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Clases de amor, para el diablo romance Capítulo 43

Antonella

Nos acostamos a dormir como hace dos horas y media. Desperté porque mi teléfono comenzó a sonar. Damián está como una piedra, no se mueve de su lugar desde que tocó la cama y cerró sus ojos. No ha cambiado de posición. Muerdo mi labio cuando miro su gran cuerpo descubierto. Ahora comprendo porque la mujeres se vuelven loca cuando ven a mi marido. Su físico y su cuerpo parece ser tallado por grandes dioses griegos.

Es placentero pensar que todo ese cuerpo me lo disfruto yo solita, apuesto a que sus antiguas amantes deben quererme muerta por saber que les he robado a su gran pervertido hombre.

Me siento en la cama y muerdo la uña de mi dedo pulgar. Toda la habitación está horrible gracias a nuestro desastre. Sonrío como idiota cuando recuerdo la canción que le dediqué. Necesitaba transmitirle mi amor de esa manera. Quería hacerle saber que lo amo y que me he enamorado. Quise ser yo quien diera el primer paso. Sé que él lo dará cuando esté listo y seguro, y no quiero presionarlo con ese tema del amor. Debe ser algo que le nazca a él de su corazón.

Las personas que son cerradas de corazón nunca demuestran sus sentimientos, siempre alguien debe hacerlo primero para guiarlo y darle la seguridad de ellos poder hacerlo. Sé que él me ama y que en alguna parte de su corazón estoy yo. Haber dado este paso lo motivará a darlo también, pero entiendo que quiera esperar y lo respetaré.

Acerco mi rostro al suyo y le doy un beso en sus labios.

«Ay, es tan sexi mi infierno, no puedo evitar repetir lo mucho que me encanta ese hombre»

«Se siente bien poder decirle a mi infierno cuanto lo amo».

Al caer la tarde nos vestimos para irnos. Nuestra estadía en el hotel llegó a su final.

—Nella —me llama desde su posición.

—¿Qué sucede, mi amor?

Llego a su lado y lo abrazo.

—De casualidad, no sé, pregunto si… —Frunzo mi ceño—. ¿No habrá más sorpresas para tu infierno?

Qué rápido se acostumbra a las sorpresas.

—No. —Me alejo de él.

—Cielo —camina en mi dirección y me gira—, ¿es en serio?

—Claro que hay otra sorpresa, mi amor, no tan grande como las de anoche, pero sé que te gustará. —Me muestra una gran sonrisa—. Sin embargo, antes debemos arreglarnos e irnos porque se nos hace tarde.

Comienza a tomar todas nuestras cosas.

—Usted manda, capitana.

Paso por su lado.

—Siempre.

Palmea mi nalga

—Luego dices que el engreído soy yo.

Salimos de la habitación.

Le entrego la llave a la recepcionista, me despido de todos.

—Buenos días, señor y señora Lancaster. —Los chicos salen de las camionetas a recibirnos.

Damián, como siempre, saluda con su modo gruñón.

—Buen día. —Sube en la camioneta.

—¡Hola, chicos! ¿Cómo estuvo la noche por acá fuera?

Franco se encoge de hombros.

—Nadie se acercó a interrumpir nada.

Esa amenaza de hace días me tiene cabezona. En cuanto lleguemos a casa le mostrare a Damián la nota.

—¡Genial! Ahora vamos a casa.

Asienten y suben a la camioneta luego de yo hacerlo.

—Cielo, necesito decirte algo. —Su expresión se vuelve seria.

—Te escucho. —Entrelazos mis dedos con los suyos.

—Ayer en la tarde…Fabiana fue a verme.

Suspiro y fijo mi vista en el camino.

—Lo sé.

Me mira confundido.

—¿Cómo que lo sabes?

Despeino su cabello.

—Luego de verte a ti fue a darme una visita digamos que no muy agradable. —Empuña sus manos—. Calma, señor obstinado, que no pasó nada. Me encargué de ponerla en su sitio.

Hace una mueca con sus labios.

—¿Qué le dijiste?

Sonrío con malicia.

—Que yo no iba a permitir que se acercara a mi cosa.

Damián abre la boca y luego la cierra.

—¡Antonella, por favor! —grita exasperado—. ¿De verdad dijiste eso?

Estallo de risa. Jamás diría algo así.

—Es broma. —No paro de reír, al igual que él—. Ella fue allá al restregarme lo bien que lo hacían, pero, tranquilo, cuando terminó su intensa charla conmigo solo le agradecí por perder su tiempo en ir a verme y,¡zas! ,le estampé la puerta en la cara. Creo que le partí la nariz.

Me observa horrorizado.

—¿Crees que le partiste la nariz, cielo?

Asiento.

—Sí. Bueno, ella gritó de dolor. No me preocupé en ir a ver qué le sucedía, pero cuando Renzo llegó y vi la sangre en la puerta fue que me di cuenta.

Esta vez es él quien estalla de risa.

—Eres cruel.

¿Cruel yo? No, jamás.

—Para nada. —Me hago la inocente.

—Gracias por confiar en mí.

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