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Clases de amor, para el diablo romance Capítulo 47

Antonella

Damián me dejó en casa de mi madre hace más de una hora. No quiere dejarme sola en casa, así que quiso llevarme a su empresa, pero no acepté y le propuse que me dejara aquí donde mi madre, que de igual manera estaré protegida por los escoltas de papá. No quiero solo por esta vez nada más, oponer resistencia a lo que dice solo porque no quiero que él sea el más perjudicado. Aunque me busquen a mí, sé que él saldrá herido.

Tengo miedo de que ese hombre me encuentre y haga de mí lo que se le antoje. Temo estar de nuevo bajo su asqueroso cuerpo mientras me toca y me hace asquerosidades, las cuales no pudo lograr aquella vez. Es que no puedo ni imaginarme ese momento. No sé cómo existen hombres tan sucios que puedan herir a una mujer de tal manera, más bien deberían cuidarnos, y nosotras hacer lo mismo con ellos.

Espero que ese hombre jamás se me acerque, y si lo llega a hacer, estaré preparada para al menos defenderme e incluso a mi infierno si así debe ser.

—Gracias por prestarme atención, hija —Mi madre se enfada porque ando sumergida en mis pensamientos.

—Lo siento, madre. No dejo de pensar en ese desquiciado. —Robo un pedazo de jamón.

—Así estoy yo, cariño. Me da terror que algo malo te pase. Antonella, hija, deja que Damián cuide de ti y no hagas una tontería.

Vuelvo a robar otro pedazo de jamón, y ella me palmea en la mano.

«Deja que Damián te cuide. Deja que Damián te cuide. Es lo único que dicen. ¿Y a mí infierno quién lo protege? Nadie. Por eso lo hare yo» como lo iré a proteger no sé.

—Sí, mamá, lo sé. Ya lo hablamos y le dije que no haría nada estúpido. —Voy a la nevera y saco un pote de helado.

—Estás preocupada, ¿cierto?

Agarro una cuchara y la meto en el pote para sacarla llena de helado.

—Sí, aunque más por él que por mí. —La llevo a mi boca.

—Damián estará bien, cariño, es un hombre difícil de acabar.

Eso no me tranquiliza, porque hasta el más duro termina cayendo.

«Pero él no, Antonella. Él no lo hará. No seas estúpida, confía en tu infierno».

—No sé qué tanto te preocupa, si hasta no hace mucho lo odiabas. —Aparece mi hermano Rainer con su melena toda despeinada.

—Cállate, imbécil. —Intenta quitarme el helado—. Ni se te ocurra.

Bufa. Hasta eso lo hace con flojera.

—Dejen de pelear —sentencia mamá mientras él y yo nos retamos con la mirada.

—Papa debería mandarlo a trabajar. No puede pasarse el resto de su aburrida vida en casa sin hacer nada.

Mi hermano saca otro pote de helado.

—¿Por qué no te metes tú en tus asuntos y dejas que yo lo haga en los míos? —Elevo mi ceja—.Te recuerdo que aún soy mayor que tú.

«Pero con el cerebro de un bebé».

—¿Y qué? Muy mayor de edad y todo, pero tu cerebro aún se quedó en la infancia. Deja de ser tan vago y comienza a trabajar. Yo no pienso seguir consintiéndote, y todos deberían hacer lo mismo. Tienes que aprender a ganarte las cosas y a poner de tu parte.

—Eso no lo decides tú, eso lo decidido yo. Tú concéntrate en tu vida y en el viejo de tu esposo.

Lo jalo del cabello.

«Nadie llama viejo a mi infierno, excepto yo».

—A Damián no lo nombres así.

Chilla de dolor.

—¿Es que nadie en esta casa me hará caso? Dejen de pelear —nos regaña nuestra madre.

—En verdad, madre, ya es hora de que él sirva para algo.

Mi hermano me asesina con la mirada.

—Lo sé, cariño, y ya hablé eso con tu papá. Él mañana comienza a trabajar.

Mi hermano gira su rostro con sorpresa hacia donde mi madre.

—¡¿Qué?!

Me burlo de él.

—Como escuchaste, ya es hora de que te defiendas solo, Rainer.

Deja el pote de helado en la encimera y camina hasta donde se encuentra mi madre.

—No pueden hacerme eso, mami, sabes que no sé hacer nada.

Sigo comiendo.

—Obviamente que no sabes, y todo porque te mimamos demás. Eres un bruto. —Le robo de su helado.

—Respeta a tu hermano, Antonella. —Acaricia el hermoso rostro de Rainer—. Mi amor, es hora de que comiences a defenderte solo. No hicimos bien en consentirte.

Río fuerte al ver cómo mi hermano continúa en shock.

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