VICTORIA
Hundía mi cabeza aspirando su aroma salvaje, lamiendo las gotas de sudor, sintiendo el latir de las venas de su cuello bajo mi lengua.
Mis piernas cerradas alrededor de su cintura, mis nalgas se sacudían arriba y abajo mientras disfrutaba de este rapidito salvaje.
Sentía sus garras clavarse en mis caderas y esa lanza gruesa hundirse entre mis pliegues.
Mi mundo entero se estremecía con los rugidos contenidos y animales que se escondían en mi oído.
Las cortinas se movían cada vez con más violencia, las embestidas de Draco penetraban frenéticas.
A duras penas soportaba el gritar de éxtasis.
Lo prohibido, la adrenalina de lo oculto, del sexo en público, siempre es más delicioso y te lleva al orgasmo más rápido.
En medio de nuestro frenesí, mis pupilas nubladas en deseo vieron por la rendija más allá de las pesadas cubiertas.
Una sombra estaba de pie, espiándonos, escuchando nuestros gemidos de placer.
Ya que vino a torturarse ella solita, entonces le daría una vista completa.
Estiré la mano y abrí aún más la abertura.
Me abracé al cuello de mi hombre y chupé su oreja mientras miraba a los ojos muy abiertos y llenos de lágrimas.
Uuu resulta que sí hice llorar a la virgencita.
Vi en sus orbes los reflejos del macho ardiente follándome contra la pared.
Mis piernas desnudas alrededor de sus caderas que embestían vigorosas.
Todos los músculos de su ancha espalda contraídos, su cabello claro empapado pegándose a la nuca.
Los pantalones atascados en los tobillos, semidesnudo y hundiendo su falo en mi coño.
Gemí aún más fuerte, más puta y no fingía para nada.
Draco me estaba devorando viva.
Mordió mi clavícula y me clavó hasta el fondo.
Mi cuerpo chocaba rítmicamente con la pared a mi espalda.
El morboso placer de que ella nos mirara me hizo correrme como nunca.
— Mnnn, mi macho… Draco… ahhmnn…
Hundí la cara en el hueco de su cuello y apreté en puños su túnica.
Mis muslos temblaban como los espasmos en mi vagina.
Me olvidé de Celia y de todo, mi mente en blanco con las ráfagas de la deliciosa liberación.
Un gruñido de bestia rugió contra mi pecho y su polla monstruosa palpitó en mi interior.
El calor de su orgasmo me llenó, goteando por fuera y salpicando el suelo.
Siseamos como pervertidos mientras la orquesta sonaba en los bajos anunciando que empezaba el próximo acto.
El olor a sexo y lujuria envolvía nuestro palco, donde solo se escuchaban nuestras respiraciones aceleradas.
Celia se había marchado en algún momento, supongo que mientras su “obsesión” me llamaba y se corría en mi coño.
Patética niñita. Este hombre es mío.
—¿Ya estás feliz? —la voz ronca de Draco susurró en mi oído.
Lamió y chupó mi lóbulo, sacándome suspiros, acariciando mis muslos y recuperando el aliento.
—¿Estás feliz tú? —envolví su cuello y miré a sus ojos de lobo satisfecho.—¿O vas a negar que se te puso más tiesa al saber que ella nos miraba?
Susurré contra sus finos labios masculinos.
—Supongo que tu perversidad es algo que se contagia —me respondió con una sonrisa cruel en la esquina de la boca.
Maldita sea, me encanta este macho.
Es evidente que la Diosa lo creó solo para joderme… en todos los sentidos.
—Esto tendrá consecuencias, tu hermanita va a ir hasta su mamita a quejarse…
—Ya hablé con mi padre. Sé que no te agradan mucho, pero Vicky, ellos son buenas personas, solo… que no tuvieron una experiencia “agradable” con los vampiros.
Me besa la punta de la nariz y me intenta convencer de lo genial que son esos dos viejos macabros.
Sin pruebas, Draco nunca me creerá de su traición.
—Celia solo es una niña mimada y más bien la compadezco si se mete contigo —comenzó a reírse mientras me besuqueaba por todos lados.
—Ya te vas haciendo una idea —bufé con cosquillas por los pelitos de su barba.
—. No tendré misericordia con quien codicie a mi señor.
—¿Tu qué? —levantó la cabeza con un destello complacido en los ojos.
—Que no tendré misericordia… —me hice la idiota luchando por bajarme.
—¿Con quien codicie a tu qué…? —me empujó de nuevo contra la pared y gemí contra su cuello al sentir su falo endureciéndose.
—Ya te lo he dicho…
—Quiero que me lo digas de nuevo, ¿qué soy para ti, Victoria? —gruño dominante en mi oído mientras sus manos manoseaban vulgarmente mis nalgas.
El vaivén suave de sus caderas comenzó de nuevo.
—Yo… Mmnn… no…
“¡Llámame de nuevo… sshh, dime qué soy para ti!”
Me presionaba junto con sus embestidas.
Lo que empezó como un jueguito se reviraba en mi contra.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...