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El Rey Lycan y su Oscura Tentación romance Capítulo 740

VICTORIA

Estaba perdiendo las esperanzas, ¿cuánto más tenía que sufrir frente a Dracomir para que me eligiera?

¿Acaso el hechizo que pesaba sobre él era invencible?

Ya sentía el ardor de las llamas cerca de mi cuerpo, esas bestias gritando abajo, llenos de odio y maldad.

Solo podía mirarlo con el alma apretada en un puño, pensando en que si aceptaba que me quemaran viva… no lo perdonaría.

Con todo el dolor que eso conllevara, esta vez, no lo dejaría pasar.

Por supuesto que podía liberarme, no me arriesgaría a tanto si no tuviese la salida, pero él era la llave que yo deseaba para escapar de la injusticia.

—¡Vas a arder y no quedarán ni las cenizas de tu asqueroso cuerpo, criatura oscura!

La voz de esa anciana resonó a mi lado, puro veneno, y eso que no sabía que ya se había quedado sin hija.

—Veremos quién arde…

Le dije entre dientes, y dudó por un segundo, mirándome fijamente, pero no me veía como una amenaza.

Bajó la antorcha y el fuego crepitó con las virutas que enseguida hicieron por incendiarse.

Pero en ese instante, escuché el rugido por el que había esperado.

—¡NO TE ATREVAS A HACERLE DAÑO A MI HEMBRA!

Miré hacia la cima, al palco donde mi hombre indomable saltó hecho una fiera.

En el aire su cuerpo se cambió de manera impresionante a un enorme lobo Alfa… el espíritu animal de Dracomir.

Logró liberarse.

Todo sucedió demasiado rápido, el aura del líder de la manada se expandió como una ola que los hizo caer de rodillas.

Corrió entre la multitud que temblaba de miedo, atravesando el humo que ya levantaba el fuego bajo mis pies, y saltó al escenario.

Las tablas se estremecieron con un peso, parado en cuatro patas era casi de mi tamaño.

Hermoso y fiera. Lo amaba.

No perdió tiempo en palabrerías, su odio se manifestó cuando le arrancó el brazo a Ághata, que gritó como una cerda en el matadero.

La sangre salpicó activando mi propia violencia, mis manos ya se zafaban de las sogas.

Vi las fauces abiertas de Alan ir a por la cabeza de la mujer que cayó sentada de golpe en el suelo, orinándose e implorándole.

Sacándole todas sus supuestas buenas acciones del pasado.

Pero por supuesto, el Sr. Fenir no se quedaría así.

—¡ÁGHATA! —lo escuché rugir y giré mi atención a él.

Se llevaba la mano al pecho en un gesto sospechoso.

¡Iba a hacer algo y no podía dejarlo!

“¡AHORA ROUSSE, MERIDIANA!”

Di la orden que mi general estaba esperando.

A través del humo lo vi surgir del suelo detrás de ese traidor y “su hija”, ocupada por Meridiana, se removió en sus brazos, sacando la daga escondida para hundirla en su pecho.

A mi lado, un grito de agonía resonó y vi rodar la cabeza de Aghata sobre la madera manchada de hollín.

Las fauces de Alan goteaban su sangre, sus ojos lobunos clavados en mí.

Solo me entretuve un segundo, queriendo acercarme a él, pero un grito desde el balcón me hizo reaccionar.

—¡MERIDIANA! —escuché el alarido de Rousse mientras una onda blanca de energía proveniente de ese anciano enviaba el cuerpo de “Celia” a volar desde esa altura tan peligrosa.

—¡NO! —grité corriendo sin dudarlo.

Como en cámara lenta, descubrió a Meridiana cayendo por el borde, aun dentro del cuerpo de Celia.

Parecía aturdida por recibir de frente el choque de poder del hechizo.

Los ojos de Celia se iban tornando blancos, como si Meridiana gritara desde el interior, pero inevitablemente caía al abismo.

Esa imagen, el perder a su ser amado, a su hembra, hizo explotar dentro del general recuerdos que habían sido reprimidos a la fuerza.

Con en un flashback a velocidad rápida se vio a sí mismo, cuando aún era un hombre lleno de vitalidad y bondad.

Vivía en una aldea media oculta entre las montañas, un refugio a salvo del mal que azotaba ese reino.

Resulta que era un Elemental y, a pesar del odio hacia los seres sobrenaturales, él tenía fe en la paz entre especies.

Tanto era así que poco a poco se hizo amigo de un joven vampiro perezoso que un día visitó su taller para pedir dos espadas.

Zarek era un adicto a los guisos de su hembra, iba a gorronearle la comida como si lo estuviesen matando de hambre en su casa.

Su amistad pronto trajo problemas en la aldea, no veían con buenos ojos que un vampiro los hubiese encontrado.

Se temían que atraería el peligro y así mismo fue.

Rousse fue muy ingenuo e incluso Zarek subestimó la maldad de los seres sobrenaturales y la desobediencia a las órdenes de la corona.

En las sombras, las viejas prácticas de esclavitud se mantenían.

Rousse llegó un día de cacería para encontrar su aldea envuelta en llamas y a las mujeres robadas junto con los niños y jóvenes apuestos.

Los pocos sobrevivientes lo maldijeron en cuanto lo vieron aparecer, culpándolo de atraer a los vampiros.

Rousse miró a los cadáveres de las personas conocidas, de sus amigos, y sintió que de verdad había pecado en contra de los suyos.

Pero cuando llegó a su casita de madera, con la puerta colgando de las bisagras y el fuego lamiendo las paredes y el techo, todo su mundo se vino abajo.

Su hembra, su mujer embarazada, había sido llevada prisionera, junto con las otras, a la mansión de esos degenerados vampiros.

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