengua por mis labios—.Ya pronto te permitiré una vista espléndida.
Eso suena interesante.
—Aquí espero entonces, cielo.
No siento su presencia. Mantengo la calma y espero paciente. No les voy a mentir, muero por ver dónde estoy, pero no lo haré, tengo que aguantarme.
No sé cuánto tiempo llevo aquí sentado. De vez en cuando la llamo para saber si continúa aquí conmigo y gracias a Dios es así.
Estoy profundamente relajado, cuando siento sus delicadas manos acariciar mi cuello. Intento tocarla, pero no me deja. Un rico aroma penetra mis fosas nasales. Lleva puesto un perfume suave, dulce y fino. Siento el sonido de sus tacones distanciarse un poco. Giro mi cabeza de un lado a otro, buscando eres rico aroma, pero proviene de todos lados.
—Bien, infierno, ya puedes quitarte la venda.
Poco a poco lo hago, pero aún mantengo mis ojos cerrados. Cuando comienzo a abrirlos, parpadeo un par de veces por el tiempo que estuve con ellos vendados. Cuando recupero mi vista, mi única reacción es mi pene erecto. Y con justa razón. Mi pequeño ángel ya no luce como ángel, ella…ella… ¡Ay, señor! No puedo ni pensar si la sigo viendo.
«¡Concéntrate, Damián!».
Tomo aire y me contengo de no tener un orgasmo ya mismo.
Antonella luce una lencería exótica de diabla. Calza una botas rojas altas que le llegan un poco más arriba de sus rodillas y de ellas sale una malla que va pegada a su diminuta tanga, super diminuta. La parte de arriba es de triángulo y de encaje que deja ver a la perfección sus pezones. En su cabeza lleva puesto un cintillo con los cuernos de un diablo. Cuando se da la vuelta, mi corazón comienza a acelerarse y mi miembro enseguida se tensa al momento de ella mover su traserito de un lado a otro, haciendo que la cola que viene pegada a la tanguita se balancee. ¡Todo su trasero está descubierto! Una pequeña y fina tela se pierde dentro de él. Que alguien me dé electrochoque porque acabo de sufrir un infarto. La tensión se me dispara y ya comienzo a sudar frío.
Respiro agitado, como si hubiera corrido un maratón. Mis bolas duelen un montón. Si su plan era dejarme impactado, pues lo ha logrado. Me remuevo en mi lugar, conteniendo las ganas de ir a poseerla, morderle su redondo traserito y palmearlo hasta dejarle marcas.
—Está sudando, señor.
Una música de fondo comienza a sonar y ella estira su mano, sujetándose del tubo. pierdo de vista sus movimientos. Qué tremenda me salió la mujer. Da vueltas alrededor del tubo y me mira con picardía. Aunque esté disfrazada de diabla, su rostro mantiene su lado angelical. Es la combinación perfecta.
Cuando se agacha, abre sus piernas, dejando el tubo en medio de ellas, el cual roza su rico y exquisito tesoro. Sube con cuidado, y ese puto tubo goza en este momento de mi cielo. Antonella se detiene enfrente de él y vuelve a agacharse, pero esta vez lo hace con movimiento; restriega todo su pequeño trasero en mi gran enemigo. Sí, enemigo, porque no puedo creer que él se lleve el crédito.
Agarro la botella de champán y la copa que está en la mesa, y me sirvo un poco. Dejo la botella a un lado para beber mientras sigo gozando de este baile.
Se levanta de nuevo. Me asombro al ver cómo ella sube en ese tubo con tanta naturalidad. Da vueltas en él y abre sus piernas. Luego, al llegar arriba, se suelta de las manos y su cuerpo se va hacia abajo, acelerando mi ritmo cardíaco. Sus pies se mantienen enrollados, sujetándola. Mi cielo me guiña un ojo. No sé cómo le hace, pero levanta su cuerpo y vuelve a la postura inicial. Sube hasta lo más alto del tubo para descender rápido. Cuando llega cerca del suelo, se detiene y baja con lentitud. Entretanto, abre por completo sus piernas.
«Daniela, esto es obra tuya, hermanita».
Gatea desde su lugar para quedar un poco más cerca de mí, se da la vuelta y deja a mi vista todo su trasero, que baja y sube con lentitud. Yo aprovecho y lo acaricio. Palmeo sus nalgas por ser tan atrevida. Se gira y queda acostada bocarriba. Levanta ambas piernas para después abrirlas. Mi ojos se clavan en su intimidas. Oh, mi Dios, esa es la razón por la cual los hombres pecamos. Mi rostro se entristece cuando comienza a cerrar sus piernas para cruzarlas. Baja una de sus piernas hasta el suelo y la otra hasta mi pene. Empieza a mover su pie en círculos. Cierro mis ojos y disfruto.
«Ten calma, Damián».
—¿Te gusta, señor?
Abro mis ojos y los concentro en los de ella.
—Mucho.
¡¿Dónde carajos está mi voz?!
Intento levantarme para lanzármele encima, pero ejerce una fuerte presión con su bota en mi cosa, obligándome a quedarme quieto.

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