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Clases de amor, para el diablo romance Capítulo 44

Damián

Tengo horas intentando comunicarme con Antonella, pero no me contesta. Sabe que me molesta cuando no coge el teléfono. Eso me desespera y me hace pensar lo peor. Me levanto de mi asiento y doy vueltas por mi oficina; trato de calmarme y no salir corriendo en busca de ella. Si llegara a salir y la encuentro así sea debajo de las piedras, el chaparrón de agua que le caerá por parte mía será fuerte.

Centro mi intención en la puerta y no en mis pensamientos cuando veo que Trino, Alan y Renzo entran en mi oficina con una botella. No sé a que deba todo esto, hasta donde recuerde no hay nada que celebrar. De igual forma no me interesa, solo quiero saber dónde se encuentra metida mi mujer.

—¿Por qué esa cara de molesto? —Trino abre la botella para servir.

—A ti que te importa.

Respondo malhumorado, y me maldice.

—¿Qué pasó Damián? —inquiere Renzo preocupado por mi actitud.

—Tu hermana no responde a mis llamadas. Tiene el celular apagado. No sé dónde carajos está metida. Tengo toda la mañana llamándola y nada

Alan bebe un trago y levanta su mano.

—Está con Dani. Me dijo que saldría a divertirse hoy.

¿Por qué Antonella no me dijo? Y lo peor es que Franco no me avisó tampoco.

—Cálmate. Amigo, tienes que dejarla ser.

Agarro por el cuello a Trino.

—La última vez que la dejé ser se fue a Hawái a pasar uno días, ¿y qué pasó? Un maldito infeliz por poco abusó de ella. ¿Crees que debo calmarme? ¿Crees que debo dejarla ser libre cuando en el exterior existen miles de escorias ansiosas por complacer sus necesidades sexuales y por cometer un crimen? ¿Crees que debo dejarla andar por la vida como si nada cuando tengo docenas de enemigos respirando encima de mi nuca, a la espera de cazar a su presa? ¿Crees de debo estar aquí bebiendo una trago con ustedes cuando ella puede estar en peligro?

—Comprendemos tu punto de vista, pero quizá deberías comprender el de ella. ¿Crees que le agrada la idea de estar encerrada? ¿Por qué no dejas que tus hombres la cuiden? —Alan intenta hacerme entrar en razón.

—Porque eso no me da seguridad. Porque no estoy viéndola y nadie, absolutamente nadie, la cuidará mejor que yo. —Me doy un trago directo de la botella.

—Solo salió a divertirse.

Insiste Renzo en hacerme calmar.

—Oh, mira, Dani está llamando por videollamada —comenta Alan antes de contestarle.

Le arranco el teléfono de sus manos.

—¡¿Dónde mierda están?! —le grito.

Mi hermana se burla de mi humor.

—Estamos viviendo la vida fuera de tu jaula. Observa a la mujer que te ama.

Mi bello cielo me saluda y me lanza un beso.

—Estoy bien, infierno, relaja tus pelotas. Mira.

Veo al vacío. ¿Están en una avioneta?

—¡¿Qué hacen montadas en esa avioneta?!

Todos se acercan a ver.

—Vamos a volar —responde mi cielo—. Observa. —Se ubica en la puerta y… cae.

—¡Antonella!

Mi corazón va a un ritmo acelerado. Me va a dar, ¡Ella será la causa de mi muerte!

—Vaya, eso sí es adrenalina. Nena, ve tú también —le dice Alan.

Mi hermana se lanza y yo siento perder fuerzas.

¿Cómo carajos pueden lanzarse de esa altura? Están locas.

—¡Voy…! ¡Voy…!Maldición, es una desconsiderada. ¡¿Cómo puede lanzarse así?! ¿Y si el paracaídas no abre? ¿Y si se estrella contra el suelo? ¡Maldita loca, acabará con mi vida!

Histérico, salgo de mi oficina, dejando a mis amigos estallar de la risa. Me encamino fuera del edificio y le pido a Xandro que me ubique a Antonella en algún lado donde practiquen el paracaidismo.

Cuando obtiene la dirección, me lleva.

Al llegar, bajo como alma que lleva el diablo y busco a mi cielo por todos lados, hasta que doy con ella. Camino a pasos apresurados. Dani me mira horrorizada al ver mi rostro enfurecido. Mi cielo se gira y me sonríe. Corre en mi dirección para lanzarse encima de mí y me abraza.

—¡Mi amor! —Me da un gran beso en los labios! —Eso fue genial. Deberías subir y lanzarnos juntos.

Me aseguro de que no tenga ni un rasguño.

Aquí hay muchas personas, así que me la llevo lo más lejos posible. Daniela viene detrás de nosotros y Antonella ya se ha dado cuenta de mi mal genio.

—¡¿Por qué no me avisaste de que ibas a venir a un lugar de suicidio como este?! —Desde mi altura miro su diminuto cuerpo. ¿Lleva a un short corto?—. ¡¿Cuándo aprenderás a vestirte?!

Se observa las piernas.

—Para empezar —se eleva para quedar un poco más alta—, ¡me bajas tu tonito de voz!¡Y visto como quiera! —¿Me está gritando?—. Y para terminar, no estaba en mi planes venir aquí. Se dio a último momento.

—Pues ve ya mismo a cambiarte. ¡Todo el mundo tiene que ver tus piernas descubiertas! —Odio cuando ella muestra parte de su cuerpo. Eso me irrita, y más cuando los hombres no tienen respeto y le dicen comentarios sádicos. —. ¿Y te costaba llamar para avisar? —Bajo mi rostro para que quede cerca al de ella—. ¡Llevo una jodida eternidad llamándote!

Me empuja con fuerza.

—No me voy a cambiar. Deja los celos posesivos, no vamos a comenzar. —Me señala. su cara a veces suele intimidarme —. ¡¿Y sabes quién te iba a contestar?! —Se aleja—. Mi dedo —me saca su dedo medio—. ¡¿Se te olvidó que anoche, por andar de celoso, arruinaste mi teléfono?!

Oh, es cierto. Nicolás le escribió. Sin su consentimiento, vi el mensaje. La furia que tenía me hizo estamparlo contra la pared.

—Cielo, se me había olvidado.

—Oh, se te había olvidado. Pues comienza a tomar algo para recordar. ¿Es necesario tanto drama?

Ahí vienen los regaños.

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