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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 625

NARRADORA

Bajo la luz de la luna, en ese claro, la Selenia enfrentó sus más profundos remordimientos.

—Isabella, ¿qué haces aquí?… ¿Cómo saliste del palacio? Aidan quedó herido…

—¿Por qué no puedo estar aquí, Nyx? —la voz le habló entre dientes—. ¿Tienes miedo de que descubriera su traición?

Nyx comenzó a negar con la cabeza, buscando miles de excusas para dar: su vínculo con Aidan, las almas gemelas, su resistencia a ese amor…

Nada le parecía suficiente, y la mirada acusadora de la hechicera calaba en su consciencia.

—Isabella, yo… yo…

—¿Tú… tú qué?… ¡Zorra!… —la hechicera salió de las sombras, dando algunos pasos temblorosos hacia ella.

Nyx estaba tan sumida en sus sentimientos culpables que no veía las señales obvias, las preguntas lógicas.

—Te traté bien, te acogí cuando llegaste a un sitio desconocido. ¡Solo te pedí que me ayudaras con mi mate y aprovechaste mi debilidad para seducirlo!

—¡Jamás fue mi intención herirte, mucho menos seducirlo! —los ojos de Nyx comenzaron a tornarse rojos; su pecho se sentía tan pesado.

Isabella avanzaba cada vez más hacia su posición, haciéndola retroceder, moviéndola hacia donde deseaba.

—¡Sé lo que hicieron en el bosque! —Bella le gritó, llorando con voz ahogada.

Su aspecto tan desvalido y triste hacía que la Selenia se viera como un monstruo.

Palideció al escucharla, ni siquiera se detuvo a preguntarse, ¿cómo se enteró Isabella si estaba en encerrada en el palacio?; ¿por qué estaba aquí en medio de la nada…?

—Lo lamento… yo, nunca quise que fuera de esa manera —Nyx bajó la mirada, tan avergonzada de las cosas que hizo por amor… amor por la pareja de otra mujer.

—Solo me iré a mi casa. Los dejaré en paz. Aidan te quiere…

—No te puedes ir así como así… —las palabras roncas de la hembra interrumpieron a Nyx.

De repente se dio cuenta de que la tenía justo frente a ella.

—¿Qué más quieres de mí, Isabella? —la Selenia subió los ojos húmedos, las mejillas rojas, con un nudo en su garganta.

Todos sus sentidos le estaban gritando peligro, pero su mente atormentada no la dejaba pensar con claridad.

—Necesito de tu poder una última vez… para despedirme de Aidan —el dolor se desprendía de cada poro del cuerpo de la hechicera.

Nyx sentía tanta lástima. ¿Cómo pudo haber codiciado a Aidan para ella? Diosa… era una escoria.

—No puedo hacer eso, no es justo para él… ni para ti…

—¡Me lo debes, Selenia, me lo debes! —la agarró de las solapas con manos rígidas.

El olor a desesperación y el rancio de la muerte le dio a Nyx de frente.

—No me quedan fuerzas. Salí a despedirme de él, pero no puedo más, Nyx… no puedo más… —se desplomó sobre el pecho de la pelinegra.

Su cabello, que antes era tan rubio y brillante, se tornó opaco y quebradizo.

Nyx cerró los ojos, tragando, resistiéndose con todo a la decisión que estaba por tomar.

Su magia curativa iba a penetrar en la herida, pero la maga la detuvo.

“No lo hagas… Nyx… no tengo tiempo… “Isabella resistía con las últimas fuerzas que había acumulado.

Luchando como una guerrera contra el control férreo de Marius en su voluntad.

Manipulándola como si solo fuese un pedazo de carne.

“Cada cosa… que te dije ahora… fue mentira”, sus manos temblorosas, manchadas de carmín, se aferraron a la de Nyx, pegada a la Selenia para no caer.

“Yo siempre supe que le pertenecías a él… hice todo por juntarlos, no lo dejes solo, Nyx… yo les doy… mi bendición…”

Las lágrimas caían de los ojos puros, lúcidos, que se iban opacando de nuevo como una muñeca sin vida.

Nyx la abrazó con fuerza, buscando el hechizo que la conectaba con esa persona que la controlaba.

¡¿Dónde estaba?!

¡No podía ser Zarek, ni Victoria! ¡¿Cómo alguien pudo hacerle algo tan cruel a Isabella?!

Pero cuando tocó las runas prohibidas en la espalda de Bella y subió la mano llena de brumas negras asesinas para romper la maldición, el príncipe Aidan llegaba al lugar.

Había seguido el vibrar de sus almas, llevando su propio cuerpo a los límites una y otra vez.

Sus ojos se cerraron sobre la escena en el claro y todo lo que se mostraba frente a él estaba tan torcido y equivocado.

—¡NYX, DETENTE! —rugió viéndola “atacar” la espalda de Isabella, que estaba herida y desangrándose en sus brazos.

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