NARRADORA
—¡Maldita sea, no, no! ¡Criaturas inútiles!
Frederick rugió al ver a sus “hijos” ser masacrados.
Tampoco había podido crear tantos, robar esa magia corrupta era muy difícil, aun esclavizando y controlando a las brujas.
Sin embargo, por muy fuertes que parecieran esas bestias, poseían un corazón viviente, que podía ser arrancado.
—No me puedo quedar aquí… —masculló presenciando su derrota y cómo ese ejército no moriría nunca.
Sus ojos rabiosos, llenos de ira y de envidia, se dirigieron hacia Victoria.
Debió haberla capturado para él.
Se había confiado, fue muy ingenuo y no le hizo caso a los instintos que le gritaban que esa vampira ocultaba sus poderes.
—Hija de puta desgraciada…
Su resentimiento era tanto que le dolía hasta el pecho.
Miró a los cuerpos de su hija y de su mujer, ni siquiera podía bajar a recogerlos y darles una sepultura digna.
Habían acabado con su familia y ahora lo orillaban a escapar, pero esto no se quedaría así.
Antes de que vinieran a por él, dio la espalda y comenzó a correr hacia el interior de la fortaleza.
Conocía cada resquicio como la palma de su mano, así que pronto se escondió en los pasadizos secretos, directo a su recámara, donde lo esperaba su arma definitiva.
Esa que descubrió en un golpe de suerte.
«Muchos años atrás, buscando una salida, había excavado un túnel que dio a una habitación desconocida.
Lúgubre, con velas negras encendidas en un ambiente raro y una caja de madera reposando en el medio de la estancia, sobre un pedestal.
Había abierto un agujero pequeño y a duras penas salió por él. Mira que cavaban y no encontraban la puñetera salida de esta prisión.
Miró a todos lados, asustado, juraría que eso estaba lejos del ala de los Amos, entonces ¿qué representaba este cuarto?
Presentía como si algo lo hubiese guiado hacia allí.
Se marchaba, listo para sellar el túnel, cuando sintió vibrar la caja antigua.
Miró hacia el pasillo oscuro que llevaba a la puerta de entrada y luego de regreso a la caja.
Podía ser sorprendido en cualquier instante.
Pero tomando el riego, Frederick se acercó movido por la curiosidad y algo poderoso tirando de él.
Sus dedos se estiraron lentamente y, cuando abrió la tapa, lo que encontró dentro lo dejó sin habla.
Sobre un cojín de terciopelo oscuro yacía una máscara horrible.
Era como si hubiese sido confeccionada a partir de pedazos de rostros de mujeres.
Algunas jóvenes, otras de piel arrugada, runas tatuadas se extendían por cada trozo de piel, conectándolas.
Los labios cuarteados y cosidos con hilo negro, los párpados cerrados.
Sin embargo, Frederick, a pesar de no saber de magia, podía sentirlo… el inmenso poder que desprendía esta extraña máscara.
Se acercó un poco, más y más, hasta casi tocarla nariz con nariz, cuando esos ojos aparentemente muertos se abrieron de golpe.
Uno gris como los de una anciana casi ciega y el otro negro como la noche más oscura, brillante y joven.
El grito se le quedó atascado en la garganta, la mano le tembló a punto de cerrar la caja, pero esos ojos de diferentes colores le gritaban en silencio.
Veía la imagen en su mente de él mismo, colocándose esa reliquia viviente en la cara después de alimentarla con su sangre.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Rey Lycan y su Oscura Tentación
Alguien puede ayudar con este problema de no poder desbloquear los capítulos!...
No puedo desbloquear Moras capitulea y tanto monedas!...