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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 118

En la sala solo se escuchaban los quejidos de Brenda. Estaba tirada en el piso, agarrándose el estómago con las dos manos mientras la sangre empapaba la alfombra.

Melissa dio unos pasos hacia atrás, casi tropezándose con sus tacones. Se miró las manos rojas y empezó a temblar.

El puñal se le resbaló de los dedos y cayó al suelo con un golpe seco que la hizo pegar un brinco.

—Dios mío... ¿qué hice? —susurró, sintiendo que el pánico le cerraba la garganta y le quitaba el aire.

No quería matarla, no había ido hasta allí con esa intención. Fue un arranque de furia ciega, pero ver a su amiga desangrándose frente a ella la paralizó de terror.

Si Brenda moría, la policía no tardaría en llegar.

Perdería a Víctor, perdería los lujos, la vida perfecta que había construido a base de mentiras, y terminaría pudriéndose en una cárcel.

Con los dedos resbaladizos y torpes, rebuscó el celular dentro de su bolso.

Marcó con urgencia el único número que sabía que podía sacarla de un problema tan grave, rezando para que le contestara. Al segundo tono, la línea se abrió.

—Jake... —la voz le salió como un hilo roto y agudo.

—¿Qué quieres, Melissa? Estoy ocupado —respondió él al otro lado, con su habitual tono áspero.

—Cometí un disparate, Jake. Tienes que ayudarme, por favor... apuñalé a Brenda.

Hubo un segundo de silencio en la línea, tan profundo que Melissa creyó que le habían colgado, antes de que Jake estallara.

—¿Qué hiciste? ¡¿En qué carajos estabas pensando, Melissa?! —rugió él, perdiendo por completo la compostura y la frialdad que lo caracterizaban—. ¿Qué te hizo esa mujer para que perdieras la cabeza así?

—¡Pues luego hablamos de eso! —chilló ella, llorando abiertamente por la desesperación y el miedo—. Ven al apartamento de ella, por favor. Está perdiendo mucha sangre, tenemos que llevarla a un hospital rápido o se va a morir aquí mismo. Ven rápido, te lo ruego, ayúdame.

Jake soltó una fuerte maldición por lo bajo, arrastrando las palabras con pura rabia.

—No toques nada más. Ya salgo para allá.

Los minutos que siguieron fueron un martirio.

Melissa caminaba en círculos por la sala, llorando en silencio, mirando el cuerpo de Brenda cada tres segundos para asegurarse de que su pecho aún subía y bajaba.

Quince minutos después, la puerta se abrió de golpe. Jake entró seguido de Mario, uno de sus hombres de mayor confianza.

Jake echó un vistazo rápido a la escena, con la mandíbula apretada.

Vio a Brenda casi inconsciente en el suelo y luego a Melissa, que parecía un animal arrinconado contra la pared.

—Vamos, Mario, no hay tiempo que perder —ordenó Jake—. Hay que cubrirla muy bien para que no se le note la sangre en los pasillos. Tenemos que sacarla de aquí sin que los vecinos nos vean.

Mario asintió sin hacer preguntas. Desdobló una manta oscura y gruesa que traían preparada especialmente para la emergencia.

—Vamos, ayúdame a levantarla con cuidado —le dijo Mario a Jake.

Mientras la envolvían, Melissa se acercó temblando, agarrándose la cabeza con desesperación.

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