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Clases de amor, para el diablo romance Capítulo 48

Damián

El sonido que emite Lolo cuando ladra en la puerta de mi habitación hace que me despierte antes de la hora de siempre. Bostezo ante el sueño y miró a mi lado a mi hermosa esposa dormir.

Antonella… una mujer sencilla, natural, espontánea y loca, logró atraparme a mí, al jodido diablo que no se dejaba mandar por nadie y menos por mujeres. Con ella soy todo lo contrario. Me dice “Lánzate de un puente” y lo hago. Me pide el mundo y se lo soy. Ante ella me pongo de rodillas .Ante ella me vuelvo tierno y romántico, y todo para verla sonreír. Quién pensaría que yo, el más rudo de todos, me volvería un poeta de mierda. Eso sí, solo para ella, porque para el resto de mundo que se jodan en el infierno.

Mi motivo a vivir son mi madre y mi hermana, ahora también lo es mi cielo.

¿Yo pensar en hijos? Eso jamás se me había ocurrido, es más, me cuidaba de eso. ¿Ahora? Ahora quiero cinco con mi cielo hermoso .Ella no quiere, pero ya verá que sí los tendremos. Bueno, serán seis, porque ya tenemos uno en casa, uno que no para de ladrar para que le den su desayuno.

Me levanto con todo el pesar del mundo y abro la puerta, dejando entrar a mi “hijo”. Él sabe ya dónde se encuentra su madre y va a ladrarle cerca para que sea ella quien lo atienda como cada mañana, ese pequeño Lolo no tiene idea del error que comete.

—Yo no haría eso, Lolo. Mami se enoja cuando la despiertan, así que aléjate. —Ladra más—. Está bien, ven y te ayudo. —Lo subo a la cama y comienzo a despertarla—. Cielo… Despierta, mi amor.

Se cubre toda.

—Mmm, deja el fastidio. Quiero dormir.

—Cielo, ya despierta.

Se levanta furiosa y me cae a almohadazos.

—Ya déjame dormir, infierno. Estoy cansada. —Se vuelve a acostar.

Me bajo de la cama y llamo a Lolo para que salga de la habitación, pero este se rehúsa a salir sin su mamá.

—Deja de ladrar. ¿Ya viste cómo esa loca se enfureció conmigo por despertarla? Aléjate de ella.

El perro me ignora y sigue con sus ladridos .Ella se remueve en la cama y abre sus ojos. Yo solo me quedo aquí, esperando a que estalle de rabia.

—Buenos días, mi amor. —Se sienta en la cama y lo alza.

¿Es en serio? A mí me reventó a almohadazos y con el perro no. Yo soy su esposo, se supone que me ama más a mí. ¿Debería ponerme celoso?

—¿Tienes hambre? —El perro saca la lengua—. Eres un mal padre. Estás dejando a nuestro hijo morir de hambre, Damián.

Ahora el malo soy yo. ¿Qué les parece?

—Cielo, te estaba despertando porque él estaba necio.

Se baja de la cama con él encima para entregármelo.

—Prepáranos el desayuno. —Se vuelve a tumbar en la cama.

—¿En verdad seguirás durmiendo?

—Sí.

Comienzo a reírme

—Eres caso perdido.

—Es culpa tuya que no haya dormido anoche. —Se enrolla en las sábanas.

—¿Ahora el responsable de que te quedaras viendo películas hasta tarde soy yo?

No responde. Eso quiere decir que ya se durmió. Esa mujer tiene una habilidad increíble para dormirse rápido que admiro.

Al llegar a la cocina con Lolo, lo dejo en el suelo y contemplo el lugar. ¿Qué se supone que voy a cocinar si no sé? Solo a mí se me ocurre decir que haré el desayuno. Esto de enviar al personal de vacaciones por petición de ella no fue buena idea.

Seré básico: unas tostadas con mermelada y huevos revueltos, aunque para mí tengo que hacerme todo el paquete porque un par de rebanadas no llenarán ni una cuarta parte de mi estómago y el de mi cielo. Ni se diga, ella requiere de dos paquetes de panes. Lamentablemente, nos tocará llenarnos con eso, porque yo no voy a cocinar ninguna otra comida. Eso se lo dejo a ella.

Tomo mis rebanadas y las pongo a tostar. Lanzo ocho huevos en la sartén y comienzo a mezclarlo todo hasta que se cocine. Los retiro del fuego y echo todo en un plato grande. La tostadora suena, anunciando que ya están listo los panes. Cuando veo, están muy marrones, lo que me dice que se han pasado de cocción, pero así nos los comeremos. Coloco a tostar más y esta vez procuro que no se quemen. Cuando las tengo todas listas, las dejo en la mesa junto a los huevos. Abro la nevera. No hay jugo preparado, así que beberemos agua.

«El agua es bueno para la salud».

Dejo la jarra en la mesa y me dedico a pensar qué falta, y ya sé: el café. En eso sí soy todo un experto. Dos cucharadas de café y poca agua bastarán. Enciendo la cafetera para que comience a colarlo.

Me detengo a ver cómo quedó todo. En definitiva, esto da es pena. Es la peor mesa que he visto en mi vida. Es insípida, fría, sin color, vacía, espantosa. Para resumir, la que mi cielo arma es única, colorida y provocativa. Cuando vea este desastre, se revolcará de la risa.

Oh, ya sé que hacer. Ire al jardín por flores y las meteré en un jarrón con agua para que decore un poco.

Subo a nuestra habitación para avisar que ya está todo listo. Antonella ya no está en la cama. Dejo todo ordenado y la veo salir del vestidor. Lleva puesto un vestido más arriba de sus rodillas, rosa claro, y unas zapatillas en color blanco. Tiene colgado el collar que le regalé en Nueva York y luce una pulsera fina que hace juego con sus pequeños aretes. En cuanto al maquillaje, no posee, y tampoco le hace falta .Lo único que tiene es brillo labial, que apenas se le nota.

Es perfecta, hermosa, tierna… única.

—¿Te gusta? —me pregunta con timidez.

—Decir que me gusta sería poco. —Junta sus manos, luciendo más tierna—. Estás preciosa. —Me acerco—. Perfecta —Nuestras miradas no se separan—. Tengo la esposa más bella del planeta. —Acaricio su suave rostro.

—Gracias. Me vestí así para ti.

Y me ha dejado fascinado.

—Me ha encantado. Hoy te vas conmigo a la empresa. —Agarro su delicada mano y camino con ella fuera de la habitación.

—¿A qué?

Bajamos las escaleras.

—Tengo que presumir a mi maravillosa esposa.

Antonella se detiene y me observa decepcionada.

—Eres un presumido. Creí que era porque querías mi compañía.

Envuelvo su cintura con mis brazos.

—Claro que también será por eso, cielo —la beso. Puedo decir que me cansaría de todo, menos de besarla y hacerle el amor—, pero también para presumir a mi bella esposa.

Caminamos hasta que llegamos al comedor. Mi cielo mira la mesa y no dice nada. Lo que más horrible luce son esas flores, sin ánimos de vivir, adornando el lugar.

«Supongo que no fui cuidadoso cuando recogí las flores del jardín».

—¡Guau! De verdad me hiciste el desayuno, infierno.

La mesa está en un estado crítico, pero ella tan solo se fija en que yo le hice el desayuno. Díganme si no es un amor.

—Cielo, ¿no ves las condiciones de la mesa?

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