El eco de la respiración agitada aún flotaba en la habitación, mezclado con el aroma a perfume y el rastro del deseo recién consumado.
Alexander se estiró sobre las sábanas de seda, sintiendo una ligereza casi desconocida.
Melissa tenía ese don; sabía exactamente dónde presionar, qué decir y cómo moverse para que él olvidara, aunque fuera por una hora, la guerra fría que libraba en el mundo de los negocios.
Para él, ella era el escape perfecto, la válvula de escape a una rutina asfixiante. Sin embargo, el destino tiene una forma retorcida de interrumpir el descanso.
Melissa, envuelta en una bata de seda que apenas cubría lo necesario, caminaba hacia el baño, ansiosa por el calor del jacuzzi.
Alexander, aún en un estado de sopor placentero, se incorporó para buscar su saco, que había quedado tirado en una silla.
Al levantarlo, el peso de su teléfono provocó un movimiento torpe; una notificación vibró con insistencia y, en el forcejeo por silenciarla, su billetera resbaló al suelo, abriéndose de par en par.
De entre los compartimentos de cuero, una pequeña tarjeta de presentación se deslizó con elegancia, quedando boca arriba sobre la alfombra.
Era una tarjeta sencilla, de papel texturizado, con un escudo discreto en relieve.
Melissa se detuvo de golpe.
Sus ojos, antes nublados por la pasión, se afilaron como puñales al leer el nombre impreso. Se agachó, recogió la tarjeta y se giró hacia él. Su rostro había perdido todo rastro de color.
—¿Amanda de Grimaldi? —preguntó, con una voz que oscilaba entre la incredulidad y el espanto—. ¿Tú conoces a esta mujer, Alexander?
Alexander, detectando el cambio de voltaje en el aire, se obligó a mantener la calma. Se frotó la nuca, fingiendo una indiferencia que no sentía.
—Es una mujer de mi círculo, Melissa. La conocí en una fundación hace un tiempo —mintió a medias, restándole importancia con un gesto de la mano—. Relaciones públicas, ya sabes cómo es este mundo. Nada del otro mundo. ¿Por qué esa cara? Parece que hubieras visto un espanto.
Melissa no soltó la tarjeta. Sus dedos estaban blancos.
—No es un espanto, Alexander. Es la esposa de Víctor.
Alexander fingió una sorpresa, aunque por dentro sus sentidos se pusieron en alerta máxima.
Él odiaba a Víctor Grimaldi con una intensidad que rayaba en la obsesión.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...