NARRADORA
Victoria había mencionado el nombre de su padre solo para fastidiar, pero cuando empezó a cantar, sus sentimientos de verdad afloraron.
Subida sobre la barra, su boca comenzó a entonar una de las canciones favoritas de Zarek.
Los recuerdos llegaron flotando a su mente mientras cerraba los ojos.
En el salón de su palacio, con la cálida chimenea chisporroteando, consumiendo la madera.
Era una niña y su padre le pedía que cantara esa melodía de amor incondicional, de separación y nostalgia.
La aprendió desde pequeña y siempre se la cantaba.
Sentía que Zarek se ponía algo triste, que los pensamientos lo llevaban a sucesos pasados.
Las notas se movían hermosamente por el aire, entrelazadas con todas las memorias de Victoria.
Las luces de las velas en la cantina titilaron, bajando de intensidad y sumiéndolos en un ambiente a media luz.
La magia vampírica hechizaba el corazón de todos, la melancolía de Victoria les llegaba al alma.
El Lord de los lobos fue el más afectado.
El puño cerrado sobre la mesa le temblaba.
Ese anhelo en su pecho crecía de una manera incontrolable.
La deseaba a rabiar. Justo a una mujer de esa raza que odiaba a morir.
Tenía sus razones, y muy poderosas.
No siempre los lobos fueron los amos.
Desde el inicio de este maldito feudo, los verdaderos amos eran esos seres despreciables: vampiros.
Nació con grilletes y un collar de acero alrededor de su cuello.
La imagen de su gente tratada como animales, los gritos de súplica, la vida trágica de su madre, aún eran pesadillas que lo acosaban en sueños.
Al desearla de esta manera, se sentía un traidor de su gente… de esa dulce mujer que le dio la vida y sacrificó su dignidad porque él sobreviviera.
El hechizo de Victoria era una maldición que no se podía quitar.
Desde la primera vez que la brisa le trajo ese olor embriagante, no la había olvidado ni un segundo por mucho que lo había intentado.
Hizo hasta lo imposible por rehuirle, le había permitido incluso sus pequeñas escaramuzas con esas ratas rebeldes.
No deseaba hacerle daño.
La dejó escapar aun a costa de su resistencia, pero el destino se empecinaba en reunirlos.
Y ahí estaba, cantándole a otro macho, dedicando esa hermosa canción a otro hombre.
Dracomir tenía tantos sentimientos ahogándolo que estaba a punto de rugir de la frustración.
Por primera vez agradeció que su lobo hubiese sido engullido por la maldición de esa bestia lycan.
Algo le decía que si su parte animal estuviese consciente, la iría a marcar y reclamar en el acto.
No estaba seguro, no sin su lobo, pero sospechaba que su obsesión por Victoria tenía que ver con el lazo de mates.
El corazón se le apretó al ver las lágrimas rodar por sus hermosos ojos cerrados.
Como aquella noche en que le dijo esas palabras tan horribles para herirla, para que lo odiara.
Una sonrisa retorcida e irónica asomó en la esquina de los labios del Lord, sumido en su nube negra de oscuridad.
Él había salido destrozado. Sus pies se negaban a alejarse cuando toda su voluntad le rugía que regresara y la abrazara.
Que se fundiera con su cuerpo como moría por hacer. Que le confesara sus verdaderos sentimientos.
“Victoria, ¿cómo puedo escapar de lo que me haces sentir?”, murmuró en su mente, sin poder apartar la mirada de ella.
Victoria llegaba a las últimas estrofas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...