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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 444

NARRADORA

—¡Señor, nuestra familia ha estado cuidando del Reino durante generaciones! —Baltazar gritaba superando el miedo inicial y sustituyéndolo por genuina indignación.

—¡Mi hijo solo defendía a una pobre chica elemental del ataque de esta bruja! —señaló a Katherine, pero dio varios pasos atrás frente al rugido del poderoso lycan que guardaba a la mujer.

—¡Lo ve, son unos salvajes, asesinos! ¡A saber cuántas vidas de elementales acabaron en su ducado, no me di cuenta, me engañaron! ¡¿A cuántas mujeres y hombres elementales habrán abusado?!

—¡ESO ES UNA CALUMNIA! —Katherine no pudo resistir más tanta falsedad.

Le pedía a Elliot que cambiara, pero Vorath estaba en sus trece; nadie lo encerraría mientras ella estuviese en peligro.

—Calmémonos todos, por favor —de repente, la voz suave, pero firme de Sigrid se escuchó entre tanto caos.

De pie, al lado de Silas, como su igual, su aura también poderosa, era muy difícil no respetarla.

—Relátenme los hechos, haremos un juicio aquí y ahora, se castigará a los culpables…

—Pero…

—¡Pero nada, señor Regente del Reino Elemental! —lo cortó la Selenia con los colmillos de loba a la vista. Si volvía a ofender a su gente, era capaz de saltarse todo el protocolo y acabarlo ella misma.

El aura asesina a su espalda se revolvía, el manto oscuro la rodeaba.

Silas estaba perdiendo la compostura y a punto de cargarse a alguien.

Baltazar sabiamente se metió la lengua donde no le daba el sol.

—Entonces, las damas primero. Dígame, Duquesa de Everhart, deseo escuchar su versión —se giró hacia la mujer, que logró salir de atrás de la espalda del fiero lycan.

Katherine se puso un poco nerviosa al encontrarse con la poderosa Selenia; solo había escuchado historias sobre ellas, y no muy buenas que digamos.

Sin embargo, esos ojos grises le daban confianza y respeto; la magia que desprendía la pelinegra estaba llena de luz.

Katherine comenzó a relatar su testimonio, todo lo que vio y los malentendidos después.

—Es cierto que somos seres sobrenaturales, pero nunca le hemos hecho ningún daño a los elementales. Solo tratamos de sobrevivir en una sociedad que nos odia profundamente —le dijo a Sigrid, de frente, sin pestañear.

La presencia gigantesca pegada siempre a su espalda miraba a todos con desafío, nadie le haría daño a su mujer.

—Te creo —fueron las palabras de Sigrid.

Esta hechicera decía la verdad y, además, había algo en ella, una sensación demasiado familiar.

“Ella es descendiente de Drusilla” Silas habló en su mente confirmándole sus sospechas.

Sigrid se quedó por un momento asombrada, ¿qué tipo de coincidencia era esta?

—¡No le crea, es una mentira, esta maldit4 bruj... mmmmnn...!

De repente, el grito agudo fue suspendido.

Maxwell sintió un dolor lacerante cuando sus labios comenzaron a coserse, así, de la nada.

Intentaba hablar, pero era en vano.

La tela empapada en carmesí se pegaba a su piel. Descubrió que esta no era la misma noble que la había socorrido.

Tenía el cabello castaño, al igual que los ojos..… ¿o acaso se confundió?

Iba a abrir de nuevo la boca, Sigrid la examinaba, pero cuando sus orbes erráticos miraron más allá de la espalda del Regente, a los ojos rojos, el rostro lastimero y la boca… ¡la boca cosida como un muñeco!, soltó un fuerte alarido lleno de terror.

—¡No dejes que me lleven los guardias, él me va a matar, como a nuestro hijo...! ¡Aaahhh nuestro hijo, mi hijo! —gritó histérica, dándose cuenta de un detalle muy importante.

Sus manos desesperadas se movieron, rajando la tela, queriendo llegar hasta su vientre, confesando entre exclamaciones que era la amante del hijo del Regente.

Él le había prometido tantas cosas que, de idiota, le creyó.

Vino a decirle que estaba embarazada de él. El hombre se aterró y le disparó a sangre fría.

—¡No mientas, no tengas miedo de sus poderes, di la verdad, que mi hijo te salvó del ataque de esta bruja! —Baltazar dio un paso adelante, intentando coaccionarla, sobornarla con sus palabras.

—¡Como Regente te voy a dar todos los beneficios de delatar a un ser sobrenatural violento, Su Majestad no dejará…!

Todas sus palabras y reclamos se quedaron atascados en su pecho, imposibles de subir por su garganta, donde una línea roja empezó a dibujarse y se fue expandiendo más y más.

—Suficiente —la voz fría de Silas se escuchó tranquila y mortal en el claro del jardín.

Apenas movió los dedos, ni siquiera levantó mucho la mano, y estaba a una distancia de varios metros del elemental, que ahora intentaba hablarle entre jadeos ahogados.

El baño de sangre bajaba desde su cuello cercenado.

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