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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 454

NARRADORA

El cántico se escuchaba en el cuarto a media luz, preparado también como la guarida de lobos salvajes.

Solo que Katherine a penas podía mantener la forma de loba.

El pequeño cuerpo que había logrado transformar con magia, temblaba, contrayéndose con dolor para dar a luz a sus dos cachorros lycans.

Era por esta razón que muchos elementales morían en el pasado al dar a luz a seres sobrenaturales con instintos tan salvajes, los lycans, eran los más difíciles de gestar y de parir.

Gabrielle y Sigrid recitaban encantamientos, las runas alrededor de la cama brillaban con la magia revolviéndose en el aire.

Katherine no era tan poderosa como la estirpe de las Selenias, la ayudaban a mantener la transformación mágica en una loba y le daban de su energía para que lograra el proceso a salvo.

—Nena, tú puedes, Kath, ya están aquí, amor. Lo lamento, lo lamento por tanto dolor… —Elliot la abrazaba angustiado contra su pecho, convertido en su forma humana, sentado con las piernas abiertas sobre la cama.

La mitad del cuerpo de Kath sobre él, la otra sobre el colchón, donde Valeria se inclinaba para asistirla.

—Toma aire, respira hondo, así, Duquesa. No tengas prisas, no lo fuerces, sé que duele, pero ellos se toman su tiempo —le explicaba la reina.

Los ojitos llorosos de la loba la miraban y más allá, en la esquina, al lado del mueble de lavabos, estaba Freya, vigilándola preocupada.

Había hecho partos, claro que sí, pero nunca de una persona pariendo en forma de un animal.

Esto era una locura, pero mientras se lograra el objetivo, su mente era capaz de asimilarlo todo.

Vorath estaba nervioso como nunca en su vida, dando vueltas al igual que un animal enjaulado, pero por muchas ganas que tuviese de acunar a su mate, sabía que su voluminoso tamaño y torpes gestos no ayudarían en nada.

“Mmmnnn” Katherine gruñía en su mente, jadeaba, el pelaje de la lobita húmedo del sudor, esforzándose.

La enorme barriga se contraía y desde su intimidad se filtraban líquidos turbios.

Comenzó a hiperventilar de repente, a encorvarse, retorciéndose entre los brazos de Elliot, que estaba en agonía por el sufrimiento de su hembra.

—¡Mamá, hija, mantengan el hechizo! ¡Está fluctuando su forma animal y ya los cachorros van a salir! —las cosas se pusieron algo críticas de un momento a otro.

El pelaje en algunos lados se retiraba, transformándose en piel humana. Con los ojos cerrados, Katherine luchaba por sacar toda su magia.

¡No podía dejar morir a sus cachorros! Sentía el cambio forzado, estaba agotada y su mente solo pensaba en apagarse.

Recuerdos amargos de cuando dio a luz a Lavinia la asaltaron. Lágrimas caían y rodaban por el morro de la lobita.

Estaba asustada, asustada de volver a pasar por el mismo dolor, mucho más lacerante que este.

Perder un hijo era algo que nunca se superaba, no importaba cuánto tiempo pasara, esa herida nunca se sanaría.

Creyó una vez perder a Lavinia y ahora estaba a punto de asfixiar a sus cachorros con la remodelación de su pelvis y huesos.

“Nena, abre la boca. Katherine, escucha mi voz, no tengas miedo, no temas. Nada le pasará a nuestros pequeños. Bebe de mi sangre, de mi fuerza. Kath, estamos contigo.”

La voz apremiante, cálida, casi demandante de su Vorath se introdujo a través de las nubes tormentosas que acechaban en su mente.

Por instinto abrió la boca y el líquido tibio y poderoso recorrió su lengua y bajó por su garganta. Tragó y tragó.

Sus células, trabajando a marcha forzada, parecían recargarse, emocionadas. Su magia tomando aún más impulso.

Valeria observaba un poco preocupada la media transformación de Katherine. Ahora se alimentaba de su compañero, esperaba pudiese superarlo, sentía a los cachorros en peligro.

“Mamá, ¿por qué no puede mantenerse en su forma animal? ¿Acaso no está funcionando el hechizo?” Miró a la Selenia a un lado de la cama, Sigrid al otro.

Ambas concentradas en su tarea.

Esta vez la legítima Duquesa de Everhart poseía una familia que la amaba y pudo dar a luz a salvo a su descendencia.

—Aquí está el primer peludito —el anuncio de la Reina sacó a Freya de sus pensamientos. Dio un respingo, casi corriendo, con la suave frazada entre sus manos.

Se inclinó y el olor a sangre saturó su nariz. La cama manchada en carmín y con restos de la placenta y el cordón, pero estaba acostumbrada a esto.

Lo que sí la dejó perpleja fue que realmente comprobó que Kath había traído al mundo a un lobezno de color marrón.

—Cortaré el cordón —se ofreció, pasándole la manta a la Reina, que arropó al cachorrito.

Freya hizo lo suyo con habilidad y pronto el cosito estaba liberado del cuerpo de su madre.

—Llévalo rápido hacia ella, tiene que darle calor. Los cachorros necesitan cuidar su temperatura al nacer —Valeria, "la más entendida en partos lycans", le indicó.

Con manos temblorosas, Freya tomó el pequeño regalo y lo llevó hasta donde Elliot aún sostenía el medio cuerpo de la loba carmelita.

Acunaron a su hijo con amor infinito.

—Mira, nena, qué hermoso. Es tan lindo, Kath, es perfecto como tú —Elliot estaba emocionado, su corazón latía como un tambor contra su pecho.

Acomodó al cachorrito entre las patas delanteras de Kath, que lo olisqueó, lamiéndolo y gimoteando entre lágrimas de felicidad y alivio.

La naricita oscura y húmeda, se movía reconociendo el olor de los padres.

Vorath aulló en su mundo interior, la llamada al lobo espiritual de su cachorro que despertaría en unas semanas.

“Nena, te amo tanto, tanto…”

La alegría hubiese sido eufórica, si no quedara un cachorro más y, de hecho, fue la peor parte.

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