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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 12

Víctor la llevó en brazos hasta la inmensa cama y la recostó sobre las sábanas con una delicadeza que contrastaba con el fuego oscuro de su mirada.

Amanda quedó tendida, retorciéndose un poco bajo él con una sensualidad natural que lo dejó sin aliento.

El vestido rosa se le había subido por encima de los muslos, revelando esa piel suave que él tanto deseaba.

Él se inclinó sobre ella y, con un movimiento rápido y seguro, se deshizo de la poca lencería que la cubría, lanzándola al suelo. No perdió un solo segundo.

Bajó por su vientre y empezó a lamer dentro de su coño, sabiendo exactamente cómo tocarla.

Amanda sintió una ola de calor trepándole por todo el cuerpo.

—¡Oh, por Dios! —exclamó ella, arqueando la espalda, totalmente excitada.

Él la estaba llevando poco a poco a la cima del cielo. Víctor estaba fascinado; la entrega de Amanda, su coño era divino, húmedo y exquisito.

Sabía cómo hacerla perder la cabeza con el roce de su lengua dentro del clítoris.

—Qué rico... —jadeó ella, ahogándose en su propio deseo.

Víctor no se detuvo. Subió de nuevo, apartando la tela del vestido para liberar por completo sus pechos.

Se enfocó en sus pezones, acariciándolos y chupándolos con deseo.

Era lo que más le atraía en ese momento, sentir cómo ella respondía a su boca mientras sus dedos penetraban dentro de su coño, dándole un placer completo.

—¿Te gusta, cariño? —murmuró él contra su piel.

—Me encanta.

Con la respiración acelerada, Víctor se deshizo de su chaqueta y de los pantalones, quedándose solo con la camisa negra entreabierta.

Se acercó a ella, con su polla erecta mostrando la dureza de su deseo. Amanda entendió el juego al instante.

El fuego de la suite la había desinhibido por completo; no perdió tiempo, se acomodó y se dejó llevar por el atrevimiento, probando su polla con la calidez de su boca.

Lo hizo con tantas ganas, tan rico, que Víctor sintió que los músculos se le paralizaban ante tanta exquisitez.

—Joder... —gruñó él, enredando los dedos en el cabello castaño de su esposa, casi al borde del abismo.

La pasión los superó a los dos. Amanda necesitaba sentirlo por completo. La ansiedad la estaba consumiendo.

—Ahora métemelo. Quiero sentirte ya —le exigió.

Víctor sonrió, acomodándose sobre ella, y obedeció, llenándola de un solo empuje profundo.

La sensación fue tan abrumadora, tan maravillosamente intensa para Amanda, que echó la cabeza hacia atrás y gritó lo primero que le dictó el rencor y el placer combinados:

—¡Mil veces maldito, Víctor!... Ah, me encanta, Carlos.

Víctor se quedó helado por un segundo, observándola con una mezcla de rareza y desconcierto mientras ella mantenía los ojos cerrados, disfrutando de cada embestida.

—¿Cariño? —la llamó con desconcierto.

Amanda abrió los ojos y se encontró con esa mirada oscura que la devoraba con pura lujuria, haciéndola sentir más viva que nunca.

—Sigue... quiero que pase el dolor —le pidió ella, aferrándose a sus hombros—. Fóllame duro. Párteme en dos.

Lo soltó sin una sola gota de pudor. Esa frase, combinada con la rabia de que lo hubiera maldecido a él mismo en pleno éxtasis, hizo que Víctor perdiera los estribos.

Llevado por un arranque animal, la tomó por las caderas, la hizo girar sobre el colchón poniéndola en cuatro, y empezó a darle con toda su fuerza.

Aceleró el ritmo como un jinete desbocado.

El sudor les resbalaba por la espalda mientras él la embestía con fiereza, apretándola tan fuerte que sabía que le dejaría marcas visibles en la piel.

Capítulo 12. Bendita Oscuridad. 1

Capítulo 12. Bendita Oscuridad. 2

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