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Clases de amor, para el diablo romance Capítulo 51

Antonella

Esa luz fuerte me hace despertar enojada. Me siento en la cama y observo a todos lado, buscando al culpable. Damián no está en la habitación, quién sabe a dónde iría. Bajo de la cama y camino hasta el baño. Me doy una ducha fría.

Una vez lista, me encamino hasta la puerta para abrirla al escuchar que la camarera tocaba.

—Señora Lancaster, su esposo la esperaba abajo en el restaurant del hotel.

Sonrío al escuchar eso.

—Muchas gracias.

Salgo de la habitación y me detengo en el ascensor. Espero a que las puertas se abran. Cuando eso pasa, mi vista se fija en… ¿Nicolás?

—Antonella.

¿Qué hace él aquí?

—¿Estás siguiéndome?

Mi pregunta lo toma por sorpresa.

—¡¿Qué?! Estoy aquí por negocios. No tenía idea de que tú estarías aquí. —contesta con molestia.

—N-Nico, lo siento…No, lo siento.

Él sale del ascensor.

—Estás hermosa. —Me recorre con la mirada—. Me cuesta creer que aún sigas con él, pero ¿sabes qué? —Detiene las puertas—. Aún sigues siendo mía y no voy a dar tregua. —Busca de acercarse y justo en ese momento Franco se atraviesa en medio de los dos.

—Yo, no me acercaría a la señora Lancaster. —Le dice Franco.

—Ya veo, Damián es tan inseguro que te tiene vigilada. —Niego.

—No me tiene vigila, me protege, Nicolas.

—¿De mí?. Por favor, no creí que tuviera que protegerte de mí. Apuesto a que teme que logre convencerte de huir conmigo.

—Le preocupa tus acciones. Casi todos los días envías obsequio a nuestra casa con notas que de cierta forma lo hacen preocuparse y considerar que eres una amenaza. De verdad te pido que ya dejes de hacerlo, porque no es nada gracioso y eso comienza incluso a mi preocuparme y al mismo tiempo enojarme contigo. —Antes de que pueda decir algo entro al ascensor junto con Franco.

Si Damián se entera que Nicolas se está alojando en el mismo edificio perderá la cabeza.

—Tengo que reportar esto con su esposo. —me informa Franco.

—Lo sé, solo espera a que desayunemos, no quiero que el desayuno termine siendo un desastre, por favor. —Le pido y asiente.

Al llegar, bajo del ascensor. Cuando voy a entrar al restaurante, Damián ya viene de regreso con una gran sonrisa en su rostro. Ver a mi infierno sonreír me hace feliz. Ese hombre antes jamás lo hacía. Siempre sus labios se mantenían planos, y ahora mantienen una curva, una gran curva.

—¿A qué se debe tanta felicidad, señor Lancaster?

Me da un beso.

—Amanecí con ganas de amarte mucho más de lo que lo hacía ayer.

Nos tomamos de la manos.

—Ah, ¿sí? Entonces eso es genial.

Entramos al restaurante.

—¿Qué quieres hacer hoy, mi amor?

Jala la silla hacia atrás y me permite tomar asiento.

—No lo sé. Sorpréndeme, señor infierno.

Sujeta mis manos y las besa.

—¿Quieres ir de compras?

«Oh, sí, claro que sí».

—Genial. Necesito ropa, porque me has dejado sin nada —me quejo.

Damián ha desaparecido casi toda mi ropa.

—Estoy cansado de que uses esos pedacitos de tela que no cubren nada.

Esposo posesivo, cómo lo odio.

—Es mi ropa, y no voy a vestir como monja o como tu digas. —Miro el menú.

Si es por él, me cubriría todo.

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