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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 122

Al llegar a la inmensa mansión Grimaldi, el ambiente seguía vibrando con la intensidad de la discusión en el auto.

El sonido de los neumáticos sobre la grava fue lo único que rompió el silencio mortal del trayecto. Amanda se bajó rápidamente, sin esperar a que Víctor le abriera la puerta.

Caminó a paso firme por el enorme vestíbulo de mármol, sintiendo que los tacones le pesaban una tonelada y con un nudo de frustración apretándole la garganta.

Víctor entró detrás de ella, cerrando las pesadas puertas de roble con un golpe sordo.

Estaba estresado, desesperado, pasándose ambas manos por el cabello sin saber qué más decir para justificarse ante la mujer que amaba.

—Amanda, por favor, espera un segundo —pidió él, alcanzándola en el centro de la inmensa sala de estar.

Víctor la miró fijo.

El azul gélido de sus ojos, que normalmente intimidaba a cualquier empresario, ahora reflejaba un miedo puro y palpable a perderla.

Tomó aire de forma profunda y temblorosa, dejando caer por completo su faceta de CEO inquebrantable.

—Es cierto... fui yo quien financió ese proyecto. Pero tienes que creerme, lo hice única y exclusivamente por amor a ti.

El silencio que siguió fue absoluto, pesado, solo interrumpido por la respiración agitada de ambos.

—Lo hice como una forma desesperada de resarcirme en ese momento —continuó Víctor, acortando la distancia pero sin atreverse a tocarla, como si ella fuera transparente—. Fui yo quien destruyó nuestro matrimonio al principio. Fui yo quien te abandonó emocionalmente cuando más me necesitabas, el idiota que te hizo sentir sola en esta misma casa. También fui quien, con sus celos y su actitud de mierd4, te obligó a buscar en otra parte lo que no hallabas aquí.

Su voz profunda, siempre tan segura y autoritaria, se quebró ligeramente al pronunciar esas últimas palabras.

Amanda se quedó paralizada, mirándolo de reojo con el corazón latiendo a un ritmo apresurado y doloroso.

Sus manos temblaban de forma incontrolable sobre su vientre mientras las lágrimas empezaban a acumularse rápidamente en sus ojos, nublándole la visión.

Víctor tragó saliva con dificultad y continuó, desnudando su alma por completo.

Amanda lo miró a través de sus lágrimas.

Veía al hombre que la había lastimado en el pasado, pero también al que había cambiado su mundo entero para hacerla feliz, al padre del bebé que crecía dentro de ella.

El resentimiento inyectado por Donovan se disolvió lentamente bajo la intensidad de esa confesión.

Soltó un suspiro largo y tembloroso, levantó las manos y las enredó en el cuello de su marido, apoyando la frente contra su pecho.

—Yo también te amo a ti, Víctor —susurró, con la voz afónica por el llanto retenido—. Te amo con toda mi alma. Pero prométemelo... no vuelvas a engañarme nunca más. No me escondas cosas, somos un equipo.

Víctor la envolvió en sus brazos con fuerza, aferrándose a ella como a un salvavidas, escondiendo el rostro en su cuello perfumado.

—Te juro que más nunca lo haré —sentenció, con una firmeza inquebrantable que sellaba un nuevo pacto entre los dos—. Nunca más.

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