Con algo más que el corazón endurecido, Daniel no tuvo más remedio que tragar grueso, volver a la suite del Club Escape y mojar la brocha.
No aguantaba más. Llevaba todo el santo día con la mente metida entre las piernas de Brenda y negarlo ya era una estupidez.
Apenas cerró la puerta a sus espaldas, no hubo tiempo para charlas ni para fingir modales de caballero.
Daniel la agarró por la cintura y la sentó de golpe sobre el frío tocador, tirando al suelo un par de frascos de perfume.
Brenda ni siquiera se inmutó; al contrario, enredó las piernas alrededor de su cadera y le jaló el cabello con una rapidez que a Daniel le nubló la razón.
Fue una locura. Sin la suavidad de la primera vez, sin sábanas de seda de por medio. Era pura fricción, sudor y piel chocando contra piel a un ritmo salvaje.
Daniel la devoraba con una intensidad que le quemaba la sangre, empujando con fuerza mientras ella se aferraba al borde del mueble, soltando gemidos que repicaban en toda la habitación.
No estaban haciendo el amor, se estaban desquitando de las ganas acumuladas, fundiéndose en un choque eléctrico que los dejó a los dos temblando, sin aliento y completamente empapados en sudor.
Minutos después, ya en la cama y recuperando el aire, Daniel se acomodó a su lado.
—Eres divina —dijo, dándole un beso suave en el hombro desnudo, todavía fascinado con la textura de su piel.
Brenda giró la cabeza en la almohada y lo miró de reojo, con una sonrisa ladeada y el maquillaje un poco corrido.
—Tú también, no lo haces nada mal para ser un hombre de oficina.
Daniel soltó una carcajada, acomodándose mejor contra las almohadas, sintiendo que el ego se le inflaba un poquito.
—No es por presumir, preciosa, pero mi mamá siempre le decía a las vecinas que yo era un niño con un talento bárbaro para las manualidades... aunque dudo muchísimo que mi pobre madre se refiriera a esto —bromeó, guiñándole un ojo.
Brenda se echó a reír con ganas, una risa genuina que le iluminó el rostro por completo.
—Y tienes un sentido del humor envidiable. Cualquiera que te viera de lejos diría que eres el hombre perfecto.
—Pues lo soy. Soy muy descomplicado, me gusta pasarla bien y la vida es una sola... —Daniel suspiró, sentándose en el borde del colchón para empezar a buscar su ropa—. Lástima que ya me tengo que ir.
Mientras se abotonaba la camisa, rebuscó en el bolsillo de su saco y sacó una pequeña tarjeta blanca con letras doradas en relieve.
Se inclinó y se la dejó sobre la mesita de noche, justo al lado de la mano de ella.
—Llámame. Para vernos en otro lugar que no sea este club de mierd4.
Brenda miró la tarjeta con el logo de la Corporación Grimaldi y luego lo miró a él, arqueando una ceja, volviendo a ponerse su coraza de indiferencia al instante.
—¿Para qué? ¿Para ir a follar a un hotel más caro?
Daniel frunció el ceño, sintiéndose repentinamente ofendido, aunque sabía que ella tenía sus razones.
—No, precisamente. No me malentiendas, Brenda. Solo digo que podríamos tomar algo, salir...
—Tranquilo, Daniel. Yo sé perfectamente lo que soy —lo cortó ella, sentándose en la cama y tapándose el pecho con la sábana, marcando una distancia invisible pero gigante entre los dos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...