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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 101

Al día siguiente, al caer la tarde…

—¿Cuál es la urgencia, Víctor? Nos hiciste dejar todo a medias —preguntó Fernando, dejando su chaqueta sobre el sofá mientras recuperaba el aliento.

Víctor no esperó a que se sentaran. Tenía la mirada encendida, una chispa que no le veían en años.

—Fer, Daniel… Amanda está embarazada. ¡Voy a ser papá! —soltó el grito y, sin darles tiempo a reaccionar, se lanzó encima de ellos en un abrazo grupal que casi los manda al suelo.

—¡Cálmate, Grimaldi! Que te va a dar un soponcio antes de que nazca la criatura —dijo Daniel, riendo mientras intentaba zafarse del agarre de oso de su amigo.

—No puedo calmarme, estoy demasiado emocionado —confesó Víctor, finalmente soltándolos, pero sin dejar de caminar de un lado a otro.

Fernando le dio una palmada fuerte en el hombro, conmovido.

—Realmente te felicito, hermano. No te veía tan contento desde aquella primera vez que estuviste con Amanda... ya sabes, cuando fingías ser Carlos.

Víctor se detuvo en seco y sonrió con una mezcla de triunfo y alivio.

—Esa es otra cosa que me tiene en las nubes. Amanda por fin se olvidó de él. Por fin el disfraz de Carlos se desvaneció. Me menciona a mí, me busca a mí, me quiere a mí... Finalmente le gané la batalla a mi propio yo.

—Vaya, hasta que la cordura tocó a su puerta —ironizó Daniel, cruzándose de brazos—. Ya era hora de que dejaras de competir con un disfraz.

—Pero bueno, ahora que vas a traer a un mini-Víctor al mundo, esto merece ir por un trago.

Fernando asintió de inmediato, pero notó que Daniel fruncía el ceño y consultaba su reloj de reojo.

—¿Te pasa algo, Daniel? ¿No quieres celebrar con nosotros? —le preguntó Víctor, notando la distracción.

—No es eso, es solo que… tengo un compromiso previo.

Víctor arqueó una ceja, conociendo bien las andanzas de su amigo.

—¿Compromiso? ¿O es que pensabas ir al club privado?

Daniel se encogió de hombros con una sonrisa de suficiencia.

—Pues… sí. Tenía planes de "esparcimiento".

—¿Cuál club? ¿De qué me perdí? —preguntó Fernando, confundido.

—Pues el señor aquí presente —señaló Víctor con cautela—, resulta que se ha vuelto cliente frecuente de un nuevo club para caballeros, porque le gusta una mujer que conoció allí.

Fernando soltó una carcajada incrédula.

—¿Una puta, Daniel? ¿Es en serio? ¿El gran soltero cayendo en los encantos de una mujer de vida nocturna?

Daniel rodó los ojos y soltó una risa seca, cargada de cinismo.

—No es que me guste, me encanta, que es diferente. Pero bajen sus humos morales: es para intimar, no piensen que me voy a enamorar. Tampoco la quiero para casarme; no soy como ustedes, que sus mujeres los tienen sometidos y pidiendo permiso hasta para respirar. Yo prefiero pagar por el placer y ahorrarme el drama del "te amo".

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