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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 734

NARRADORA

—No grites, cariño, soy yo…

Meridiana dio un suspiro de alivio y se recostó como si no tuviese huesos, contra el amplio pecho de su macho.

Lo había extrañado tanto que ya iba a girarse para besarlo, pero recordó que aún “usaba” el cuerpo de la doncella.

—Espera… —se removió en sus brazos.

Rousse sabía su intención y la cargó en un segundo, acomodando el cuerpo de la mujer sobre la camita.

“No debo estar fuera de ella mucho tiempo… temo que pueda morir en cualquier instante”, le dijo con un suspiro, arrastrando su sombra hasta afuera de la chica, que respiraba con una lentitud alarmante.

—Está bien, pero no aguantaba más el no verte o besarte.

Rousse la abrazó, apenas Meridiana se materializó.

Él se había despojado también de la apariencia fiera de no muerto y regresaba a una imagen muy parecida al hombre del pasado.

Descubrió que podía alternar su apariencia, lo cual fue una bendición.

Esta versión “hermosa” solo estaba dispuesto a mostrársela a su hembra.

—Rousse… —Meridiana tarareó como un pajarito al ser apretada por la cintura y ser besada apasionadamente.

Los labios fríos del general se movieron con hambre sobre su boca.

Rousse casi podía rugir como una bestia desesperada, saboreándola, hundiendo su lengua y buscando la de ella.

Había extrañado su sabor, el calor de su pequeño cuerpo, las curvas de su espalda hasta llegar a sus nalgas.

La apretó apenas pudiendo contener su lascivia.

La hizo subirse sobre su cintura y rodear sus caderas con sus piernas mientras la sentaba sobre el sencillo tocador.

Meridiana jadeó pesadamente, recuperando el aliento.

Rousse bajó las manos para ahuecar sus pechos pequeños por dentro del borde del escote.

Rodó el duro pezón entre dos de sus dedos y le dio suaves tironcitos, como mismo hacía con el labio inferior entre sus dientes.

Lo chupó y mordisqueó, tragando sus gemidos de placer.

Podía sentir el calor de su coño contra su abdomen, las piernas de Meridiana abiertas para él.

Olía el aroma de su excitación subiendo por las capas de tela, llamándolo.

De nuevo experimentó ese cosquilleo delicioso bajando por su columna hasta su polla, que se iba endureciendo poco a poco.

Ella le daba de su magia negra cada vez que podía y Rousse se la bebía como un enfermo terminal.

Surtió efecto y no solo su apariencia era muy similar a cuando estaba vivo, sino que su miembro se unió a la fiesta de los “revividos”.

El general incluso había probado con algunas pajas ocultas.

Le subió el vestido, sondeando entre sus muslos, delineando su piel cremosa y suave, directo a empujar en su braga.

El éxtasis de que ella lo deseara como él la ansiaba, lo hacía temblar de morbo, de lujuria.

Mordió con fuerza su labio y empujó un dedo en su núcleo mojado por encima de la ropa íntima.

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