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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 362

KATHERINE

Al abrirla, por suerte resultó que era una doncella para prepararme la tina.

—Adelante —la mandé a pasar y me sumergí de nuevo en mis preparativos.

—Su señoría, puedo arreglarle la ropa —se acercó enseguida con actitud sumisa.

Apostaba lo que fuera que este arreglo tan “esmerado” era el cambio de actitud de los anfitriones.

—No es necesario, solo prepárame bien el baño. ¿Hay alguna esencia?

—Sí, sí, de rosa, pomelo, también de lavanda. Si desea otra…

—De lavanda está bien —le pedí así al azar.

Me senté frente al espejo y comencé a desenredarme el amasijo de cabello todo húmedo. Vaya pintas que llevaba.

—Está listo - salió y me avisó después un tiempo.

—Puedes marcharte —le dije mirándola por el reflejo.

—Si lo desea, puedo hacerle un masaje, o traerle alguna vela aromática, o…

—No necesito nada más, gracias. Puedes marcharte —le repetí, sin ser grosera, pero con firmeza.

Bajó la cabeza diciendo que sí y se marchó cerrando la puerta.

De verdad lo sentía por ella, si supiera que las intenciones resultaban sinceras desde el inicio.

Pero ahora era yo quien no quería la falsa amabilidad de la anfitriona.

Me metí en el baño y me lavé a fondo… todo todito… No sé, tenía el presentimiento de que hoy empezaría a pagar el aumento en mi pensión.

Salí con mi batón blanco, descalza, la calidez de la chimenea crepitando desde una esquina y calentando los poros de mi cuerpo.

Me sequé un poco el cabello, relajada, y tomé uno de los libros que había traído para leerlo sobre la cama, a la luz de la vela.

Ahí esperé y esperé.

Si sentía el mínimo ruido afuera, me tensaba, expectante.

No pasé el seguro después de que se fuese la doncella, así que cualquiera podía acceder desde el pasillo.

Sin embargo, las horas pasaban y Elliot… no parecía que vendría a mi cuarto.

—¿Qué esperas, zopenca? ¿Que viniese a rogarte de rodillas, como un enamorado? De verdad, Katherine, reacciona. ¿Qué estás haciendo? —murmuré agarrando la almohada y hundiendo el rostro.

Me quería pegar a mí misma por tonta.

Solo por un poco de atención estaba confundiendo las cosas con Elliot.

No podía darme el lujo de ilusionarme con ese hombre.

Pero es que él me daba señales muy confusas.

¿De dónde las había obtenido? ¿Había ido a una joyería a estas horas?

—Elliot… —susurré con incredulidad, mirando a sus ojos más azules que los zafiros genuinos que ahora me rodeaban por todos lados sobre la sábana blanca.

—Me gusta más el piso de los marginados. Donde sea que esté mi Duquesa, es mi lugar — me dijo bajando la mirada llena de lujuria, pasándola por todo mi cuerpo.

Comenzó a llevarse las manos a la camisa, desabrochándola lentamente para mí.

Ya había pagado todas las pensiones atrasadas y ahora me tocaba darle mis “módicos servicios”.

—Haz lo que quieras. Ni pienses que algunas baratijas me van a comprar, no soy tan fácil —le dije girándome de nuevo a “leer mi libro”, empinando más el trasero, así, como quien no quería las cosas.

Mi cuerpo entero estremeciéndose ante las expectativas.

Si alguien me escuchaba diciéndole “baratijas” a las fortunas que me estaban rodeando ahora, me llamaría loca desquiciada.

Escuché el ruido del cinturón cayendo al suelo, el susurro de la ropa dejando su cuerpo al desnudo y los resoplidos al quitarse las botas.

La cama se volvió a hundir, y una sonrisa de meretriz apareció en mi boca. Mi lengua lamió sutilmente mis labios.

Una deliciosa caricia cayó sobre mis piernas, subiendo por las pantorrillas, estremeciéndome la piel.

Llegaba hasta el borde de mi camisón sobre mis nalgas y pronto se daría cuenta de la sorpresita que tenía preparada solo para él.

Mmm… hacer el amor con este salvaje y masculino hombre, rodeada de joyas exquisitas como una reina… no parecía una mala idea para nada.

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