Damián
Ya casi estoy por salir de la empresa. Firmo documentos, envíos, recibo correos y mando al carajo a todo aquel que me haga perder mi tiempo. Mi cielo me llamó luego de comprar su nuevo teléfono y quizá unos forros anti-Damián. Me comentó no hace mucho que ya iba de regreso en casa, cosa que me calmó bastante.
Tengo muchos días recibiendo notas de amenaza que me ponen los pelos de puntas, en otra oportunidad de ser soltero no me importaría, pero ahora que tengo a Antonella no puedo ignorarlas. Es por eso que hoy perdí la cabeza cuando no supe nada de ella.
No quiero que ella piense que estoy perdiendo el control y quiero tenerla encerrada en la casa, como bien dijo había mejorado bastante en mis actitudes, pero desde que las amenazas se hicieron continuas no he podido evitar mostrarme posesivo y controlador.
Quizás debería explicarle porque estoy actuando de nuevo como un demente y eso la haría a ella tener más precaución al momento de salir.
En fin, ya hablaré con ella luego. Antes de irme, el teléfono comienza a sonar, dudo en si atender o no, aun así me decido y contesto la llamada.
—Buenas tardes —digo a la espera de que alguien hable, pero no obtengo resultados, solo escucho una respiración—. Diga —vuelvo a hablar y nada.
Cuando me dispongo a colgar, hablan.
—Te dije que saldría. —Esa voz… me resulta conocida, intento buscar en mis recuerdos pero no la hallo—. Voy por tu cielito, Damián.
Caigo en cuenta de quien se trata cuando lo reconozco. No me da oportunidad de contestarle. Aprieto el teléfono con fuerza y paso una mano por mi rostro. Era ese infeliz que intentó abusar de mi cielo. Está libre. Pero ¿cómo es eso posible? Maldición, debo llamar a Franco.
Intento contactar a Franco, pero él no responde las llamas. Lo cual me hace entrar en completo pánico.
Trino abre la puerta y frunce su ceño cuando me asustado. Para él sería la primera vez verme en estas condiciones.
—¿A ti qué te ha pasado?
Me siento de nuevo al sentir que me asfixio. Tener ese hombre libre es un peligro para Antonella. Sea como sea que halla logrado librarse de la justicia, lo hizo con ayuda de esa persona que anda detrás de mí.
—¡Ese maldito salió de la cárcel! ¡Alguien lo ayudo a salir!, Trino, y donde encuentre a mi cielo no sabes lo que le hará! ¡Necesito saber que llegó a casa, pero Franco no contesta!
—¡Cálmate! —brama—. Llámala a ella y pregunta a ver.
De tanto pánico, no había pensado si quiera en llamarla. Cuando ella me responde, no puedo evitar sentir un sutil alivio.
—Infierno, t…
—¿Llegaste a casa? —No dejo que termine de hablar.
—No, tuve que regresarme al centro comercial por mi bolso, infierno. ¿Qué te pa…?
—Regresa ya a la casa.
Trino saca su teléfono y comienza a llamar a no sé quién.
—¿No me dejarás terminar de hablar? —masculla— .Debo ir por mi bolso.
—¡Me importa una mierda tu bolso, Antonella, vete a casa ya mismo y no me discutas, mujer!
—¿Qué pasa, Damián?
Trino me pide que cuelgue.
—Ve a la casa, por favor, te lo suplico, cielo.
La escucho suspirar.
—Está bien, pero en cuanto llegues quiero saber lo que sucede.
Siento alivio cuando la oigo aceptar.
—Seguro, cielo. Ya yo voy a salir para allá. —Cuelgo la llamada.
—Ey, debes mantener la calma.
—¿No quieres que me beba una taza de café? ¡Habla de una vez!
Suspira irritado.
—Odio tu humor, Damián. —Si saben cómo soy, ¿para qué me provocan?—. No quedó en libertad por cuenta propia, se escapó de la cárcel, amigo.
Eso ya era de esperarse. Las posibilidades de salir por orden de un juez eran muy escasas. Aun así, debieron ayudarlo a escapar.
—Debo informar que se encuentra aquí en Florida. —Asiente de acuerdo conmigo.
—. ¿Qué harás?
—Reforzaré la vigilancia de la casa. Necesito que ella esté a salvo. —Agarro mis cosas y abro la puerta para salir.
—Si me esperas, no me molesto. —Sale detrás de mi
—Quiero que estés al tanto de todo. Avísame qué te informan de Hawái.
Entramos al ascensor.
—Tienes que estar pendiente. Les avisaré a Renzo y a Alan.
Niego.
—Yo lo haré. En cuanto llegue a casa, lo haré. —Mi teléfono comienza a sonar. Veo la llamada de mi cielo—. ¿Llegaste?
—¡Damián, están disparándonos!
Quedo plantado en el mismo lugar. Las puertas se abren y noto a otros que entran. Todos me ven perdido en mi propio pánico. No proceso lo que ella me informa.
—¡Damián! —grita desesperada.
—Cielo… —No puedo ni hablar. Jamás había tenido tanto miedo en la vida como ahora.
—¡Ay, por Dios!
Su grito desesperado me ayuda a entrar de nuevo en razón.
—Antonella, dime dónde estás. Escúchame, no pasará nada, estás segura dentro del auto, mi amor.
Mi amigo se alerta al ver mi rostro.
—¡Estamos a dos cuadra de la casa!
Las puerta se abren de nuevo. Salgo, llevándome por el medio a todos. Una parte de mí está tranquilo porque no hay manera de que entren en el auto, ni una bala ni ellos. La camioneta está totalmente blindada. Mi cielo está más a salvo dentro que fuera, a menos que la hagan explotar. Ahí sí está el gran problema.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Clases de amor, para el diablo