La clínica en Beverly Hills era un oasis de paz, un mundo completamente distinto al caos corporativo que Víctor manejaba a diario.
Con sus luces tenues y música suave, la sala de ecografías parecía más la suite de un hotel de lujo que un consultorio médico.
Amanda estaba recostada en la camilla con su vientre de tres meses al descubierto.
Apenas era una pequeña curva, pero para Víctor ya se había convertido en el centro del universo.
—Relájate, mi amor —murmuró Víctor, acercando los dedos de Amanda a sus labios para depositar un beso cálido—. Todo va a estar perfecto.
Amanda le sonrió, sintiendo que los nervios se disipaban al instante.
—Lo sé —respondió ella, acariciando el dorso de la mano de su esposo—. Solo estoy un poco ansiosa. Ya quiero saber si voy a comprar ropa azul o rosa.
El doctor Harrison, un obstetra de renombre internacional con años de experiencia lidiando con las familias más reservadas y poderosas del país, entró a la sala con una sonrisa afable.
—Muy bien, señores Grimaldi, llegó el momento de la verdad —anunció el médico, sentándose frente a la máquina de ultrasonido de alta resolución—. Vamos a ver cómo está creciendo este bebé.
El doctor aplicó el gel tibio sobre el vientre de Amanda, quien dio un pequeño respingo por la sensación fría inicial.
Víctor se tensó por un instante, su instinto protector siempre alerta, pero se relajó al ver la sonrisa tranquila de su esposa.
El médico deslizó el transductor con suavidad y, en cuestión de segundos, la inmensa pantalla instalada en la pared frente a ellos cobró vida.
Al principio, solo se veían sombras grises y blancas, pero pronto la imagen se aclaró con una nitidez asombrosa. Y entonces, el sonido más hermoso del mundo llenó la habitación.
Thump, thump, thump, thump.
Un latido rápido, fuerte y constante resonó en los altavoces envolventes de la sala.
A Amanda se le llenaron los ojos de lágrimas al instante.
No importaba cuántas veces escuchara ese latido; la emoción siempre era abrumadora, como si fuera la primera vez.
Apretó la mano de Víctor con fuerza. Al mirar a su esposo, notó cómo el rudo CEO tragaba saliva con evidente dificultad.
Sus ojos azules, siempre fríos, brillaban con una intensidad desbordante, completamente fijos en la pantalla donde se distinguía la pequeña silueta moviéndose.
—Es un latido fuerte y rítmico —comentó Víctor, sin poder apartar la vista del monitor—. Igual que su padre. Sin duda, este niño será un digno heredero del imperio Grimaldi. Ya puedo imaginarlo corriendo por todos lados.
Amanda soltó una pequeña carcajada, imaginando a un mini-Víctor con un traje a la medida haciendo travesuras por los pasillos.
El doctor Harrison amplió la imagen, moviendo el aparato para examinar detalladamente la anatomía del feto.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Engañada por mi esposo: mi amante perfecto era mi esposo.
El contenido del capitulo 21 es el capitulo 19. Si repite, por favor, pueden verificar?...