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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 106

Pasaron un par de días y Víctor simplemente no podía dejar pasar más tiempo para la visita al doctor.

Estaba tan feliz e impaciente que parecía un niño pequeño; necesitaba saber que todo con el embarazo iba perfectamente bien.

Iban rumbo a la clínica privada para ver al ginecólogo, y esta vez era Víctor quien conducía su camioneta, con una mano firme en el volante y la otra entrelazada con la de Amanda.

—Ya casi llegamos, cariño —advirtió él, dándole un suave apretón en los dedos al notar cómo ella movía la pierna por los nervios.

Minutos después, cruzaron las puertas de la clínica.

Se sentaron en la sala de espera, y el silencio entre los dos estaba cargado de una expectativa gigante.

Víctor se giró hacia ella, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar.

—Amanda, he estado pensando mucho en estos días —comenzó Víctor, mirándola directo a los ojos, sin una gota de duda—. Ya no tiene ningún chiste que sigamos a medias o que pases días en mi apartamento y otros conmigo. Vamos a ser papás. Quiero irme a vivir a la mansión definitivamente.

Amanda sintió que el pecho se le inflaba de calor. Atrás quedaban las inseguridades y las barreras que habían construido.

—Sí, Víctor. Múdate conmigo —aceptó ella encantada, regalándole una sonrisa radiante que a él le iluminó el rostro.

No tuvieron tiempo de decir más, porque la secretaria del doctor salió por la puerta blanca.

—Señora Grimaldi, el doctor ya los espera. Pasen, por favor.

Entraron al consultorio, que estaba a media luz.

El doctor, un hombre mayor y amable, los saludó con un apretón de manos y no perdió el tiempo. Le pidió a Amanda que se recostara en la camilla y le descubrió el vientre.

—Bueno, vamos a ver a ese pequeño milagro —dijo el médico, aplicando un gel frío que hizo a Amanda dar un respingo.

Pasó el transductor por su piel y, de inmediato, la pantalla frente a ellos cobró vida en tonos grises.

Víctor se acercó tanto a la camilla que casi chocaba con el médico, con la respiración agitada y los ojos fijos en el monitor.

—Ahí lo tienen —señaló el doctor con el dedo hacia una pequeña manchita borrosa que latía a un ritmo frenético—. Ese parpadeo rápido que ven ahí es el corazón de su bebé. Todo se ve en perfecto orden.

Amanda se llevó las manos a la boca, soltando un sollozo de pura felicidad, mientras una lágrima le rodaba hasta la oreja.

Víctor le besó la frente, apretando los ojos con fuerza para no llorar frente al médico, aunque la voz le salió completamente ronca.

—¿Se puede saber qué es, doctor? ¿Es niño o niña? —preguntó Víctor, ansioso.

El médico soltó una carcajada y le pasó unas toallas de papel a Amanda.

—Tranquilo, señor, va muy rápido. Está muy pequeñito todavía. Para ver el sexo tendremos que esperar hasta la semana dieciséis o veinte. Por ahora, lo importante es que el embarazo va bien.

Minutos después, salieron de la clínica flotando en una nube.

La emoción era tan grande que decidieron no ir a la constructora ni a la corporación. Se escaparon a uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad para celebrar.

Pidieron los platos favoritos de Amanda y brindaron con copas de agua mineral.

Hablaban de nombres, de cómo iban a decorar la habitación en la mansión, de la ropa que comprarían.

Eran simplemente un par de futuros padres desbordando amor, ajenos al mundo exterior.

Hasta que el celular de Víctor vibró sobre el mantel blanco. Era Fernando.

—No lo sé, Amanda, pero te juro que voy a rodar cabezas —gruñó Víctor, poniéndose de pie y dejando un fajo de billetes sobre la mesa sin siquiera pedir la cuenta—. Tenemos que irnos de aquí ya mismo.

La salida del restaurante fue un completo caos.

Apenas empujaron las puertas para salir a la calle, una ráfaga de flashes los cegó por completo.

Una docena de reporteros y paparazzis ya los estaban esperando en la acera, como buitres acechando.

—¡Señor Grimaldi! ¡¿Es cierto que tiene un hijo escondido?!

—¡¿Su esposa estaba al tanto de esta doble vida?!

—¡Amanda, unas palabras! ¡¿Qué opina del hijo ilegítimo de su marido?!

Los gritos se mezclaban en un ruido ensordecedor.

Los micrófonos casi les golpeaban la cara. Víctor rodeó a Amanda con un brazo protector, pegándola a su pecho, usando su propio cuerpo como escudo para evitar que los reporteros la empujaran.

—¡Atrás! ¡No voy a dar ninguna declaración, háganse a un lado! —rugió Víctor, empujando una cámara que se acercó demasiado.

La seguridad de Víctor intervino justo a tiempo.

Tres hombres enormes apartaron a la prensa a empujones, abriéndoles paso hasta la camioneta.

Víctor subió a Amanda, dio la vuelta al auto y aceleró a fondo, dejando atrás el caos de flashes.

—Esto no puede estar pasando... justo ahora —murmuró Víctor desconcertado.

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