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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 635

NARRADORA

El sonido vibrante de la lucha resonaba dentro de la prisión de hielo.

Edmund se enfrentaba al asedio de dos luchadores, pero sus años de experiencia no eran en vano.

Había enfrentado cientos de batallas, tenía la paciencia de esperar su momento, cualidad que desafiaba el ímpetu de los jóvenes.

Chispas blancas y doradas saltaban en el aire.

Esquivaba con la velocidad de los relámpagos, su cuerpo vibraba, moviéndose de un ataque a otro.

Su espada de centellas sacaba filo con la poderosa de hielo y el hacha de brumas.

Nyx y Aidan se coordinaban como si hubiesen luchado siempre juntos, sus almas mágicas resonando como una sola, pero nada era más rápido que la luz.

El Rey Hechicero esquivaba las trampas mortales en el hielo.

Los picos helados que aparecían del techo y el suelo, las ondas en la superficie espejada que amenazaban con tragarlo como arenas movedizas.

Sus pies, apenas y podían tocar algo firme. Era como una estrella fugaz moviéndose en el reducido espacio.

Sin embargo, también quemaba su energía vital en cada movimiento y era imposible que sostuviera ese ritmo para siempre.

Él sabía que solo lo estaban debilitando.

Apareció en un pestañeo en la espalda de Nyx, ella era quien curaba las heridas internas del príncipe, si lograba limitarla…

Su mano se movió a una velocidad imposible de ver, su espada cambió a una daga corta directamente a la nuca de la Selenia.

¡Lo iba a lograr, estaba tan cerca, nadie podría esquivar eso!

La punta se hundió y Edmund incluso sintió el placer de la carne siendo apuñalada

Ya podía oler la sangre… pero jamás el líquido carmín salpicó en su rostro.

Su mirada de júbilo se llenó de pánico al darse cuenta de que la figura de Nyx se derretía como brea negra.

Le bastó un segundo para descubrir de que ese no era el cuerpo real de la Selenia.

Nyx se encontraba a salvo, sumergida dentro de la protección del hielo, dirigiendo la marioneta.

¡Lo habían engañ4do! ¡Estaban esperando a que él hiciera su ataque y bajara la guardia!

“Te dije que en este dominio, ¡yo tengo el control absoluto!”

El rugido de Aidan lo hizo estremecer, solo alcanzó a ver el destello de hielo de frente, atravesando a la falsa Nyx que se evaporaba en la niebla oscura.

El rostro salvaje y el aura asesina del príncipe se precipitaban sobre él como un mensajero de muerte.

Edmund actuó por instinto y convocó toda su energía vital, a riesgo de explotar como una supernova.

Los cordones de relámpagos explotaron del interior de su cuerpo, saliendo por cada poro y envolviéndolo en una esfera peligrosa, que giraba sin cesar a su alrededor.

Parecía impenetrable, ¿quién se atrevería a poner su mano en medio de tanta electricidad?

—¡Buajj! —el mago vomitó sangre, su cuerpo lleno de cortes.

La evolución de Theo y Vlad, el paso superior.

Al resonar por completo con su alma mágica gemela, subieron otro escalón a la cima del poder.

Un enorme lycan de tres metros, resumiendo vaho congelado de la piel helada, translúcida, brillando hermosamente con magia de hielo.

Abrió las fauces y le rugió indomable a Edmund, que pensó que su cabeza iba a ser arrancada de cuajo.

Tenía miedo, terror como nunca en su vida, y los espasmos de su cuerpo colgado en el aire lo delataban.

Los ojos azules fulgurantes del lycan parecían penetrar en su mente como agujas que se clavaban en su cerebro.

—Si tienes miedo a la muerte, puedes estar tranquilo... —de repente, Edmund fijó su atención en las alturas.

El oxígeno apenas y entraba a sus pulmones, la vista se le nublaba, pero sabía muy quién le hablaba.

Era ella, esa maldita mujer que cambió la balanza de poder dentro de los continentes.

Nyx estaba de pie en la nada, su vestido negro ondeando con calma, rodeada de nubes brumosas que comenzaban a llenar cada espacio de oscuridad espectral.

Sus ojos lo miraban con tanto desprecio y odio.

—Me encargaré personalmente de que experimentes lo que se siente estar encerrado en un cuerpo que no controlas. Morir, a cada segundo…

A medida que soltaba sus palabras llenas de burlas y malicia, destellos dorados iban despertando dentro de la niebla.

—¡Son… unos… infiel… Ggg! —Edmund ni siquiera pudo ofenderlos.

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