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Clases de amor, para el diablo romance Capítulo 63

Damián

—¡Trino, no! —grito cuando noto con claridad sus intenciones.

Mi corazón late sin ningún tipo de control.

Él baja su arma y ríe fuerte, haciendo que mi precioso cielo se desplome en lágrimas.

Pensar que me la puede arrebatar de mi lado me desequilibra. Por un momento pensé que iba a disparar.

¿Vivir sin ella? No podría. ¿Continuar solo sin ella? Eso es imposible. ¿Volver a amar a otra persona? Jamás lo haría. Todo mi amor es para ella. Siempre así lo será.

Intento llegar a su lado, pero Trino está pendiente de cada movimiento que hago. Estoy lejos de él, así no puedo arrebatarle el arma. Debo pensar en algo ya mismo.

—¿Te causó pánico ver cómo pude matarla?

Juro que si llego a su lugar lo mato con mis propias manos.

—¿Cómo entraste aquí? —Aún no me explico cómo llegó aquí antes que nosotros. Nadie sabía de este lugar, excepto Xandro y Franco. Aparte, ellos revisaron todo el pent-house.

—Bueno, tengo mis trucos —me encuentro confundido—. Tomen asiento, les contaré todo desde el inicio.

Antonella no se mueve de su lugar. Mi pobre ángel está paralizada, y eso me destroza. ¿Cómo pude permitir que él nos atrapara tan estúpidamente? ¿Por qué no pensé un poco más? Debí pensar como él desde el momento en que me enteré.

—Cielo —la llamo, y ella solo llora.

—Siéntate, Antonella.

Ella tiembla, aterrada.

Quiero abrazarla y hacerle saber que todo estará bien, pero ni yo mismo me siento seguro de eso.

—Cielo, mírame. —Lo que menos deseo en este momento es que él pierda el control, o a mi esposa le pasará algo.

—¡Siéntate ya! —le grita.

Volteo a verlo. Nadie puede gritarle, ni siquiera yo, y cuando lo hago, hasta yo mismo me insulto.

—¡No le grites! —Me muevo de mi lugar y me planto un poco más frente a él.

—Si das un paso más, la mato.

Me detengo, conteniendo todas las ganas de matarlo yo a él.

—Antonella —vuelvo a llamarla—, Siéntate, mi amor.

Ella me mira de reojo, reacciona y da pasos a un lado, en busca de un sofá.

—Tú te vas a sentar allá.

Me manda lejos de ella.

Intento encontrar una estrategia que pueda sacar a mi esposa de este problema.

—¿Por qué tenías que hacernos esto? —inquiere Antonella —Se supone que eres uno de los mejores amigos de Damián, su mano derecha. —Mi cielo no deja de llorar, su cuerpo tiembla de pánico y todo es mi culpa, yo ocasioné esto.

—También creí que era su amigo, preciosa, pero tu esposo me demostró que no era así el día que se acostó con la mujer que yo añoraba estar. ¿Qué clase de amigo es él?

Ella clava su mirada en mí.

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