Damián
Incómodo por lo que está sucediendo, le doy un beso a mi cielo, que duerme como lo que es, un angelito. Con cuidado, bajo su cabeza de mi pecho y me levanto de la cama para ir a la cocina por agua o quizá algo más fuerte.
Al llegar abajo, saco una botella del estante, me sirvo en un vaso y lo bebo todo. Hago lo mismo un par de veces más. Necesito controlar mis nervios. Si ella me ve así, se preocupará y lo que menos quiero es que así sea. Por mi cabeza rondan muchas preguntas, entre esas cómo escapó y quién es el que le da información tan privada sobre mí.
Me molesta. Me enfada cuando no tengo las repuestas que necesito. ¿Por qué todo esto cuando ella y yo íbamos de maravilla? ¿Por qué justamente ahora nos pasa esto? No quiero que mi vida o la de ella acabe aquí. Aún nos queda por vivir y ser felices.
Vuelvo a servir otro trago. Cuando lo voy a beber, algo pasa por mis pies. Suelto el vaso, y este se quiebra en el suelo dándome el mayor de los sustos. Ya de por si estoy nervioso, y ahora algo me pasó por mis pies.
—¡¿Qué mierda?! —Busco aquello me hizo brincar, hasta que doy con él, el pequeño Lolo—. ¿Es que quieres acabar con la vida de papá antes de tiempo?, si haces eso tu madre te va a dar en adopción —Mi hijo saca su lengua y no deja de verme—. ¿Te estás burlando de mí? Te recuerdo que soy tu padre y tienes que tener respeto. Te voy a acusar con tu mamá. —Lo señalo, y me ladra—. ¿Me estás retando? Hijo de ella tenías que ser. —Agarro la escoba y el recogedor—. Tú quédate allá, porque si te cortas una pata la ogra que esta allá arriba bajará y me arrancará la cabeza.
Me sigue con la mirada; observa todo lo que yo hago.
Cuando termino de limpiar, me acerco a él y lo cargo.
—¿Tampoco puedes dormir? —Me olfatea—.Te huelo a ella, ¿cierto? Mamá tiene un aroma encantador. Por eso debemos cuidarla, hijo. Tenemos que protegerla de todo aquel que quiera hacerle daño. —Acaricio su pelaje—. Necesito que la cuides, Lolo. Necesito que cuando yo no este tú la protejas. Recuerda que ella es nuestro motor. Si no la cuidas, te destierro de la mansión. —El perro me vuelve a ladrar—. ¿Qué? Sé que soy tu padre, pero puedo desheredarte si no la cuidas. —Restriega su hocico en mi pecho—.Eres muy sentimental, así como ella, pero también te quiero. Eres mi hijo después de todo. —Lo dejo en el suelo.
Creo que me volví loco, ahora hablo con un perro, que es mi hijo. ¿Mi cielo no pudo tener otra idea? No, claro que no.
Lo escucho ladrar de nuevo y veo cómo corre en dirección… a ella.
—Hola, mi amor. —Lo carga y juega con él—. ¿Qué hacen tú y papá despiertos a estas horas? —Llegan a mi lado.
—Estábamos teniendo una charla de padre a hijo. —Le doy un beso.
—¿Y de qué hablaban?
Le quito al cachorro

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