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Clases de amor, para el diablo romance Capítulo 53

Antonella

Damián y yo estamos de regreso en la casa. Mi bebé loco corre en mi dirección y ladra. De seguro me reclama el hecho de que lo abandonara. Lo subo a mis brazos y acaricio su melena. Lo apapacho como si fuese un osito. Francamente, lo extrañé.

Damián nos contempla. Por más que se haga el duro termina vencido por nuestro cariño.

—Si no regresaba pronto tu madre me iba a quitar a la cabeza. —Lo toma y despeina su melena—.También te extrañé. Prometo llevarte para la próxima.

Se ve tan tierno..

—Serás un excelente padre, infierno.

Mi comentario le llegó al fondo de su corazón.

—Eso es lo que más deseo, Antonella. No quiero fallarte a ti ni a nuestros hijos.

Y no lo hará, confío plenamente en él.

—Verás que tendrás razón. Nuestros hijos serán muy afortunados de tenernos como padres y nosotros de tenerlos a ellos como nuestros hijos.

Sus ojos se cristalizan

—Ya quiero que ese momento llegue. Anhelo verte con tu barriga grande, estar a tu lado al momento que nuestro bebé llegue a este mundo, verte darle pecho y transmitirle ese amor que solo tú, sabrás darle.

Mi mentón comienza a temblar.

—No tienes idea de lo feliz que estoy a tu lado. Ahora más que nunca estoy segura de darte ese hijo que tanto deseas.

Nos unimos en un abrazo, dejando en medio a nuestro primer hijo.

—Entonces vayamos arriba a hacer uno.

La emoción invade mi cuerpo, pero se acaba por mi cuñada, que empieza a bajar las escaleras.

—Eso no sucederá. Tuvieron un fin de semana para hacer cochinadas, así que ¡ya paren!

Damián la recibe con los brazos abiertos.

—Te voy a quitar las llaves de mi casa. —Deja un beso en su mejilla

—Eres un malagradecido. Vine a cuidar de mi sobrino —se lo quita de las manos—,¿verdad, Lolito?

—Gracias Dani.

Me hace un gesto con sus manos de que no me preocupe.

—Es mi consentido, no podría dejarlo solo. Ustedes son unos malos padres.

Mi corazón se arruga

—Daniela —ella mira a mi hermano luego de él pronunciar su nombre de forma amenazante.

—Daniela —se burla de mi diablo—. A veces me pregunto qué pasó con mi hermano, porque tú —lo señala— obviamente eres un impostor.

Mi infierno suspira y me da un abrazo.

—Claro que no soy el de antes, Dani, ella me cambio.

—Lo sé, hermanito. Tú eres muy idiota como para cambiar por tu propia cuenta. —Damián bufa—. No te enojes, es la verdad. Jamás escuchabas hasta que llegó la princesa a casa. Desde que entró aquí tú te volviste otra persona, y eso me agradó mucho, porque al fin pude verte sonreír. No lo habías hecho desde hace mucho.

Notamos la tristeza en sus ojos.

—Lamento haberme vuelto tan de piedra, Dani, aunque contigo jamás lo fui y con nuestra madre tampoco. —Va y la abraza.

Damián tiene razón, él nunca fue ese hombre prepotente con su madre y hermana, siempre fue cariñoso y dulce.

—Bien, nada de melancolía. ¿Por qué no salimos a comer algo? Ya muero de hambre.

Damián se horroriza cuando digo hambre.

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