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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 647

NARRADORA

Entre las llamas del fuego mágico y el humo de los pequeños incendios, Edgar lo vio.

Ese vampiro estaba muy tranquilo, casi como en un paseo.

Movió la mano como quien batía una mosca, y la niebla blanca se abrió en el medio, despejando su camino.

—¡Última advertencia! ¡O se detiene, o será asesinado!

El general hechicero le gritaba frente a sus hombres, defendiendo ese pedazo de tierra.

Pero Edgar supo que había sido un iluso, creyéndose a salvo al llegar a este punto de control.

Recordaba el ejército que creó Victoria de la nada; donde solo había polvo y huesos, moldeó soldados.

Entonces, ¿qué no haría este hombre que parecía ser la fuente de todo el poder?

—¡Atáquenlo con los hechizos supresores!

Edgar fue dando un paso atrás y otro, deseando huir, sumergiéndose en las sombras de los árboles.

Sin embargo, la tierra comenzó a moverse, parecía azotada por un terremoto, y antes de que cualquier hechizo tocara al vampiro vestido de negro, alaridos espeluznantes rugieron desde el barranco.

Manos se aferraban al borde de tierra, hachas oxidadas se clavaban, garras impulsaban a los cuerpos robustos e invencibles que salían de la bruma oscura, del fondo del abismo.

—¡Mantengan sus posiciones!

—¡¿Por la Diosa, qué son esas cosas?!

—¡Ese maldito vampiro trajo la desgracia!

—¡Luchen por sus vidas!

Entre alaridos de guerra colisionaron los dos bandos.

De repente, ya no eran un centenar contra uno.

La balanza se había inclinado y los no muertos arrasaron como una plaga sobre esos hechiceros de cuarta.

Las chispas de magia saltaban por doquier, la sangre, los gritos, los brazos y las cabezas volando por el aire y, en medio de todo ese caos, Zarek avanzaba sin cesar.

Su túnica larga ondeaba con la noche, así como su cabello luminoso de hebras ébano.

Sus botas firmes se hundían entre los cuerpos de los caídos.

Era el maestro de esta sinfonía macabra.

Este era su mundo, él era el príncipe de la calamidad y la muerte.

Donde los demás veían desgracia, él veía vida.

Edgar contempló la misma imagen que se había quedado grabada en su cabeza.

Si Victoria le pareció secretamente tan increíble, avanzando también con una sonrisa en medio de la masacre, este hombre definitivamente era el origen del mal.

Algo turbio y caliente bajó por la pernera de su pantalón, y sus piernas se negaban a avanzar cuando, a pesar de su escondite, los ojos rubíes miraron en su dirección.

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