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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 103

Unas horas más tarde, en la planta baja del exclusivo hotel, el ambiente era mucho más distendido, aunque no menos cargado de tensión emocional.

Daniel y Brenda compartían una mesa en un rincón discreto del bar.

La luz de las velas bañaba el rostro de Brenda, resaltando el brillo en sus ojos mientras reía ante una ocurrencia de Daniel.

Habían pasado las últimas dos horas hablando de todo y de nada: de sus ambiciones, de sus miedos absurdos y de esa conexión magnética que ambos sentían pero que ninguno se atrevía a nombrar del todo.

—A veces pienso que este mundo es demasiado ruidoso —decía Daniel, acariciando el borde de su copa de vino—. Todos corren detrás de algo que no saben qué es. Estar aquí, conversando contigo... es como si el reloj se hubiera detenido.

Brenda sonrió, dejando que su mano rozara la de él sobre el mantel.

—Es una pausa necesaria, Daniel. Me gusta cómo ves las cosas. No eres el típico hombre de negocios que solo habla de dividendos y adquisiciones. Tienes algo... diferente.

—¿Diferente bueno o diferente extraño? —bromeó él, acercándose un poco más.

—Diferente de los que valen la pena conservar —respondió ella con una mirada que decía mucho más que sus palabras.

El momento era perfecto, casi mágico, hasta que Daniel, al girar levemente la cabeza hacia la entrada principal, vio una figura familiar que salía del ascensor con un aire de grandeza que le revolvió el estómago.

Era Alexander Donovan. Salía solo, ajustándose los puños de la camisa, con una expresión de triunfo que Daniel conocía bien. Melissa, se había quedado arriba.

Daniel frunció el ceño, su mandíbula se tensó instintivamente.

—¿Qué hace ese tipo aquí? —murmuró, más para sí mismo que para Brenda.

Brenda siguió su mirada y vio a Alexander cruzar el vestíbulo hacia la salida.

—¿Lo conoces? —preguntó ella, notando el cambio de humor en Daniel.

—Lamentablemente sí. Es Alexander Donovan... un empresario multimillonario, pero de esos que te dejan un sabor amargo después de hablar con ellos. Es una persona molesta, ambiciosa y, sinceramente, peligrosa en el sentido moral de la palabra. Verlo aquí solo significa es uno más del montón el pendejo ese.

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