VICTORIA
Las nubes de tormenta en el cielo no presagiaban nada bueno, y menos los guerreros a caballo que llegaron al feudo desde temprano.
Un pequeño ejército de hombres lobos estaba asentado cerca. Los que antes eran aliados ahora venían a hacer reclamos y poner condiciones.
Dracomir no me dijo nada en concreto, pero me advirtió que estuviese alerta y lista para partir si era necesario.
Me reveló el escondrijo de una bolsa llena de oro, dejó todo preparado por si teníamos que escapar.
Sabía que contaba con poco apoyo de sus propios guerreros.
¿Pero a dónde irnos si todos eran enemigos en este reino?
No estaba dispuesta a que renunciara por mí.
Él se había ganado su puesto y nadie se lo quitaría solo porque me eligió.
Sentada en la biblioteca, esperaba mi momento, tamborileando los dedos sobre la mesita, hasta que al fin Meridiana apareció controlando el cuerpo de esa chica.
—Srta., el té que me pidió para calmar la ansiedad —me dijo lo suficientemente alto para ser escuchada a través de las puertas abiertas.
Expandí mis sentidos y, claro que estaban espiando, asegurándose de que cayera en la trampa.
—Gracias, querida —le dije con calma, tomando el platillo con la taza.
Lo olisqueé un poco y Meridiana me guiñó un ojo en secreto.
Tomé un sorbo ruidoso y luego otro, saboreando el amargo en el fondo fresco de la manzanilla.
—Está perfecto —le dije hasta suspirando, como mismo hicieron esas dos arpías detrás de la columna del pasillo.
—¿Sabes qué está haciendo Celia? Me extraña que no haya tramado nada… ¿Vas a los lugares que frecuenta?
Comencé a fingir que de verdad la usaba para espiar.
Ella me siguió el juego, al final, entre tartamudeos, no dijo nada claro.
—Bueno, márchate —le hice un gesto de fastidio con la mano.
Pero en nuestras mentes, otros planes se tejían.
*****
Las horas de la mañana pasaron y habría un banquete de almuerzo al mediodía.
Un hombre de Dracomir me avisó que el Lord me quería en la mesa.
Obviamente, eso iba a disgustar muchísimo a los lobos del otro feudo que querían emparejarlo con su heredera.
Pero era la manera de él decirles que ya tenía pareja.
Estuve de acuerdo, claro que sí, al final… sabía que no llegaría nunca a ese almuerzo.
Caminando con firmeza por el pasillo, descubrí de que mis guardaespaldas habían desaparecido como por arte de magia.
Alguien los despachó del frente de mi puerta.
Solo alguien de esa familia podía pasar sobre las órdenes del Lord.
Una sonrisa escueta apareció en mis labios al girar la esquina que llevaba a la amplia escalera del hall.
Ahí estaba ella, la “inocente” Celia, como mismo imaginé.
—¿A dónde crees que vas? —me detuvo de pie al borde de los escalones.
—Hasta donde sé, no tengo que darte explicaciones —le dije con un bufido.
Su expresión retorcida en odio, era todo un cuadro de horror.
Dio un paso hacia mí, llena de amenaza y rabia.
—Dime sin mentirme… ¿Recuperaste tus poderes de vampira? —me preguntó de repente y acto seguido murmuró un conjuro.
La expresión de susto en mi cara, de repente, se transformó en una mueca de sarcasmo y malicia.
—¿Qué…? —en el momento que comprendió su error, Celia se tensó temblando—. No estás… no estás…
Intento escapar, pero las sostuve con fuerza de los hombros, clavándole las garras.
—Claro que no estoy controlada, querida. Una tipa como tú no puede ordenarle a una Vlad —le dije, y mi cuerpo actuaba con las palabras.
Antes de que advirtiera a su gente, saqué la daga escondida bajo el fajín y en la corta distancia le abrí la garganta para que no gritara.
La sangre salió a presión como una cascada, pintando el mundo de escarlata.
Le propiné varias puñaladas en puntos clave, mortales, que apenas le darían unos segundos de vida… suficiente para lo que le esperaba.
— Pa…pá…
Se aferró a mis hombros y sus ojos erráticos miraron hacia un lado, donde ya habían aparecido los invitados a este teatro.
La sangre manchaba su vestido de manera grotesca y goteaba sobre la alfombra.
Me acerqué en un segundo a su oído, sosteniendo su cuerpo que se desplomaba.
—Esto es por todas las mujeres que asesinaste sin compasión. Te atravesaste en el camino de la persona equivocada, Celita. Dracomir, me pertenece.
Le besé la mejilla pálida, mojada en lágrimas y carmín.
La apuñalé una vez más y admito que con macabro placer.
Hundiendo el mango hasta el fondo de su vientre, por si no me vieron claramente desde el pasillo.
Subí mi botín y la empujé escaleras abajo.
Su cuerpo hizo un arco en el aire, dándome la última mirada, llena aún de incredulidad y un rencor que me maldecía en silencio.
Moriría remordida. No hay maldición que me vaya a llegar… de un cadáver.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...