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Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo. romance Capítulo 123

Al día siguiente, la ciudad despertó con una noticia que inundó cada rincón del mundo empresarial y de la alta sociedad.

Los titulares de la prensa matutina, tanto en los periódicos más prestigiosos como en los portales digitales de arquitectura, hablaban de una sola persona.

«Amanda de Grimaldi: La revelación del año», rezaba la portada de la revista Arquitectura y Diseño. «El talento que eclipsa el apellido: El nuevo imperio de Amanda Borbón», destacaba otro diario financiero.

Las fotografías del evento mostraban a una mujer radiante, segura de sí misma, presentando una maqueta impecable.

Los críticos no escatimaron en elogios.

Amanda era vista como una profesional brillante, una mente maestra que brillaba con luz propia, completamente independiente del inmenso poder de su marido.

El mundo la adoraba, el mercado exigía sus diseños y su prestigio se había elevado a niveles inalcanzables.

A varios kilómetros de distancia, en el ático de su corporación, Alexander Donovan arrojó la tableta electrónica contra la pared de su oficina.

El aparato se hizo añicos, cayendo sobre la costosa alfombra. Su respiración era errática y su rostro estaba enrojecido por la ira.

Su plan maestro había fracasado estrepitosamente.

Intentó sembrar veneno en el matrimonio Grimaldi y destruir la confianza de Amanda, esperando que ella hiciera un escándalo, que se derrumbara o que el evento fuera un desastre mediático.

En lugar de eso, la jugada le estalló en las manos. Ella salió más fuerte, más aclamada, y él había quedado como un simple y resentido espectador en la coronación de su rival.

De repente, el agudo tono de su teléfono privado rompió el silencio cargado de tensión de la oficina.

Donovan contestó de un zarpazo, viendo el nombre de su abogado en la pantalla.

—Más te vale que tengas buenas noticias, Alberto, porque no estoy de humor—escupió Donovan, caminando de un lado a otro.

—Señor Donovan, tenemos un problema sumamente grave —la voz del abogado temblaba al otro lado de la línea, algo inusual en un hombre tan experimentado—. Los tribunales acaban de notificarnos. El señor Víctor Grimaldi ha presentado una demanda en su contra. Los cargos son difamación agravada, sabotaje corporativo y acoso continuo.

Alexander Donovan palideció al instante. Sintió que el aire abandonaba sus pulmones, y tuvo que apoyarse en el borde de su escritorio de caoba para no perder el equilibrio.

—¿Qué diablos estás diciendo? —gritó, aferrando el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos—. ¿Cómo que acoso? ¡Es absurdo! ¡Si Amanda trabaja para mí!

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