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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 121

El salón principal del club ya comenzaba a vaciarse, quedando apenas un leve eco de las conversaciones y el tintineo de la cristalería.

Víctor se acercó a Amanda, quien se había quedado de pie junto a la gran maqueta, con la mirada clavada en el vacío y una tensión evidente que le ponía rígida la espalda.

—Ya tenemos que irnos, cariño —murmuró Víctor, pasándole el brazo por la cintura, listo para llevarla a casa.

Ella se apartó de inmediato, como si el simple roce de sus dedos le quemara la piel a través de la fina tela del vestido.

Lo miró con una seriedad y una frialdad que lo asentó por completo.

—Tenemos que hablar muy seriamente —soltó Amanda, con la voz apretada en la garganta.

Víctor frunció el ceño, totalmente confundido por el cambio repentino de actitud.

—¿De qué, Amanda? ¿Qué sucede? Todo salió a la perfección.

—Mejor cuando estemos fuera de aquí. No voy a hacer una escena frente a toda esta gente ni a arruinar el evento.

El tono cortante encendió todas las alarmas en la cabeza de Víctor.

Miró de inmediato hacia la puerta por donde había desaparecido Alexander Donovan y luego volvió a fijar sus ojos escrutadores en su esposa.

—Pero dime qué pasó. ¿El idiota de Donovan te dijo algo en mi contra? ¿Te faltó al respeto? Porque si es así, te juro que lo busco ahora mismo y...

—¡Salgamos de aquí! —gritó ella rabiosa, cortándolo de tajo, sin importarle en absoluto que un par de accionistas rezagados voltearan a mirarlos—. Llévame a casa. Ahora.

El trayecto comenzó en un silencio ensordecedor.

El ambiente dentro del auto de lujo era tan espeso que parecía robarles el oxígeno. Víctor apretaba el volante con fuerza, con los nudillos blancos, mirando a Amanda de reojo cada cinco segundos.

Ella iba con la vista fija en la ventana, con los brazos cruzados sobre el vientre y la respiración notoriamente agitada.

A mitad de camino, Víctor no pudo soportar más la incertidumbre. Frenó de golpe, orillando el auto de manera brusca en una calle apartada, y apagó el motor de un manotazo.

—Ya basta —soltó él, girándose hacia ella en su asiento—. Dime qué carajos te pasa. Estábamos perfectos hace media hora, la presentación fue increíble, estabas feliz, y de repente me tratas como si fuera tu peor enemigo. Habla de una vez, Amanda.

Ella volteó a mirarlo. Tenía los ojos cristalizados, pero mantenía la barbilla en alto.

—¿Una presentación increíble? —repitió ella con una risa amarga y carente de todo humor.

Él parpadeó, y por un microsegundo, su postura implacable vaciló.

Amanda sintió como si le hubieran dado un golpe directo en el estómago. Cerró los ojos con fuerza, recostando la cabeza en el asiento, procesando la caída de su propia mentira.

—Dios mío... —susurró con la voz quebrada—. Qué humillación tan grande. Todo este tiempo creí que mi esfuerzo valía algo en ese mundo, que alguien realmente había visto mi capacidad. Pero solo fui un caso de caridad de mi propio marido.

—¡No digas estupideces, jamás fue caridad! —Víctor estiró la mano para tomarla de los hombros, pero ella lo rechazó con violencia—. Amanda, escúchame bien. Nuestro matrimonio se estaba cayendo a pedazos en ese momento y yo estaba desesperado por ayudarte.

—¡Y decidiste comprarme una carrera! —le reprochó ella, mirándolo con puro resentimiento—. ¡Decidiste arreglar tus problemas de pareja manipulando mi vida profesional!

—¡Decidí darte la oportunidad que Reyes jamás te iba a dar porque eras inexperta! —replicó él, alzando también la voz para defenderse—. Tu talento es real, joder. Yo vi esos planos, sabía que eran brillantes. Reyes no iba a arriesgarse, así que le quité el riesgo financiero de encima. Yo puse el dinero y él la cara. Quería verte triunfar, Amanda, quería que tuvieras un motivo para sonreír de nuevo.

—¡Me robaste el mérito de mi propio trabajo! Me mentiste en la cara durante estos meses. Me dejaste hacer el completo ridículo creyendo que me había ganado mi lugar, cuando en realidad tus amigos, tú y ratas como Donovan sabían que yo solo era la esposa mantenida jugando a la arquitecta.

—Esa obra es tuya. Tú la construiste, tu sudor está ahí, no mi dinero.

—Pero la puerta no la abrí yo, la pateaste tú —sentenció ella, con una frialdad absoluta—. Creí que habíamos dejado los secretos atrás. Creí que éramos un equipo de verdad.

Amanda se giró de nuevo hacia la ventana, dándole la espalda de forma definitiva.

—Arranca el auto. Y no me dirijas la palabra en lo que resta de la noche.

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