Damián
Mientras Antonella continua durmiendo, yo miro el obsequio que ella recibió ayer por parte de Nicolas, junto con una nota donde volvía a resaltar que cada vez estaba más cerca de lograr recuperarla.
Mis pensamientos en este instante son todo un desastre, no tengo la certeza de que sea él quien contacte con el hombre que intento causarle daño a Antonella, pero tampoco tengo a quien más responsabilizar. Podría ser cualquiera, algún resentido conmigo por arruinar su negocio, por despreciar su trabajo o por no aceptar sus propuestas. Son tantos lo que puedan querer verme hundido, que no sabría decir con exactitud cuál es quien se acerca a ser el culpable.
Este tema me va a volver loco.
—Vamos a dormir. —Antonella palmea la cama invitándome.
—No puedo, debo ir al trabajo. —me levanto de mi asiento solo para ir a darle un beso en la frente.
—Hueles rico, diablo. Me gusta ese olor. —Absorbe todo mi aroma—. ¿Te vas a ver con alguien? —Toma asiento en la cama—. Estás muy guapo y perfumado.
Río descontroladamente por su cambio de temperamento.
—Tengo una reunión, mi amor. Necesito irme ya. Quiero que hagas maletas, tanto tuyas como mías. Estuve pensando en que sería interesante irnos de viaje hoy. Pasaré por ti una vez que salga del trabajo.
Vuelvo a ponerme de pies, ajusto mi traje y le doy un beso en los labios.
—Está bien. Seguiré durmiendo. —Se tumba en la cama y cubre su cuerpo desnudo.
¿Cuándo fue la última vez que dormimos con pijama? Ya ni recuerdo.
Salgo de mi casa, dejando bien custodiada a mi cielo. El loco ese aún sigue suelto y tengo que ser precavido con mi princesa.
Antes de entrar a la camioneta, Xandro me hace entrega de un sobre. Dudo en agarrarlo, pero su mirada me indica que lo haga. Lo abro y saco la hoja que yacía dentro. Respiro profundo y la arrugo con mi mano luego de leer su asqueroso contenido. Como cada día, recibo una nota más, una con amenazas diferentes de lo que quieren hacerle a mi cielo. Son tantas asquerosidades la que divagan en la mente de ese ser. Si mi pobre ángel llega a caer en sus manos, sería su fin, al igual que el mío.
Mandé a que investigaran quién es la cabeza de todo. Una parte de mí me dice que también puede ser alguien cercano a nosotros. El gran problema es quien, yo no tengo amigos, solo Trino y bueno, ahora que vuelto a recuperar mi amistad con los hermanos de Antonella, y ellos jamás serían capaces de algo como eso.
Subo a la camioneta y marco el número de mi hermana para que vaya a la empresa. Necesito su ayuda. Quiero organizarle una sorpresa a Nella hoy mismo en el hotel. Sé que le va a fascinar. Es más, estoy seguro de que eso la volverá loca de felicidad.
No quiero permitir que este problema nos afecte, ni mucho menos a ella. Las vacaciones de Antonella son cortas y no quiero que deje de disfrutarlas.
Llego al mismo momento que mi hermana. Ella abre sus brazos y me muestra una grandísima sonrisa, tan típica de ella. Hago lo mismo, encantado. Dani es mi vida, y aunque ya es una mujer, siempre tiendo a verla como una niña.
—Hola, príncipe. —Me da un beso largo en la mejilla—. ¿Me extrañabas? Porque yo a ti sí, hermanito. —Cruza su brazo con el mío mientras entramos a la empresa.
—Sabes que siempre te extraño, Dani.
Me sonríe con dulzura.
—Y cuéntame, ¿para qué querías que viniera? ¿Dónde está la princesa?
Entramos al ascensor.
—Está bien, en la casa. Supongo que aún debe estar dormida, ya la conoces. —Juega con mi corbata—. Te llamé porque me voy hoy con ella para Las Vegas. Ya reversé habitación, pero quiero que tú te encargues de comunicarles a ellos cómo la quiero de decorada. Será una noche especial para Nella y quiero que todo sea perfecto, Daniela, nada de errores. Ya me conoces. Necesito que los ojos de mi cielo brillen como el sol y como las estrellas.
Salimos del ascensor, y ella me ve fascinada.
—¿A qué se debe el motivo? ¡Y por supuesto que lo haré! —exclama, lo que llama la atención de todos.
—Dani, el tono de voz, por favor —la reprendo como cuando era una bebé—. Daniela, quiero verla feliz. Necesito hacerle saber que ella es mi todo.
Mi hermana no sale de trance. Libera mi brazo y cubre su boca.
Sonrío.
—¡Ay, no puede ser! Ya mismo llamo.
Entramos a mi oficina.
Le hago entrega del número, y ella comienza a llamar.

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