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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 108

Víctor respiró hondo frente a la puerta del departamento, soltando el aire despacio para tratar de controlar la ira ardiente que lo consumía por dentro.

Acomodó su saco y tocó el timbre. No podía, bajo ninguna circunstancia, dejar que el pequeño Mattias lo viera convertido en una fiera.

Cuando la puerta se abrió, el niño estaba jugando en la alfombra de la sala con unos bloques de juguetes.

Al ver a Víctor, tiró los juguetes al suelo y corrió hacia él con sus piernitas regordetas y tambaleantes.

—¡Mi hijo hermoso! Cada día estás más grande y fuerte... —exclamó Víctor, agachándose de inmediato para atraparlo en el aire.

Lo levantó con muchísimo cuidado, llenándole las mejillas de besos, dejando que la risa del niño le apaciguara un poco el infierno que traía en la cabeza.

El niño lo miraba con esos ojitos oscuros, sonreía a carcajadas y le tocaba la cara con sus manitos suaves mientras balbuceaba con alegría:

—Pa... papá...

Apenas tenía dos años, pero para Víctor, ese pequeño era un pedazo de su corazón.

Melissa observaba desde el otro extremo de la sala, cruzada de brazos y con una ceja arqueada.

Melissa lo conocía de sobra.

Aunque le sonreía al bebé, se le notaba a leguas que estaba a punto de estallar y que no venía en plan de visita. Sin perder tiempo, le hizo un gesto directo a la niñera que esperaba en el pasillo.

—Llévate al niño a su cuarto, por favor. Y cierra la puerta —ordenó con frialdad.

Víctor le dio un beso rápido a Mattias y se lo pasó a la muchacha sin decir nada. En cuanto el niño desapareció por el pasillo y la puerta se cerró, se le acabó la paciencia.

La cara de papá tierno se esfumó en un segundo, y le clavó a Melissa una mirada tan dura que la hizo dar un paso atrás.

—Quiero saber si tú tienes absolutamente algo que ver con esta porquería —soltó Víctor, yendo directo al grano.

Sacó su teléfono móvil del bolsillo del pantalón y se lo plantó en la cara.

La pantalla iluminada mostraba el titular de los portales de chismes. Melissa miró la pantalla, parpadeando un par de veces, y luego lo miró a él, abriendo mucho los ojos.

—No... Por supuesto que no —negó ella de inmediato.

—Dime la verdad, Melissa. Te lo pido por favor. No quiero gritar, no quiero pelear y muchísimo menos con el niño a escasos metros de aquí. Pero no me trates como a un idiota.

—Te lo juro, Víctor... —suplicó ella, con la voz un poco más aguda por el nerviosismo—. ¿Cómo haría yo algo así?

—¿Y lo dices así, tan tranquilo? —le reclamó, con la voz quebrada—. ¡Si hasta no hace mucho tiempo atrás pensabas divorciarte de ella! ¡Me decías que no la soportabas!

—Cambiaron los planes, Melissa —la cortó Víctor, con un tono tajante—. A Amanda la amo. Me enamoré de mi esposa y es la mujer con la que voy a formar mi verdadera familia.

Una lágrima solitaria rodó por la mejilla de Melissa, pero no era de tristeza; era una lágrima cargada de una ira hirviente que le quemaba la garganta.

—Eres un miserable, Víctor Grimaldi... —escupió ella con asco, apretando los puños.

—Ya deja el drama, ¿quieres? No estoy para tus shows —le advirtió Víctor, guardando su teléfono y dándose la vuelta para caminar hacia la salida—. Ahorita lo único que me ocupa es dar con el responsable de esta nota. Y escúchame muy bien lo que te voy a decir: si mis investigadores descubren que fuiste tú la que filtró esto, te juro por mi vida que te quito al niño y te mando a deportar para que no vuelvas a pisar este país jamás.

Víctor salió del departamento dando un portazo que hizo temblar las paredes.

Melissa se quedó sola en medio de la sala, completamente desconcertada y temblando de rabia.

Se abrazó a sí misma, con la mente trabajando a mil kilómetros por hora y el corazón latiéndole apresurado.

Porque la verdad que la tenía aterrada... era que realmente ella no había sido la responsable.

—Entonces... ¿Cómo demonios llegó esa información a la prensa? —murmuró al vacío.

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