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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 361

KATHERINE

Su mano subió y acarició mis labios entreabiertos, delimitando el borde, sin dejar de devorarme con la mirada cargada de promesas y deseos.

—¿Cuáles, cuáles módicos servicios en tu alcoba?, ¿quieres que limpie? —le pregunté haciéndome la tonta.

Recordando los últimos servicios íntimos, que ni me había pagado por ellos.

— Pft, creo que sabes muy bien lo que quiero de ti. Te he dado placer esta noche y me has dejado con las ganas varias veces —se inclinó para susurrarme seductor.

—. No creo que tengas problemas para ganarte esos cheques, mi Duquesa.

Y con esa propuesta indecente, agarró mi mano y nos condujo por el bosque hacia la mansión.

Lo seguí en silencio, mi cabeza a punto de echar humo pensando en todas las indirectas y a dónde llevaban.

Ambos estábamos hechos un desastre, al salir a los terrenos del jardín, las personas que se nos cruzaban nos daban miradas raras, pero Elliot no se detuvo a ofrecerles ninguna explicación.

Se había apaciguado el sonido de la música en el salón; los invitados ya se estaban recogiendo en las alcobas preparadas por los anfitriones.

Entramos por una puerta lateral, sin querer llamar mucho la atención.

—¡Excelencia, lo anda buscando… oh, por su Majestad! ¿Les ha sucedido algo en nuestras tierras? —la señora dueña de la casa nos miró de arriba abajo, observando las pintas que traíamos, llevándose la mano a la boca asombrada.

—Si los plebeyos de mis lares le hicieron algo, enseguida llamo a mi esposo…

—No, no, tranquila, no pasó nada, solo salimos a dar un paseo —Elliot no disimuló mucho y no dio explicaciones extras.

Mi mirada sutil bajó a su entrepierna; al menos el “gusanote” se había metido en su cueva, si no, qué vergüenza.

—Claro, bueno, si me acompaña, les muestro sus habitaciones —y así la seguimos hasta el segundo piso, a través de un pasillo lleno de puertas de un lado y altos ventanales del otro.

—Aquí sería la alcoba de la Duquesa. Una doncella la estará atendiendo —se dirigió hacia mí, abriéndome la puerta.

Todo en sus modales era impecable.

Sin embargo, no me pasaba desapercibido que a Elliot obviamente lo trataba con más distinción.

Eso sin contar que nos había separado en vez de compartir el lecho, cuando éramos claramente un matrimonio.

—No, su excelencia, su alcoba está en el tercer piso —lo detuvo cuando el Duque hizo por seguirme al interior.

—¿Qué sentido tiene ponerme en una habitación separada de mi esposa? —Elliot le dijo ceñudo, su voz salió fría y enojada.

—Es que el tercer piso… yo creí, digo, pensé… —comenzó a ponerse nerviosa, miraba a Elliot como diciéndole: “pensé que te estaba haciendo un favor al separarte de la tóxica de tu mujer”.

Eso sin contar que, a pesar de no ser de cuna noble, conocía muy bien cosas básicas de etiquetas: mientras más alto el piso de la mansión, más distinguidos los invitados.

Yo, en el segundo piso, con las personas sin importancia; y el Duque de Everhart, en el piso superior, posiblemente en la misma habitación que Zafiro.

—¡Pues pensó muy mal…! - Elliot explotó lleno de ira.

—Es mejor seguir las indicaciones de los anfitriones, no se enoje, Duque. Nos vemos mañana, descanse —le dije tomando el pomo y cerrando ante su mirada estupefacta.

—¡Espera, Duquesa…! —¡BAM!

Le arrojé la puerta en toda su cara de incredulidad y enojo. Luego pasé el cerrojo cuando intentó abrirla a la fuerza.

Esa por idiota, por andar de picha brava sin siquiera ocultar bien a su amante.

—¡Que me sigas sin rechistar a la alcoba! ¡No empeores más tu noche!

Y los pasos a rastras se perdieron por el pasillo.

Me alejé de la puerta.

Lo sentía por ella, pero ya era hora de que todos me tuviesen más respeto y no me trataran como la esposa abandonada.

¿A dónde habrá ido Elliot? ¿Regresaría?

No lo sabía, pero me adentré en la sencilla habitación.

Tenía una pequeña recepción para el té, apenas dos sofás con una mesita baja.

Luego se pasaba por un arco hasta la alcoba, donde una cama grande de dosel me esperaba.

El clóset discreto y una cómoda vacía. Mis pertenencias a un lado, sin deshacer.

Suspiré pensando en esas duquesas a las que la servidumbre les limpiaba hasta las nalgas, y a mí no me podían ni deshacer la valija y acomodarla.

Me agaché frente al baúl y lo abrí para sacar una cómoda ropa de dormir.

De repente pensé en algo sexy, no sé, tal vez alguien me visitaba en la noche.

Un golpe en la puerta me hizo dar un brinquito de susto.

Caminé para ver de quién se trataba, esperaba no tener más sorpresas desagradables.

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