NARRADORA
Meridiana solo podía dejarse arrastrar por las olas de placer.
Su macho rodeó su clítoris y lo provocó con toquecitos que la hacían empujar sus caderas hacia delante.
Ansiaba más, le picaba el interior de la vagina mientras Rousse le devoraba el coño.
—Más adentro… mi macho adentro… —articulaba entre jadeos entrecortados.
Cuando los dedos de Rousse le separaron pervertidamente, exponiendo el estrecho agujerito, Meridiana se estremeció por completo.
La expectativa la atormentaba, sentía sus músculos vaginales contraerse, pero nada la preparó para la delicia de la penetración.
Primero fue la lengua de Rousse. Flexible y mojada, jodiéndola bien profundo, adentro y afuera, chupando sus fluidos cachondos.
Luego se incorporó un dedo que la tuvo empujándose contra su cara.
La vieja mesita traqueteaba bajo los movimientos cada vez más ansiosos de sus nalgas.
Se meneaba por instinto, siguiendo el placer de las embestidas de su dedo.
La presión en su vientre se acumulaba, estaba cerca de su liberación, y escuchar a su macho resoplando como un toro sofocado no la ayudaba a resistir.
Rousse ciertamente tenía la sensación de que moriría ahogado contra ese caliente coño, aunque en realidad no necesitaba oxígeno.
Lo mejor de todo era que con gusto pondría en su lápida: «Aquí murió el hombre que se ahogó feliz por una mamada a su esposa»
Su mente calenturienta divagaba en cosas cada vez más pornográficas.
Sus labios besaban esa boca golosa que no hacía más que derretirse contra él.
Meridiana podía ser tímida, pero su concha no lo era para nada.
Y Rousse la consintió, dándole justo donde más le gustaba, hasta hacerla venir.
Sintió el estremecimiento de los pliegues alrededor de su dedo curvado y su lengua no dejó de chupar el capuchón del clítoris.
Con un sonido amortiguado y ronco, la voz de Meridiana se filtró con el rechinido del pobre tocador a punto de desfallecer.
Las caderas de ella se alzaron de la madera, contrayéndose con la misma fuerza con la que su vagina temblaba en espasmos de placer.
Rousse la llevó a los límites, lamiendo y sorbiendo todo sin dejar ni una gota.
Su propia mano fue a sus pantalones y se sacó la polla a tirones para meneársela.
No se iba a venir como tal, lo sabía, no producía semen, ya eso sería demasiado milagro.
Pero sí sentía placer, el éxtasis de cuando llegaba a la cumbre.
Todos los calambres del orgasmo inminente, como si sus testículos de verdad se llenaran y bombearan hacia su uretra.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...