Damián
Salgo del centro comercial tomado de la mano con mi cielo hermoso y discutiendo con ella porque ahora resulta ser que a mí Antonella se le metió en la cabeza entrenar defensa personal. ¡Yo puedo defenderla! No voy a dejar que se someta a eso. Puede lastimarse mientras entrena, y eso sería hacer que yo aniquile al idiota que la hirió aunque no sea su culpa.
—Voy a practicar quieras o no defensa personal. Tengo que defenderme sola y defenderte a ti.
Metemos todas la bolsas en la camioneta.
—No, mi respuesta es no, y si me desafías, me veré en la obligación de internarte en un psiquiatra.
—Bueno, ve planeando como me internaras, porque yo tomaré clases de defensa personal.
«Que mujer tan molesta es mi cielo».
—Puedes lastimarte gravemente, mi amor.
Se sienta en mis piernas, como de costumbre.
—No lo haré, diablo. De verdad es muy importante para mí defenderme y defenderte a ti. Entiendo que no tengo la misma fuerza que tú, pero ya verás que no dejaré que nadie me ponga ni una mano encima. No siempre estarás a mi lado para ayudarme, infierno. Las cosas pasan cuando uno menos se lo espera.
Pienso en sus palabras, y tiene razón, muchas veces está sola, sin mi compañía, y es ahí donde puede sucederle algo.
—Lo pensaré.
Sonríe satisfecha.
—Quiero un arma.
Me ahogo con mi propia saliva.
¡¿Arma?! ¡¿De dónde mierda saca tantas ideas descabelladas?!
—¡No! Y tampoco me insistas, porque en cuanto a eso no cambiaré de opinión. Solo las clases de defensa personal, pero un arma jamás.
Eleva su ceja y luego me señala.
—¡Que te jodan, diablo! Voy a comprarme un arma y Franco será quien me enseñe a usarla.
Franco me observa por el retrovisor y niega de inmediato, queriéndome decir que no la enseñará.
Más le vale, no es tan tonto para hacerlo a mi espalda.
—Cielo, ¿te estás drogando?
Me señala con su dedo índice.
—Escúchame bien, infierno, voy a aprender lo que sea necesario para protegerte y protegerme a mí, así que ¡me vale mil carajos tu opinión!
—¿Lo harás aunque me oponga?
Asiente.
—Exactamente, Damián. Entiéndeme, por favor.
«No te dejes convencer, mantente firme, Lancaster».
—Aún pi...
—Por lo que veo, nadie te hará cambiar de opinión, ¿y sabes qué? Yo tampoco cambiaré de opinión. —rueda la mirada molesta—. Cielo, no te enojes. —Tomo su mentón para girar su rostro de frente a mí—. Está bien, practicarás defensa personal y te compraré un arma pequeña que usarás únicamente para protegerte a ti —Me muestra sus hermosos dientes cuando sonríe. —Pero tengo una condición, que no la uses conmigo cuando este molesta.
—Tonto. —Tengo que aprender a dejarla ser. Y más a entender que no siempre estaré para protegerla, lo mejor es dejar que aprenda defensar personar y que sepa cómo usar un arma. Por supuesto Franco y Xandro serán los que se ocupen de entrenarla, nadie mejor que ellos para enseñarle.
—Te amo tanto, Damián. —Vuelve a subir a mis piernas.
—Yo te amo más, mi hermoso cielo.
Nuestros labios se encuentran y comienzan a saborearse como cada día de nuestras vidas.
—Damián, ¿Cómo se llamaran nuestro hijos?
—No sé, eso debemos pensarlo, aunque creo que sería mejor si me dejas a mí escoger los nombres.
Mi idea no le agrada mucho.
—¿Y por qué debería ser así?
—Cielo, digamos que no eres buena con los nombres. Al perro le pusiste Lolo. ¿De dónde sacaste ese nombre?
—No te metas con el nombre de nuestro hijo, que, por cierto, está en casa solo, desprotegido, porque tú no quisiste traerlo con nosotros. Y bueno, el nombre solamente me nació desde lo más profundo de mi corazón.
Imagínense, le nació desde su corazón. No me quiero imaginar los nombres que querrá ponerles a nuestros hijos si siguen naciéndole así como así.
—Si es un niño, Aaron, y si es una niña, Samantha.
Los nombres le ha gustado.
—Me gustan. Gracias a Dios no dijiste Damián. Es un nombre muy horrible.
¿Se está metiendo con mi nombre?
—Te encanta hacerme molestar —Niego entre risas.
—Diablo. —Peina mi cabello y luego lo despeina.
—Mmm. —Cierro mis ojos y me dejo llevar por sus caricias.
—Deberíamos hacer esto constantemente, salir y hacer cosas nuevas.
Me encantaría poder decirle que sí, pero mi trabajo no me lo permite por el momento.
—Cielo, sabes que eso no podrá ser por el momento. Primero debo dejar a alguien de confianza al mando para que me suplante los días que yo no pueda.
Su mirada se entristece.
—Damián, tú y yo debemos tener nuestros días sagrados, y esos serían los fines de semana.
Lo sé, lo sé, y la entiendo, pero aún no.
—Nella, dame tiempo. Te prometo que así será. Tendré toda el tiempo necesario para ti, solo déjame asegurar mi empresa. —Oculto un mechón de su cabello detrás de la oreja.
—Nuestra, Damián, es nuestra empresa.
Yo soy el ser más expropiado.
—Sí, cielo, nuestra.
Me da un abrazo inesperado.
—Te amo, mi infierno.
Su respiración acaricia mi rostro con suavidad.

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