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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 741

NARRADORA

Salió hecho un demonio, juntando a los pocos que podían pelear, hombres desesperados como él, buscando a sus madres, a sus parejas, a sus hijos.

Alrededor de 20 elementales bajaron la montaña… para cuando Zarek se enteró y llegó a la mansión de campo de esos nobles vampiros… solo quedaba uno.

Vio a su amigo, ese que le había abierto las puertas de su hogar sin reservas, de rodillas en medio del jardín, aun sosteniendo el cuerpo mutilado de su mujer.

El sitio había quedado manchado con la vida de esos pobres elementales que no eran rivales para tantos vampiros adultos de fiesta, borrachos de lujuria y ansias de sangre.

Se habían ensañado con el cuerpo de Rousse, atravesándolo con espadas y cuchillos por la espalda, mientras él protegía a la mujer asesinada en sus brazos.

Los ojos de Zarek se iban poniendo en rojo escarlata mientras escuchaba las risas y las burlas, empujándolo con el pie, prolongando su sufrimiento.

Rodeado de esas alimañas que se hacían llamar nobles.

Cuando repararon en su presencia… fue demasiado tarde para ellos.

Ese día arrasó con toda alma en la mansión, pero nada le devolvería a Rousse.

El último aliento lo dio en sus brazos, con lágrimas amargas cayendo de sus ojos marchitos.

Aún se aferraba a la mano fría de su esposa, sin soltarla, arrepentido profundamente de haber invitado la calamidad a su aldea.

«No te dejaré morir, Rousse, no es justo. Te arrancaré de los brazos de la muerte».

Las palabras de Zarek resonaban ahora en su mente.

Lo hizo uno de sus primeros no muertos, el más perfecto, letal, el más “humano”.

Rousse recordó el dolor que le trajeron esas memorias, cómo encontró a su mujer siendo violada como parte de las distracciones de la fiesta.

La ira ciega, la impotencia, el remordimiento.

Entendió por qué Zarek las escondió debajo de tantas restricciones.

Temía que lo odiara y lo culpara. Se preguntaba incluso por qué no revivió también a su esposa.

Pero en fondo sabía que sus tragedias no fueron culpa del príncipe vampiro, y a lo largo de los siglos, Rousse vio su justicia, su lucha en solitario, y pudo sobrevivir hasta hoy.

Hasta este momento, donde de nuevo el amor de su vida podía morir frente a sus ojos.

Rousse se arrojó sin pensarlo detrás de Meridiana, que luchaba por salir del cuerpo de Celia o se convertiría en su ataúd.

La mano del general se estiró en el aire, tocando apenas sus dedos, viendo su expresión de pánico.

Luchando por aferrarse a Meridiana, como hizo en el pasado con su esposa y su bebé no nacido.

Esta vez, no dejaría que le arrebataran a su alma gemela. Esta vez, Zarek le había dado el poder para defenderla.

Abrió la boca y su voz salió como un trueno, invocando los poderes de los muertos.

El suelo tembló y raíces negras de cenizas, podridas de esconderse bajo las tumbas, se extendieron desde las grietas abiertas en la tierra.

Atraparon en el aire el cuerpo de Celia a punto de impactar.

Su cintura, su cabeza y sus piernas fueron sostenidas con una delicadeza increíble, como mismo la tocaba Rousse.

El general ya caía en la plaza con un golpe seco, de pie levantando el polvo y al lado de la enredadera gigantesca.

—¡Sal de una vez, abandónala! —Victoria vio que le gritaba a la hechicera, mientras la sostenía en sus brazos y la colocaba sobre el suelo.

Rousse estaba hasta temblando, sus ojos erráticos llenos de un miedo que jamás le vio.

La sombra de Meridiana al fin dejó el cuerpo de Celia, que cayó a un lado exhalando su último aliento.

En medio del caos, Rousse sostuvo a su mujer contra él, cargándola, abrazándola tan fuerte que deseaba esconderla en su pecho para siempre.

—No puedo perderte a ti también, no puedo…

Apretó su cabellera contra su pecho mientras se hundía en el hueco de su cuello.

Meridiana sintió algo mojado rodar por su piel sin cesar: Rousse estaba llorando.

El movimiento de sus hombros se hacía cada vez más tembloroso con sus sollozos roncos, era como si una presa se hubiese abierto en sus ojos secos.

Se aferró a él, calmándolo, consolándolo a pesar de ser ella la que había pasado por el susto.

Sintió las sombras moverse en su mente, él recordó todo, estaba en shock, pero lamentablemente muy poco le duraría su momento de intimidad y duelo.

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